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Todos de derecha, ninguno liberal

Por más que los calificativos sean en nuestra política verdaderas armas arrojadizas, eso de derecha e izquierda o de liberalismo y populismo queda en la simplificación facilista de muchos discursos

Ser de derecha en la Argentina fue durante muchos años casi una situación vergonzosa y en una actitud simplificadora se le atribuyó a esa posición política el origen de todos los males.

Al pensamiento de derecha como contraposición a las doctrinas socialistas, socialdemócratas y populistas se lo vinculó a las dictaduras militares que asolaron al país desde 1930.

Así fue que nunca hubo una percepción de que podía haber una derecha democrática. Además, al no estar representada por un partido que la unificara a nivel nacional casi siempre accedió al poder o estuvo más cerca de él a través de las asonadas militares.

Otro de los contrasentidos de la política nacional es la vinculación de dos conceptos antagónicos en lo teórico, como son el conservadurismo y el liberalismo. Este aparente oxímoron en realidad no lo es tanto ni acá ni en otros lugares del mundo, pero eso lo veremos después.

Decir derecha da a entender que nos referimos a los ricos y la izquierda es terreno solamente de los pobres. Tal vez las cosas hubieran sido más fáciles de entender si en este país no hubieran irrumpido en el silgo XX los grandes movimientos de masas policlasistas.

Yrigoyenismo y peronismo captaron millones de adeptos, pero a la vez que contenían en su seno sectores de derecha e izquierda, dejaron fuera de sus márgenes los que sostuvieron esas ideas desde posiciones más doctrinarias o vinculadas a los reales intereses económicos que defendían.

Así, ese conservadurismo progresista, muy difícil de clasificar, que se formó a partir de la consolidación del ideal nacional, de la hegemonía de la cultura social y económica surgida de las relaciones de producción de la Pampa Húmeda, presidió el crecimiento de la Argentina decimonónica que eclosionó en la primera década del siglo y comenzó a decaer a partir de la Primera Guerra y recibió su golpe de gracia con la crisis mundial de 1929 y el golpe de Estado de José Félix Uriburu en 1930.

¿Podríamos decir que ese período histórico fue dominado por las ideas de derecha? Si, claro. Poco y nada de respeto a los nacientes derechos sociales, explotación de los trabajadores, opresión de la mujer y desprotección de la niñez. Enriquecimiento desproporcionado de una minúscula parte de la población y una mayoría cada vez más pobre en extensas zonas del país.

Frente a esta cruda realidad surgían en los sectores urbanos las ideas inspiradas en el socialismo europeo que tuvieron sus difusores y representantes tanto en las líneas democráticas republicanas como en los grupos anarquistas más combativos.

Anarquistas, socialistas democráticos, socialistas internacionalistas (posteriormente comunistas) y trotskistas, se disputaron la conquista de la naciente clase obrera y las capas medias de la pequeña burguesía.

Pero como nunca lograron unirse en un objetivo común de defensa de los derechos sociales, fueron confinados a los márgenes de la escena política nacional.

Entonces se puede afirmar que en la Argentina lo más cercano a la izquierda fue solo el sueño breve de una democracia popular con el que se ilusionó a las masas con las promesas electorales de un mundo mejor con el advenimiento del voto popular en 1916 o el de la justicia social en 1946.

Pero, así como la izquierda argentina nunca pudo sintetizarse en una idea fuerza y mucho menos en una organización política sustentable –tanto para participar en el juego democrático republicano o para hacer la revolución–, a la derecha le pasó algo parecido.

Blanco de muchas diatribas y objeto de grandes confusiones, aparte de que la misma calificación parece peyorativa, hay que reconocer que en el mundo las derechas han hecho mérito para ganarse ese concepto. Y decimos derechas en plural porque existen variedades y no como lo llaman al Partido Popular de España.

Para no retroceder mucho en la Historia, ubiquemos a la derecha en las políticas aplicadas a fines del siglo XIX en las que el Estado se erigía en protector de los desposeídos, pero a cambio de que jamás cuestionaran que la autoridad residía en el Estado sustentado por las clases altas.

Ejemplos de ello fueron el naciente Imperio Alemán fundado por Bismarck y el decadente Segundo Imperio francés de Napoleón III, ambos enfrentados en una guerra en 1870, pero unidos en la represión a las ideas de izquierda emergentes en aquella época.

Saltando al siglo XX y cruzando el Atlántico, en las otrora promisorias repúblicas latinoamericanas se afianzaban sí las derechas conservadoras de los privilegios de clase, fusionadas con el liberalismo solo en su faz económica, predicando el libre mercado, pero en un escenario de marcado desequilibrio de poder.

Es decir, mucha libertad para vender caro y comprar barato, pero muchas restricciones para el juego democrático de las ideas y de las oportunidades. Poco quedaba de ese liberalismo nacido en defensa de los derechos ciudadanos frente a los déspotas y poderosos.

Esa derecha fue la que más preservó los principios democráticos verdaderamente liberales, pero lo echó a perder cuando, temerosa del avance de los derechos sociales y los crecientes reclamos de equidad, se vinculó a las fuerzas armadas para frenar el “peligro rojo”.

Sin embargo, esa hipotética amenaza ideológica fue realmente frenada por otra versión de la derecha, la nacionalista. Que aparece en el horizonte en las organizaciones civiles profascistas del gobierno de facto de José Félix Uriburu, que decae con esa extraña mezcla de una Argentina liberal y estatista de la llamada Década Infame, y que resurge con fuerza en la Revolución de 1943 de marcado tinte nacionalista que miraba con admiración a la Alemania nazi.

Y como el fascismo y el nazismo surgieron con el apoyo de las masas populares marginadas por las crisis bélicas y sociales, la derecha nacionalista argentina también se valió y se ganó el apoyo de los sectores más humildes dándoles no solo algunos bienes materiales, sino protagonismo y consideración social.

A diferencia de los casos europeos, en nuestro país, esa derecha siempre llegó y mantuvo el poder con mecanismos indiscutiblemente democráticos.

Es decir que por más que los calificativos sean en nuestra política verdaderas armas arrojadizas, eso de derecha e izquierda o de liberalismo y populismo, queda en la simplificación facilista de muchos discursos.