|01/08/21 10:51 AM

Gobernar, legislar, representar

La queja permanente que se eleva desde siempre contra el accionar de los políticos en funciones, denota que nadie se siente representado

En los peores momentos del viejo “que se vayan todos” de 2001-2002, un político prominente del momento bramaba diciendo que la mala política se arregla con más política y que había que meter las manos en el fango y comprometerse. Casi veinte años han pasado desde aquellos días aciagos, ahora los lenguajes son distintos, pero la incertidumbre, la desesperanza y el miedo parecen repetirse.

Todos los males posibles parecen abatirse sobre una Argentina fatigada y descreída, con motivos suficientes para sentirse así. Huelga repetir que la crisis (una de las tantas que siempre parecen ser la última) agravada por las restricciones y consecuencias de la pandemia, contribuyen a este estado de ánimo colectivo, con lo que no estamos diciendo nada nuevo.

En un contexto de gente que llora a sus muertos, de gente que ha perdido su empleo y se encuentra de pronto con que tiene que recurrir a un comedor comunitario o a la ayuda solidaria para alimentarse o salir a rebuscársela a la calle sin saber cómo. O de chicos con un futuro muy oscuro por haber perdido la posibilidad de educarse.

En ese país, que es sobre el que estamos parados, hay una secta que se arrequinta para mostrar su mejor sonrisa y salir a mostrar supuestos logros de un gobierno indescifrable, o asegurar que tiene el plan indescifrable para cambiar los errores, despropósitos y maldades del mismo gobierno.

Es que casi al término de este 2021, según el calendario electoral, se debe renovar la mitad de las cámaras legislativas nacionales y las de la mayoría de las provincias. Para lo cual se necesitan elecciones, es decir ese proceso que cada dos años moviliza a mucha gente, que molesta a otros tantos y que resulta indiferente para la gran mayoría hasta el día indicado en que obligatoriamente se debe concurrir a votar.

Para todo el mundo en nuestro país la democracia es un valor que se ha internalizado y que se lo reconoce como imprescindible para asegurar la paz social.

Una aseveración correcta, pero que ya no es suficiente porque después de casi 40 años de recuperada la democracia esa paz social está seriamente amenazada por una vergonzante desigualdad e injusticia social que no ha parado de crecer, haciendo que hoy este país tenga a la mitad de su población en situación de pobreza, al 60% de su niñez en estado de necesidad, millones de seres humanos que no comen todos los días y una enorme porción de la población que, decepcionada, se fue, quiere irse o sueña con dejar a la Argentina y salir adelante en otro lado.

Claro que de todo este patético proceso no es culpable la democracia con sus imperfecciones. Sí lo es la élite política, o si se quiere, ese enorme ejército de seres humanos, argentinos todos, vecinos y conocidos algunos de ellos, que se consideran capaces de llevar adelante el manejo de las cosas del Estado, ya sea por ser elegidos o por ser designados por algún elegido.

Y aquí es donde deberían surgir unas cuantas preguntas. A partir del precepto constitucional que reza “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”, todas esas personas cuyos nombres están impresos en un papel que metemos en una urna, ¿nos representan verdaderamente?; y en tanto y en cuanto los elegimos, ¿gobiernan o legislan atendiendo a los intereses de todos o al menos de la mayoría?

Germán Bidart Campos afirma en su Manual de la Constitución Reformada, que el elegido en los comicios no asume en el cargo como un representante, sino que lo hace para ejercer su mandato sin un verdadero control de que se ocupará de lo que supuestamente quieren los que lo eligieron. Por lo cual se puede sostener que quienes elegimos no nos representan y más bien harán lo que se les dé la gana.

La queja permanente que se eleva desde siempre contra el accionar de los políticos en funciones, denota que nadie se siente representado y, peor aún, la efímera y artificial empatía que surge en los actos de campaña y en las recorridas proselitistas se desvanece cada vez más rápido en relación directa con la corta paciencia de la ciudadanía.  

Ahora bien, ¿esto significa que la democracia funciona mal y que habría que probar otra cosa?

Las “otras cosas” que se han probado en el mundo han terminado siempre con resultados trágicos. Pensemos entonces en que si la verdadera representatividad no se da por defecto de los protagonistas y no del propósito del sistema, sí debe existir un nexo entre la llamada “voluntad popular” (léase expectativas y necesidades) y el responsable de gestionar, que ha sido elegido por una fracción mayoritaria de esa “voluntad”.

Y por lo dicho en el párrafo precedente, es donde deberían entrar a participar los que vamos a elegir, esto es: los políticos, vastamente despreciados y denostados, considerados seres privilegiados de una casta especial, pero quienes deben ser los únicos intermediarios a través del sistema de partidos políticos, entre el gobernante circunstancial.

Para de esa manera evitar a toda costa que alguien se arrogue el rol de “único intérprete de la voluntad popular”, porque ese es el camino seguro que lleva al debilitamiento y finalmente a la pérdida de la democracia.

No hay dónde ir a buscar otros mejores que los que tenemos en nuestra Patria. Ellos salen de esta sociedad, de nuestro entorno, y si consideramos que no nos representan como depositarios de nuestros intereses, primero exijamos y controlemos, estemos pendientes, y después habría que probar con mejorar como sociedad para ver si se decanta gente capaz, honesta y eficiente para gobernar, legislar y, en una de esas, para representar.

 

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En los peores momentos del viejo “que se vayan todos” de 2001-2002, un político prominente del momento bramaba diciendo que la mala política se arregla con más política y que había que meter las manos en el fango y comprometerse. Casi veinte años han pasado desde aquellos días aciagos, ahora los lenguajes son distintos, pero la incertidumbre, la desesperanza y el miedo parecen repetirse.

Todos los males posibles parecen abatirse sobre una Argentina fatigada y descreída, con motivos suficientes para sentirse así. Huelga repetir que la crisis (una de las tantas que siempre parecen ser la última) agravada por las restricciones y consecuencias de la pandemia, contribuyen a este estado de ánimo colectivo, con lo que no estamos diciendo nada nuevo.

En un contexto de gente que llora a sus muertos, de gente que ha perdido su empleo y se encuentra de pronto con que tiene que recurrir a un comedor comunitario o a la ayuda solidaria para alimentarse o salir a rebuscársela a la calle sin saber cómo.

O de chicos con un futuro muy oscuro por haber perdido la posibilidad de educarse.

n ese país, que es sobre el que estamos parados, hay una secta que se arrequinta para mostrar su mejor sonrisa y salir a mostrar supuestos logros de un gobierno indescifrable, o asegurar que tiene el plan indescifrable para cambiar los errores, despropósitos y maldades del mismo gobierno.

Es que casi al término de este 2021, según el calendario electoral, se debe renovar la mitad de las cámaras legislativas nacionales y las de la mayoría de las provincias. Para lo cual se necesitan elecciones, es decir ese proceso que cada dos años moviliza a mucha gente, que molesta a otros tantos y que resulta indiferente para la gran mayoría hasta el día indicado en que obligatoriamente se debe concurrir a votar.

Para todo el mundo en nuestro país la democracia es un valor que se ha internalizado y que se lo reconoce como imprescindible para asegurar la paz social.

Una aseveración correcta, pero que ya no es suficiente porque después de casi 40 años de recuperada la democracia esa paz social está seriamente amenazada por una vergonzante desigualdad e injusticia social que no ha parado de crecer, haciendo que hoy este país tenga a la mitad de su población en situación de pobreza, al 60% de su niñez en estado de necesidad, millones de seres humanos que no comen todos los días y una enorme porción de la población que, decepcionada, se fue, quiere irse o sueña con dejar a la Argentina y salir adelante en otro lado.

Claro que de todo este patético proceso no es culpable la democracia con sus imperfecciones. Sí lo es la élite política, o si se quiere, ese enorme ejército de seres humanos, argentinos todos, vecinos y conocidos algunos de ellos, que se consideran capaces de llevar adelante el manejo de las cosas del Estado, ya sea por ser elegidos o por ser designados por algún elegido.

Y aquí es donde deberían surgir unas cuantas preguntas. A partir del precepto constitucional que reza “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes”, todas esas personas cuyos nombres están impresos en un papel que metemos en una urna ¿nos representan verdaderamente?; y en tanto y en cuanto los elegimos ¿gobiernan o legislan atendiendo a los intereses de todos o al menos de la mayoría?

Germán Bidart Campos afirma en su Manual de la Constitución Reformada, que el elegido en los comicios no asume en el cargo como un representante, sino que lo hace para ejercer su mandato sin un verdadero control de que se ocupará de lo que supuestamente quieren los que lo eligieron. Por lo cual se puede sostener que quienes elegimos no nos representan y más bien harán lo que se les dé la gana.

La queja permanente que se eleva desde siempre contra el accionar de los políticos en funciones, denota que nadie se siente representado y, peor aún, la efímera y artificial empatía que surge en los actos de campaña y en las recorridas proselitistas se desvanece cada vez más rápido en relación directa con la corta paciencia de la ciudadanía.  

Ahora bien, ¿esto significa que la democracia funciona mal y que habría que probar otra cosa?

Las “otras cosas” que se han probado en el mundo han terminado siempre con resultados trágicos. Pensemos entonces en que si la verdadera representatividad no se da por defecto de los protagonistas y no del propósito del sistema, sí debe existir un nexo entre la llamada “voluntad popular” (léase expectativas y necesidades) y el responsable de gestionar, que ha sido elegido por una fracción mayoritaria de esa “voluntad”.

Y por lo dicho en el párrafo precedente, es donde deberían entrar a participar los que vamos a elegir, esto es: los políticos, vastamente despreciados y denostados, considerados seres privilegiados de una casta especial, pero quienes deben ser los únicos intermediarios a través del sistema de partidos políticos, entre el gobernante circunstancial.

Para de esa manera evitar a toda costa que alguien se arrogue el rol de “único intérprete de la voluntad popular”, porque ese es el camino seguro que lleva al debilitamiento y finalmente a la pérdida de la democracia.

No hay dónde ir a buscar otros mejores que los que tenemos en nuestra Patria. Ellos salen de esta sociedad, de nuestro entorno, y si consideramos que no nos representan como depositarios de nuestros intereses, primero exijamos y controlemos, estemos pendientes, y después habría que probar con mejorar como sociedad para ver si se decanta gente capaz, honesta y eficiente para gobernar, legislar y, en una de esas, para representar.