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Tiempos extraños: no podemos pasar a Chile pero llegamos a Marte

Mientras discutimos si es bueno o no para la humanidad colonizar Marte –especialmente cuando el fantasma de una guerra termonuclear ha recobrado vigencia– no parece importar que en estos tiempos de pandemia sea una odisea para el hombre común pasar unos días de vacaciones en Viña del Mar o en Pinamar

Marte, por estos días, está en todos lados. Y no nos referimos al dios de la guerra, sino al cuarto planeta de nuestro sistema solar.

Por ejemplo, leemos que es tendencia mundial en Twitter, ya que: “La NASA devela video de la llegada del rover Perseverance a Marte”.

Y como si esto fuera poco, hemos visto no menos de una media docena de filmes y series en Netflix sobre la conquista, colonización y hasta dramas humanos en la superficie del ‘Planeta Rojo’.

Para muchos, su conquista se presenta como el necesario paso a dar por la humanidad tras la llegada del hombre a la Luna. Marte, por su parte –dicen– nos espera con su dos lunas, sus casquetes de hielo polar, sus valles, sus montañas, sus ríos de agua subterránea y con sus días de algo más de 24 horas.

Pero en realidad se trata de un infierno helado y radioactivo. En pocas palabras, un páramo de tierras muertas cuya atmósfera parece estar envenenada.

Aun así, nunca se había hablado tanto sobre la necesidad de visitarlo y de colonizarlo. En pocas palabras, es el nuevo ‘Nuevo Mundo’.

Pero en rigor de verdad, la fascinación humana con Marte no es nada nuevo. Concretamente, se inició para nuestra generación con la película La guerra de los mundos, de H. G. Wells, estrenada en 1955, ya que en 1954 Marte se acercó a “solo” 39 M de kilómetros de la Tierra, permitiendo su observación como nunca antes había sido posible.

Hoy, en el marco de esta saga, muchos se preguntan por qué no estamos ya sobre su helada superficie, si sólo pasaron doce años desde que la URSS puso en órbita su famoso Sputnik, hasta que la no menos famosa Apolo 11, de los EE.UU., llevó a dos cosmonautas a la Luna.

Eso sí, para los fanáticos de la ciencia ficción hay un solo responsable: la Guerra Fría. Pues, para ellos, una vez que EE.UU. conquistó la Luna y se declaró vencedor de la carrera espacial, estas perdieron gran parte de su encanto.

Claro, se olvidan de los trillones de dólares gastados, de las numerosas misiones fracasadas y, tal vez, de una cierta ausencia de sentido.

Ya en el auge de la pasada carrera espacial entre los EE.UU. y la URSS, a Wernher von Braun, el científico espacial preferido de Hitler, primero, y de JFK, después, la empresa de colonizar Marte le parecía en extremo difícil.

Su idea central era construir una estación espacial en la órbita terrestre y desde ella enviar un convoy de cohetes reusables con las personas y el material necesarios para colonizarlo. Aclaraba que se trataba de un plan demasiado costoso, pero técnicamente factible, por lo que auguraba que no podría realizarse sino hasta la mitad del siglo XXI.

Pero no nos dejemos ganar por el pesimismo. Elon Musk y su empresa privada espacial SpaceX han llegado para hacer realidad nuestros sueños más locos.

Ya lo profetizó Stephen Petranek en How we’ll live on Mars (2016), el libro en el que se basa el documental de la National Geographic Marte (2018): “La primera nave que llegue a Marte tendrá el logo de SpaceX”.

Para Musk, es el sector privado el que debe proveer los servicios necesarios, ya sea a la NASA, a la Agencia Espacial Europea, o –simplemente– a quien esté dispuesto a pagarlos. Todo es cuestión de hacer bien las cuentas y disponer de la caja necesaria.

Aunque a favor del megamillonario puede argumentarse que su idea de usar cohetes reusables es mucho más factible que el caro sistema de los transbordadores espaciales usados por la NASA en los 90.

Para otros pensadores menos materialistas, la necesidad de colonizar Marte se basa en la amenaza existencial que supondría para la humanidad limitarse a vivir sólo en la Tierra. Especialmente en estos tiempos apocalípticos de pandemia y cuando el fantasma de una guerra termonuclear ha cobrado nueva vigencia.

Esto, sin mencionar las consecuencias del cambio climático, la guerra biológica, una rebelión de las máquinas o, simplemente, al impacto de un meteorito o la erupción simultánea de varios volcanes.

¿Quién lo sabe y quién se atreve a decir que estos escenarios son de imposible cumplimiento? El fantasma de nuestra extinción se vende bien por estos días.

Poco parece importarle a la prensa especializada, mientras discutimos estos temas, que sea toda una odisea para el hombre común, digamos, pasar unos días de vacaciones en Viña del Mar o en Pinamar.

Todo ello me trae a colación que de alguna manera nos están preparando para esta gran epopeya espacial, pues antes de salir desaprensivamente a la calle como solíamos hacerlo hace solo un año, hoy necesitamos un riguroso chequeo: celular, mascarilla, lentes, guantes, alcohol en gel...

Es más, cuando escucho a mi propia respiración al caminar apurado con el barbijo colocado, tengo la misma sensación de los muchos astronautas que he visto en Netflix inhalando y exhalando el precioso aire desde su escafandra al estilo Darth Vader en la helada superficie de Marte.

Me tranquilizo pensando que todo es una cuestión de perspectiva.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.