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La geopolítica de las vacunas (I)

La búsqueda de una inmunización contra el COVID-19 es una carrera, como lo fue la de obtener una bomba atómica o ubicar un hombre en la Luna, con el agregado de que los potenciales competidores son más, ya que se trata de buscar la prevención contra un virus global

La historia de la guerra es una ininterrumpida carrera por encontrar y usar un “arma definitiva” que deje, literalmente, a nuestros enemigos sin un mañana.

No pocas veces se creyó y se proclamó haber alcanzado este punto, como por ejemplo, cuando en el 1097 el papa Urbano II  prohibió el uso de las ballestas por considerarlas demasiado efectivas como armas.

Todas ellas no fueron más que especulaciones vanas hasta aquella fatídica mañana del 6 agosto de 1945, en la que un artefacto atómico detonó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.

A partir de allí el mundo supo que el “arma definitiva” había sido inventada.

Pero era una cara, difícil de producir, y no todos tenían ni el presupuesto ni el conocimiento para procurarse una. Entonces fue que surgieron, o en realidad retomaron, porque siempre habían existido, las “armas definitivas” de los pobres.  

Vale decir, las químicas y las biológicas, a las que se agregan hoy las genéticas, tales como los virus, las bacterias, los insectos o los hongos modificados genéticamente.

Si bien no podemos afirmar que la expansión del COVID-19 se haya debido a un intento deliberado de guerra biológica, tampoco lo podemos descartar de plano, ya que se sabe que hay varios países que invierten medios y tiempo tanto en el desarrollo como en las contramedidas destinadas a la producción de armas biológicas y genéticas. Entre ellos, se destacan los EE.UU., la Gran Bretaña, Rusia y China. 

Por eso mismo no nos debería extrañar que esos países estén a la cabeza de los desarrollos científicos destinados a desarrollar y producir una vacuna contra el COVID-19.

Sabemos, por ejemplo, que la primera generación de vacunas efectivas fue introducida en la década de 1880 por Louis Pasteur, quien las desarrolló para el cólera y el ántrax de los pollos. Y que desde finales del siglo XIX las vacunas se consideraron una cuestión de prestigio nacional y en consecuencia se aprobaron leyes de vacunación obligatoria.

El siglo XX vio la introducción de varias vacunas exitosas, incluidas las de la difteria, el sarampión, las paperas, la rubéola y  la poliomielitis.

Con todas ellas, se creyó haber logrado  la erradicación de la viruela y el control de otras numerosas pestes. Sin embargo, las vacunas eficaces siguen siendo difíciles de alcanzar para muchas enfermedades importantes, tales como el herpes simple, la gonorrea y el VIH.

Después, el siglo XXI nos trajo a las vacunas de ADN (ácido desoxirribonucleico) que contienen proteínas específicas (antígenos) de un patógeno determinado. Concretamente, en el 2016 se las comenzó a probar para el virus del zika en los Institutos Nacionales de Salud de los EE.UU.

Por su parte, la investigación ha avanzado hacia las vacunas de ARN (ácido ribonucleico), que son una variante de la anterior y que proporcionan inmunidad a través de un vector que contiene ARN. Para lograrlo, la secuencia de ARN codifica antígenos, proteínas idénticas o parecidas a las del patógeno. 

Las vacunas de ARN ofrecen múltiples ventajas por sobre las de ADN, en términos de producción, pero abren muchas dudas respecto de sus posibles consecuencias genéticas negativas.

Si bien no podemos afirmar –como ya lo dijimos más arriba– que el virus haya sido un arma biológica, sí podemos confirmar que la búsqueda de una vacuna eficiente lo es, tal como ocurrió con otras carreras, como por ejemplo la de obtener una bomba atómica o la de colocar un hombre en la Luna.

Esta vez, con el agregado de que los potenciales competidores son más, ya que se trata de buscar la prevención contra un virus global.

Obviamente, solo los países más desarrollados pueden impulsar desarrollos completos.

Como es el caso de los EE.UU, la Gran Bretaña, Francia, Alemania y China y, en menor medida, Israel, Corea del Sur y Japón, y en mucho menor medida, países como la Argentina, Brasil, Corea del Norte y Sudáfrica, que tienen una buena industria farmacéutica.

esquema casi igual a quienes poseen armas atómicas y tecnología nuclear.

En este sentido, no nos debería extrañar, tratándose de una competencia geopolítica, que su primera víctima haya sido la verdad científica, ya que en ese sentido no han sido pocas las acusaciones y las suspicacias mutuas entre Estados, instituciones científicas y laboratorios farmacéuticos asociados a ellos. 

Pero, ¿qué es lo que sabemos con cierta certeza? Veamos:

– La vacuna germano-estadounidense Pfizer-BioNTech (tipo ARN) comenzó a ser aplicada en los EE.UU. y en Canadá desde hace sólo unos pocos días. 

– La vacuna norteamericana Moderna (ARN) ha sido autorizada para ser aplicada en los EE.UU.
– La vacuna rusa Sputnik V (adenovirus) se usa, con éxito, desde principios de diciembre, en forma masiva en Rusia. Pero todavía no está aprobado su uso para mayores de 60 años, aunque se espera que pronto lo sea. 
– La vacuna china Sinopharm (virus inactivado) se usa en China, Bahrein y Unión de Emiratos Árabes desde octubre pasado.
Por su parte, la situación en la República Argentina es la siguiente:
– El Gobierno nacional firmó un primer acuerdo con el laboratorio AstraZeneca, que desarrolla la vacuna de la Universidad de Oxford y cuyo principio activo se fabricará en el laboratorio argentino MabXience.
– Un segundo acuerdo fue suscripto con el fondo COVAX, un mecanismo global para la compra de vacunas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). 
– Y un tercero con la Federación Rusa para la llegada al país de la vacuna Sputnik V, desarrollada y producida por el Centro Nacional de Investigación Gamaleya.
– También se sabe que se está tratando de avanzar en negociaciones con otros oferentes, como la farmacéutica Sinopharm, que desarrolla una vacuna junto al Instituto de Productos Biológicos de Beijing.
– Finalmente, sabemos que había un acuerdo inicial con la vacuna de Pfizer/BioNTech y que incluyó hasta un ensayo clínico de fase III, con 4.500 voluntarios en el Hospital Militar Central, dependiente del Ejército Argentino. Pero el presidente Alberto Fernández sostuvo, hace pocos días, que la empresa norteamericana que la produce exigió un nuevo contrato que desampara al Estado ante un eventual juicio penal, mientras que la compañía farmacéutica argumenta que las diferencias están vinculadas al precio del transporte de las dosis.

En resumen: se nos ha prometido que tanto la vacuna rusa Sputnik V como las de la Universidad de Oxford y la china de Sinopharm estarán en los próximos días disponibles para su distribución en la Argentina. 

Por su parte, se nos ha informado que serán los Ministerios de Salud y de Defensa los responsables de montar un titánico operativo para su entrega en todo el país.

Todo esto plantea inmensos desafíos logísticos. Para colmo de males, esto ocurre en medio de un rebrote de la pandemia en Europa y en el marco de especulaciones sobre las posibles consecuencias, incluidas sobre la efectividad de las distintas vacunas ante una nueva mutación del virus aparecido en la Gran Bretaña.

Como comprenderá, estimado lector, se trata de demasiados temas para un solo artículo, por lo que “La geopolítica de las vacunas” continuará en próximas ediciones.

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.