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Las ambigüedades de un país dañino y contradictorio

Lo que ocurre en Formosa es una clara muestra de autoritarismo que contrasta con otras provincias, como Mendoza, en las que se respetan la ley y las instituciones

Los argentinos, azorados, miran con inaceptable incredulidad los acontecimientos de los últimos tiempos, como si todo lo sucedido en décadas no fuera suficiente para haberle enseñado a la gente que vive en una nación rara, porque gran parte de esa gente es rara.

Para los observadores de la política nacional sin fanatismos partidarios, las señales emanadas desde dos provincias y desde el propio Gobierno nacional, abrevan todo lo dicho, literalmente.

Una Formosa con espantoso autoritarismo, que mostró su rostro a la nación impulsado por la pandemia de COVID-19 y que tiene una historia de más de 20 años. Por eso molestó el asombro de todo un país que caía en la cuenta de que allí pasaba lo que pasa.

Un estado dominado con un unicato de indisimulada impunidad, que instaló la industria del empleo público para tener de rehenes al mayor número de habitantes.

Una provincia donde se violaron y borraron Constitución, división de poderes, libertades públicas y todo sistema republicano.

Oscuro poder que para dominar la andanada del coronavirus cerró fronteras a la provincia, sin importar que se violaba jurisdicción de rutas nacionales, sin tener piedad a la hora de encerrar gente en establecimientos con el pseudo rótulo de centro sanitario contra la pandemia.

Verdaderas cárceles vigiladas marcialmente por policías y no por médicos, donde a la gente se la mantenía aislada en pequeños recintos encadenados, sin razón alguna, con multiplicidad de hisopados que arrojaban resultados negativos.

Las violaciones a los derechos humanos tuvieron su máximo esplendor en las duras maniobras de arrancar bebés o pequeños niños a sus madres, en la calle o colectivos, para llevárselos a hisopar (¿?).

Todo un dantesco escenario que terminó de aplastar a los formoseños, su vida privada, la economía y logró, a su vez, tapar que no existe un sistema de salud público que enfrente las dimensiones de tamaña pandemia.

Mientras, en otro punto del país, la provincia de Mendoza mostraba una vez más respuestas jurídicas acordes a un legendario estado de derecho que se encuadra a una Constitución que es modelo nacional.

Carta magna que en suelo mendocino impartió institucionalidad modelo, en donde todos los partidos políticos han sido respetados en sus posibilidades de administrar la provincia, en sus roles opositores o de formar parte de algunos de los tres poderes del estado, esencialmente el legislativo.

Constitución que por estos días nuevamente quiere ser reformada en alguno de sus aspectos, como ya sucedió en anteriores gobiernos, y que desemboca en un gran debate de quienes aspiran a reformularla y quienes consideran innecesaria dicha reforma.

La excelencia institucional de Mendoza es tal que ha dictado leyes en los últimos tiempos que han golpeado la endeble moral de un país, proclive a tapar la corrupción política, financiera y administrativa.

Leyes como Ficha Limpia y Extensión de Dominio han marcado a la nación que no pueden incursionar en política quienes han delinquido y que quienes fueron imputados, procesados y juzgados por el delito de corrupción deben devolver cada peso con todos sus bienes.

Tierra mendocina que debe discutir todo el tiempo con el Estado nacional por los fondos coparticipables, que en la mayoría de los casos son insuficientes con lo que deberían recibir los mendocinos, ante el importante aporte que hacen al erario del país.

Un tema que también es histórico y discriminatorio con las administraciones nacionales de turno, pero que, sin embargo, Mendoza resiste y no deja de crecer con un esquema que marca su poderosa economía industrial, comercial, científica y agraria.

Con los ejemplos que el Poder central de Argentina tiene ante sus ojos, uno debe suponer que tiene elementos suficientes para poner proa hacia lo correcto que en la Argentina debe indefectiblemente venir. No, error: no los tiene o los intenta obviar.

El camino fue abroquelarse a esa suerte de dictador que el país tiene hace mucho tiempo en su sistema democrático, llamado Gildo Insfrán.

Apoyar toda la barbarie que ese sujeto está cometiendo con una de las provincias más pobres de la nación.

Negar a través de organismos de derechos humanos que en esa provincia se violan los derechos ciudadanos y enviar más fondos para que se retroalimente ese oscuro poder stronista.

Por otro lado, retacear fondos genuinos de coparticipación a Mendoza, ningunearla toda vez que puede y hasta ignorarla, como se hizo en la visita oficial presidencial a Chile, donde se trataron precisamente trascendentes temas que involucraban directamente a este estado provincial cuyano.

Además, mirar para otro costado cuando el resto de la nación ponderaba la contundente aplicación de la ley de Extinción de Dominio, quitándole todo bien a un exintendente justicialista que incurrió en el grave delito de corrupción. Algo similar cuando tomó conocimiento público la Ley Ficha Limpia.

Mientras, daba todo su respaldo a la polémica propuesta parlamentaria de la Comisión Bicameral de Monitoreo e Implementación del nuevo Código Procesal Penal, donde lograron sancionarse artículos de dicho código que permiten que personas juzgadas por corrupción continúen en libertad hasta que la Corte Suprema de Justicia de la Nación ratifique o anule dicha sentencia.

En los ejemplos de las dos provincias hay un factor determinante: el pueblo. Una comunidad formoseña que se está levantando ante tanta insolencia después de muchas décadas de sumisión. Una sociedad mendocina que traslució al resto de la Argentina que aquí ella se hace respetar a través de sus derechos.

La reciente discusión de los impuestos, donde se logró rebajas importantes, son una muestra contundente del respeto ciudadano que el Gobierno tilda de consenso social y en el se ubica para interpretar lo que la gente quiere en Mendoza. Dos modelos de ciudadanía, que también obvia la Casa Rosada.

Esta es la tierra que hoy habitan los argentinos. Que no les hace bien para nada, porque simboliza las ambigüedades de un país dañino y contradictorio. Como se muestra desde hace mucho y se profundiza cada vez, con insospechadas consecuencias.

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