Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|24/01/20 09:36 PM

Matar por matar, acción pública de una sociedad enferma

Nuestra sociedad está enferma. Como enfermas están la Justicia, las instituciones y esos pilares fundamentales de la formación de todo ser: la familia y la educación.

Es incomprensible que la sociedad argentina termine una semana, donde el tema de excepción fue el asesinato de un pibe de 19 años a la salida de un boliche en la veraniega Villa Gesell. Lo bienvenido es que se haya hablado para que no sea sepultado en torpe acción ciudadana de ver por estos tiempos, todo normal.

De todas maneras el morbo y los tediosos análisis de mañana, mediodía, tarde y noche que se dieron día a día, hasta finalizar la semana, deja en claro que nuestra sociedad está enferma. Como enfermas están la Justicia, las instituciones y los pilares fundamentales de la formación de todo ser: la familia y la educación.

¿Cómo puede ser que el asesinato del pibe de Gesell se haya circunscripto al rugby y a once marginales que lo practican?

Y sí, puede ser, en el estado enfermo que hoy demuestra gran parte de Argentina, todo puede ser. Lo contrario y en total sensatez tendría que haber sido mirarnos como sociedad hacia adentro y darnos cuenta que lo de esa fatídica noche del sábado 18 de enero es la punta del iceberg de una violencia generalizada que ha inundado por completo todo el territorio nacional.

De la que solo tomamos nota, cuando ocurre esto y no precisamente para hacer un alto país y comenzar a dar señales de revertir ese halo oscuro y demencial que sobrevuela cada sitio donde el argentino se interrelaciona con otro argentino.

Muchos, cansados de tanta desidia de país, que se sentaron a la orilla de la sinuosa ruta de la vida nacional, se dan cuenta que todo eso que se ve en Gesell es un compendio de lo expresado: chicas tomándose de los pelos en las puertas de un colegio, docentes golpeadas dentro y fuera de las escuelas y dolorosos casos de bullying en cualquier nivel de la educación. 

También la cotidiana violencia familiar con vocabulario soez y golpes al por mayor, donde mujeres, niños y ancianos son blancos predilectos.

Las cotidianas grescas en el tránsito vehicular, las discusiones que brotan con la mínima chispa en cualquier acontecimiento privado o público, que por lo general termina con graves heridos. La multiplicidad de duros episodios deja claro que la convivencia entre ciudadanos está hecha añicos.

Alguien debe indicar cómo seguimos y marcarnos proa hacia un sitio que se haga una especie de refundación de la sociedad. Ahí donde volquemos todo eso que nos legaron nuestros abuelos, que nosotros, en aras de la gran estupidez de ser cool, nos despojamos con despreciable actitud.

Donde hablar y hablar bien, donde querer y querer bien, respetar, tolerar y disentir sean las bases de algo nuevo.

Muchos dirán que éstas son un estúpido puñado de palabras puestas para rellenar un espacio. Pero quizá otros comenzarán arremangarse las buenas señales, mostrando un basta a la comodidad de ser violentos.

Como parafraseando a Mahatma Gandhi, quien alguna vez expresó que “la tarea de enfrentar los devotos de la no violencia es muy difícil, pero ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión”

No debemos esperar que otro Villa Gesell nos traiga nuevamente a una realidad que no queremos enfrentar con soluciones sociales e institucionales que el país necesita.

De ser así, la Nación no aprendió nada y el espantoso dolor de ver otro cuerpo inerte tendido en la calle solo será la acción refleja de un cuerpo social en agonía y carcomido por el cáncer de una violencia que se negó a la quimioterapia de la sensatez de un país.