“Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad...”
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“Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad...”

Al citar en el título la letra de Sui Generis nos referimos a la generación del 80, cuando gozábamos de uno de los PBI per cápita más altos del mundo. Roca creó el Peso Moneda Nacional, unificando el sistema monetario argentino y así conjuró la crisis económica de 1890.

Niall Campbell Douglas Ferguson es un historiador, escritor y profesor británico especialista en historia económica y financiera, así como en la historia del colonialismo. Dicta la cátedra Laurence A. Tish de Historia en la Universidad de Harvard y la cátedra William Ziegler de Administración de negocios en la Harvard Business School. 

Siempre ha mostrado un gran interés por los derroteros de la economía argentina, ya que sostiene que ella es una suerte de laboratorio en el que suceden cuestiones interesantes. Es más, sostiene que muchas veces éstas se adelantan a las que pasan a nivel mundial.

Concretamente, en su libro The Ascent of Money (El Ascenso del Dinero), examina la larga historia del dinero, del crédito y de la banca, y predice una crisis financiera como resultado de que la economía mundial y en particular, el uso excesivo del crédito por parte de los Estados Unidos, están produciendo un gran burbuja a punto de estallar.

Históricamente, sostiene que fue la República Argentina en la que se produjo el primer default de la historia, la  que llevó a la Casa Baring Brothers, de Londres, a la quiebra. Este se produce por nuestro incumplimiento de pago de un empréstito contratado por el ministro de Gobierno y de RRII del gobernador de Buenos Aires, don Bernardino Rivadavia, en julio de 1824, por un total de un millón libras esterlinas.

Dicho empréstito se terminaría de pagar 80 años después, durante la presidencia de Julio A. Roca.

Para hacer una historia larga muy corta, valga citar a otro medio británico. En este caso el diario especializado en economía The Financial Times, que en su edición de la semana pasada sostiene que la Argentina se aproxima hacia su noveno default.

No es el objeto de este artículo hacer la historia de nuestros fracasos económicos, tampoco hacer una prognosis del futuro. Nuestro objetivo es mucho más humilde: contar la historia de cuando nuestra economía funcionaba. Tal vez, solo tal vez, pueda ser que encontremos algunas pistas para salir de estas crisis recurrentes.

La paradoja del precio del agua y de los diamantes

Para empezar, nos iremos bien lejos, cuando éramos apenas un proyecto de Nación. Es el experto en economía americana Carlos Louge quien nos cuenta en su libro Keynes y Gesell ¿Nuevo Paradigma?, que ya desde la época de las reducciones jesuíticas existía por estas tierras todo un sistema económico digno de ser estudiado.

Uno que fue luego perfeccionado y continuado por el pensamiento del abogado Manuel Belgrano, del banquero Ernesto Tornquist y del economista Silvio Gesell.  

El sistema de economía jesuítica descrito por Louge estaba basado en las ideas de la denominada ‘Escuela de Salamanca’. Pero fue un americano, Juan de Matienzo, oidor de la Audiencia Real de Charcas del Virreinato del Perú, quien elaboró la primera teoría conocida sobre el precio justo de los bienes y servicios.

Al contrario de lo que muchos siglos después sostendrían los economistas capitalistas y marxistas, Juan de Matienzo afirmó que, al margen del “valor intrínseco” de todo bien (costos de producción, distribución, etcétera), hay un “valor extrínseco” (dado por su necesidad y escasez).

Es lo que se conoce como la paradoja del precio del agua y de los diamantes. Mientras que el agua es un producto de gran utilidad, su precio es bajo dada su abundancia. Por el contrario, las piedras preciosas, si bien tienen algunas aplicaciones prácticas, su alto costo radica en su escasez.

Ahora bien, como razona Matienzo, qué pasa si necesito un vaso de agua en medio del desierto. Obviamente, que su precio subirá en función de lo que una persona sedienta esté dispuesta a pagar.

Otro ejemplo de ideas de avanzada lo encontramos en las del jesuita de la ‘Escuela de Salamanca’, Juan de Mariana, quien es el primer teórico en dar una explicación sobre el conocido fenómeno de la inflación.

Lo enuncia en una época en que las monedas eran de oro y/o plata, pero que a pesar de ello también se despreciaban y sufrían inflación. Ante ello, Mariana aconsejaba que la Corona, o sea el Estado, fuera quien debía fijar su valor nominal con independencia a su valor en metálico. 

La bonanza de la generación del 80

Lejos de pasar desapercibidos estos aportes por las teorías económicas modernas, fue el economista austríaco Joseph Schumpeter el primero en reconocer a la ‘Escuela de Salamanca’ como la fundadora de ellas. 

Este reconocimiento desde la dureza conceptual germánica no es extraño, ya que desde el seno del Imperio Austro-Húngaro, el de los grandes reyes como Carlos V y Felipe II, las ideas de Salamanca eran muy conocidas y respetadas.

Esto permitió que, mutatis mutandi, se establecieran puentes que conectaban a ambos mundos. El americano con las exitosas experiencias jesuíticas y el europeo con sus ideas teóricas, por el otro.

También posibilitó que muchos siglos después dos pensadores americanos, pero de origen germano, revolucionaran, cada uno a su manera, el mundo de las teorías económicas.

Nos referimos al banquero argentino, descendiente de alemanes, Ernesto Tornquist y al economista argentino-alemán Silvio Gesell.

El primero, por ejemplo, cuando el mundo económico de su época se basa en la libra esterlina respaldada en el patrón oro, aconsejó que la Argentina la abandonara, durante la segunda presidencia de J. A. Roca, para conjurar la crisis económica de 1890. 

Para ello, el gobierno de Roca respondió creando el Peso Moneda Nacional, unificando el sistema monetario argentino. Acción que se concretó con notable éxito y que atrajo la atención mundial.

Cabe recordar que, como dice la letra de la vieja canción de Sui Generis, “...hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad…”. Nos referimos, concretamente, a la generación del 80, cuando gozamos de uno de los PBI per cápita más altos del mundo, lo mismo que altísimos índices de alfabetización, entre otras cosas. 

Por su parte, Gesell gozó del raro honor de que uno de los mayores economistas de la historia, J. M. Keynes, sostuviera que sus ideas se basaron en las suyas y que afirmó que la posteridad les debería más a ellas que a las de Carlos Marx. 

No es casual nuestra última mención a Keynes, ya que es famoso –entre otras cosas–, porque la leyenda sostiene que fueron sus ideas las que tomó el presidente norteamericano F. D. Roosevelt para sacar a su país de la Gran Depresión de 1929.

Nos preguntamos si en lugar de mirar hacia afuera, en busca de teorías y doctrinas ajenas, no ha llegado el momento de buscar en lo nuestro. Cuando, precisamente, teníamos algo que decir y hasta éramos escuchados y respetados, prefiriendo a lo nuestro por sobre lo que nos es ajeno.

Tenemos a la mano los ejemplos de Manuel Belgrano, Ernesto Tornquist y Silvio Gesell, quienes descubrieron que el secreto de la Economía no está sólo en administrar la escasez, sino en aprovechar e impulsar la abundancia. 

Tal vez, esta crisis sea la oportunidad operativa para implementar y enhebrar esas perlas, tanto en un collar que nos saque del estancamiento como en una solución a imitar por otros países.

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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“Hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad...”

Al citar en el título la letra de Sui Generis nos referimos a la generación del 80, cuando gozábamos de uno de los PBI per cápita más altos del mundo. Roca creó el Peso Moneda Nacional, unificando el sistema monetario argentino y así conjuró la crisis económica de 1890.

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