Podemos aprender de los que hicieron las cosas bien
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Podemos aprender de los que hicieron las cosas bien

La historia de las sucesivas crisis económicas y financieras de nuestro país nos da lecciones sobre cómo reaccionar ante situaciones extremas. Por ejemplo, aplicar recetas que tuvieron éxito y permitieron una rápida recuperación

Para los Antiguos, la historia, lejos de ser lineal e impulsada por el Progreso, estaba conformada por ciclos que se repiten. Así lo sostuvo Giambattista Vicco, con su famoso Corsi e Ricorsi, por el cual todo vuelve al punto de origen de donde salió. Un eterno retorno basado en una visión orgánica de la realidad donde se cumple con el supremo mandato de nacer, crecer, reproducirse y morir.

En este sentido, los argentinos de mi edad, por ejemplo, hemos visto varias y sucesiva crisis similares a la que sufrimos actualmente. De las varias que podríamos citar, tomemos dos. Tenemos, por un lado, la hiperinflación de 1989, casi al final del gobierno de Raúl Alfonsín, y por el otro, la del 2001, antes de que Fernando de la Rúa cumpliera la mitad del mandato.

Sin entrar en detalles, ambas produjeron un gran impacto, tanto en la economía como en la política, ya que, como sabemos, ambos mandatarios no pudieron completar en tiempo y forma sus respectivos mandatos.

Pero, aún más importante, si bien se logró salir de ambas, desde el punto de vista económico, con la Convertibilidad de Carlos Menem y con la pesificación asimétrica del gobierno interino de Eduardo Duhalde, en rigor de verdad, los problemas de fondo estuvieron muy lejos de ser solucionados.

El que hoy estemos transitando una crisis similar es la mejor prueba de ello porque las causas profundas que las causaron no fueron atacadas.

Es por ello que debemos extender nuestra mirada histórica más allá de estas crisis, para estudiar el denominado ‘Pánico de 1890’. No solo porque fue la primera de nuestras crisis y nuestro primer default, sino, fundamentalmente, porque no solo supimos salir de ella, sino porque la misma fue seguida por largos años de prosperidad. Veamos.

Para empezar, tenemos que recordar que dicha crisis comenzó con nuestro incumplimiento con la Casa Baring Brothers de Londres por un empréstito contratado por Bernardino Rivadavia, ministro de gobierno de la Provincia de Buenos Aires en 1826. También el gobierno del presidente  Juárez Celman había producido una gran expansión del circulante monetario a la usanza del free banking norteamericano. 

Si bien la medida, inicialmente, había producido un aumento en productividad, la necesidad de la banca de apoyarse en el financiamiento externo para dar créditos, se fue tornando cada vez peligrosa, elevando la inflación y las tasas de interés.

Medidas acertadas

Como vemos, nada nuevo bajo el Sol si lo comparamos con las condiciones previas a la hiperinflación de 1989. Para colmo de males en aquella ocasión, también hubo un grupo de políticos argentinos que denunciaron la insolvencia del país entre los grandes bancos de la city londinense. Tal como lo haría Domingo Cavallo contra el gobierno del doctor Alfonsín un siglo más tarde, allá por 1989.

Pero las similitudes no paran allí, ya que la movida produjo la renuncia del presidente Juárez Celman y que su vice, Carlos Pellegrini, debiera asumir la conducción del país.

Para seguir, es bueno que nos concentremos en las medidas que se fueron tomando, tanto para conjurar la crisis como para dotar al país de un sistema monetario seguro y estable. Las medidas adoptadas fueron las siguientes:

Primero: la emisión de un empréstito patriótico para renegociar la deuda externa y poder enfrentar sus vencimientos.

Segundo: la creación de una Caja de Conversión para absorber la emisión excesiva de billetes.

Tercero: la creación del Banco Nación, verdadero antecedente de un banco central. 

Cuarto: la reversión de los saldos de las balanzas de pagos y comercial, a los efectos de lograr un superávit con el cual poder afrontar los pagos de la deuda externa.

Las medidas pronto comenzaron a dar su resultado, lo que permitió lanzar un ambicioso programa de construcciones ferroviarias, con más de 1.000 kilómetros de tendido por año. A la par, el lanzamiento de la creación de nuevos pueblos, asentamientos y colonias que permitieran, tanto “civilizar” a la “Pampa vacía” como darle un destino fructífero a la oleada de inmigrantes que llegaba al país. 

¡Y todo eso en tiempo récord y sin necesidad de aumentar nuestra base monetaria durante 15 años!

Sin independencia económica

Con estas medidas se puso fin a las crisis crónicas que se producían en un sistema económico dependiente, principalmente, de las inversiones externas. Tal como hoy se depende del dólar, por aquellos días se lo hacía de la libra esterlina. Pero el esquema de dependencia era el mismo.

Ya que cuando se producía una merma en la entrada de esos capitales, se revertían en forma negativa la balanza de pagos y la comercial, lo que, a su vez, producía recesión e inflación, con las consecuencias conocidas.

Y como si fuera poco, este esquema dependiente del crédito externo y no de nuestra producción tenía un efecto político muy negativo, cual era la pérdida de nuestra independencia económica, ya que las decisiones económicas de la Argentina no se tomaban en Buenos Aires, sino en Londres, como hoy se toman en Nueva York o en Washington DC.

En otras palabras, lo que se diseñó por aquellos días fue un moderno control de capitales que permitió manejar tanto el exceso como la merma de los mismos mediante un sistema de conversión monetaria flexible que amortiguara estas idas y venidas. Tal como muchos años más tarde lo implementaron los ministros Roque Fernández y Domingo Cavallo.

Por su parte, se le asignó al recientemente creado Banco Nación la misión de ser el eje emisor del sistema de redescuentos, cumpliendo las funciones de un verdadero Banco Central.

Este último –recordemos–fue creado en 1935 durante la presidencia de Agustín P. Justo para que se encargara de la política monetaria del país, pero fue uno que siguió con las mismas políticas de redescuento de la Caja de Conversión. Como una forma por la cual el Estado le daba respaldo y solidez a la banca privada, a la par de aumentar su liquidez y capacidad de otorgamiento de créditos minoristas.

Lamentablemente, en años recientes hemos asistido a la pérdida de la independencia del Banco Central, el que se ha convertido en un mero regulador del precio del dólar y custodio de nuestras cada vez más menguadas reservas. 

Por lo dicho, es necesario que nuestro Banco Central vuelva al espíritu establecido en el artículo 1 de su Carta Orgánica (Ley 24.144), que lo define como una entidad autárquica del Estado nacional.

Aunque también esta última función ha entrado en zona de discusión crítica, porque hay importantes sectores de la sociedad, especializados en este tema, que ponen reparos a la continuación de la existencia del BCRA porque se duda de la capacidad y responsabilidad de la política para mantener independiente a este organismo.

Como podrá apreciar nuestro querido lector, hemos podido sacar unas buenas lecciones de una crisis bien resuelta.

Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.

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