Cuando el periodismo sacude la verdad
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Cuando el periodismo sacude la verdad

Las miradas se posan sobre la osamenta del periodista. Sucede que ese ser es, para la gente, lo último que le queda para encontrar justicia, sea escuchada en el reclamo y sepa la verdad.

El periodista, tomado como juez, policía, gobierno, legislador o hasta médico, sirve al ciudadano común para entender y atender el modo de respuesta, según las figuras descriptas cuando toda persona, en el estado, se ha sentido expulsada  en todo aspecto y sentido.

Esas mismas personas son las que en otras circunstancias no dudaron un instante en golpear la figura de trabajador de prensa cuando investigó y sacó a la luz de la opinión pública los oscuros puntos que nos perjudican a todos.

Al respecto, si bien la política encabeza el ranking de costados pestilentes, también los hay en organizaciones gremiales, sociales, profesionales y deportivas. Bien es sabido que cuando se habla de malos gestos, estos no atañen solamente a la clase política, ya que proviene de todos los sectores enfermos de la vida de país.

Pareciera ser que es la propia gente la que quiere frenar, tapar u ocultar todo eso. No quiere que el mundo vea todo lo sucia que está una gran parte de la conciencia nacional, por lo que la figura del periodista debe resistir el tironeo permanente entre el polo que reclama que se escuche a la gente y el polo que no quiere que se muestre que la corrupción no solo tiene un fin, sino un inicio.

Los ejemplos brotan por doquier, desde los miles de argentinos que trabajaron para tener su vivienda por medio de organizaciones como la Tupac Amaru y Sueños Compartidos, lugares donde eran prácticamente esclavizados para poner ladrillo por ladrillo e ir a manifestaciones y actos políticos. Estos últimos eran condición sine qua non para alcanzar ese bien de vida que es la casa propia.

Humillaciones que soportaron esos seres, inclusive cuando observaban que los organizadores que los sometían recibían millonarias cifras que acumulaban para sí, con impune corrupción. Lo increíble es que, al aparecer el periodista, había que alejarlo con acusaciones y difamaciones.

Pasado el tiempo y cuando el panorama golpeó con dureza a esa gente, es al periodista al que recurrieron para lamer sus heridas sociales.

El ejemplo se multiplica en todo lo que le sucede al país. Se repite muchas veces con saña, hasta lesionando toda la trayectoria humana y profesional de un periodista. Inclusive con trabajadores que fueron asesinados por ir detrás de esa verdad que la torcida comodidad de la sociedad permitía.

Quizá el emblemático caso de José Luis Cabezas, que descubrió a un mafioso empresario de correo privado y protegido por la corrupción del gobierno menemista, es la síntesis de lo que se habla.

Más adelante, en el tiempo, el quiebre fue total en la relación del periodismo con el gobierno, plasmado durante los 12 años de administración kirchnerista. Donde la prensa tuvo que soportar el asedio y desprestigio diario de un morboso sistema instalado con total propósito de que el robo que estuvo perpetrando al país no se conociera.

Hasta se llegó a sancionar normativas jurídicas que persiguieran, reprimieran y encarcelaran a todo periodista que intentara meterse en asuntos de estado, cuando en realidad le estaban diciendo a la prensa que el que se animara a meter la nariz en cualquier oficina pública tendría que atenerse a las consecuencias.

Todo un asunto donde un grueso de la comunidad respaldó con asombrosa complicidad.

Hoy, cuando San Política electoral amaga con dar segundas oportunidades a quienes todavía tienen que rendir cuentas en los estrados judiciales, la gente –nuevamente utilizada y direccionada– pone en tela de juicio el trabajo del periodista y repite la vieja receta del hostigamiento sin sentido.

Un claro síntoma de que el trabajador de prensa está en el justo lugar donde incomoda a impunes y sectarios intereses. Donde, fundamentalmente, sacude la verdad. La que se debería escuchar para no volverse a equivocar.

 

 

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