Nuevos tiempos, viejas obsesiones
Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
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Nuevos tiempos, viejas obsesiones

Nunca es prudente intentar balances urgentes. El tiempo es el mejor árbitro, y el que pone las cosas en su lugar.

Es raro, pero con estos argumentos parece coincidir Cristina Fernández de Kirchner, al menos por algunas palabras que dejó escapar estos días, aunque ella se refería a su situación judicial y, más pomposo y rimbombante, a su “lugar en la historia”, que imagina como un cuadro de marcos dorados en un lugar de privilegio, lugar al que la Justicia podría trocar en una incómoda celda (o una tobillera en el lujoso piso de Recoleta).

La Cristina descripta en los últimos meses (que parecen años), es tan variopinta como la imagine su descriptor. “Mejor” fue el adjetivo que usó Alberto. “Peor” fue lo que coligieron muchos al ver su gesto y su cara en la ceremonia de traspaso. “Igual” es lo que puede pensarse si uno se atiene estrictamente a sus propias definiciones.

En su primera semana como vicepresidente (saquen el esperpento de terminar con “a”, equivalente a decir cantanta o adolescenta, basta de castigar al idioma), sus obsesiones siguen siendo las mismas que en su paso por el Gobierno.

“Los medios de comunicación deben cumplir un rol diferente al que han venido cumpliendo”, afirmó, dando una pista de lo que espera. Para los incautos, los adoradores de teorías conspirativas y los ignorantes el verso de medios hegemónicos es una venta fácil, compran a ojos cerrados.

Para los que trabajamos en esto, es todo un arcaísmo en tiempos de audiencias fragmentadas y redes sociales. Y parece que lo que espera entonces es desinformación, contar el relato y contravenir toda regla ética de la profesión.

Y la desinformación apareció rampante en los discursos oficiales, que crean más “verdad” que el paciente trabajo de un periodista.

Ejemplo 1: desde el nuevo Gobierno se criticó los 9 mil millones que Macri gastó en cuatro años en pauta oficial. Cristina gastó esa misma cantidad, pero en un solo año: 2015. Desinformación pura.

Ejemplo 2: resaltaron con vehemencia que el Gobierno anterior les dejó un país en “default virtual”. La realidad es que en 2015 dejaron un país en “default real”, decretado por Rodríguez Saa en 2001 y ratificado por la propia CFK en 2014. Recién se salió en 2016 de esa situación. Lo demás es relato.

La última arremetida tiene que ver con la Ciudad de Buenos Aires: criticó que “hasta los helechos tienen luz”. Y como comparación eligió la miseria que impera en ciertos lugares de La Matanza, carentes de servicios básicos.

Olvida que cualquiera que analiza sus dichos puede pensar que la floreciente CABA lleva 25 años sin peronismo, y La Matanza ha sido el epicentro histórico e invulnerable de gobiernos de ese signo. Y en consecuencia puede señalarlo como las razones del atraso.

También está comparando un estatus completamente diferente, un municipio con una ciudad que tiene rango de provincia. Pero ese no es el problema. Los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires son, per cápita, los que menos fondos federales reciben. Mal que le pese a Cristina, generan casi el 80% de los recursos que consumen, mientras que, en el otro extremo, su fiel Formosa, solo genera un mísero 7% de recursos propios, el resto corre por cuenta de la generosidad del resto de los argentinos.

Cada matancero –en rigor, cada bonaerense, y también cada argentino- recibe muchos más fondos por cabeza que un porteño. Qué han hecho los gobernantes con esos recursos es otro tema, cada cual saque sus conclusiones.

Su otra obsesión, la Justicia, el lawfare, ya fue comprada sistemáticamente por todas las alas del Gobierno, y las reformas en ciernes no están lo suficientemente claras como para trazar un pantallazo real, aunque se espera que la garantía de impunidad prospere, habida cuenta de los cargos esenciales en Justicia y Consejo de la Magistratura donde la ex ha colocado piezas claves.

Cristina sigue siendo Cristina, sigue concibiendo el poder tal como siempre lo ha hecho. Sigue considerando enemigos a los mismos de siempre, y la mueca más potente que dejó desde la asunción hasta aquí fue una cara de asco.

Cuánto podrá Alberto modificar, morigerar esos impulsos, es una pregunta aun sin respuesta.

 

 

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