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La caja de Pandora

Por Martín Gastañaga Periodista de El Ciudadano

La revelación de la existencia y el contenido de los cuadernos de Centeno, testigo meticuloso de la circulación más obscena de dineros oscuros de que se tenga testimonio en la Argentina moderna, ha significado un estallido político y económico cuyas fronteras es difícil vislumbrar. Muchos nos hemos visto tentados con la idea de que, como en el mito griego, se abrió la caja. Pandora le robó la llave a Epimeteo, y con ello desató las plagas, las traiciones y todos los males que el preciado cofre, regalo de los dioses, contenía para no ser jamás revelado.

Pero a decir verdad la caja ya estaba abierta desde mucho antes. Sus plagas se enseñoreaban entre nosotros sin que diéramos crédito a las evidencias. Se estrelló un tren en la terminal, volaron un pueblo cordobés para encubrir tráfico de armas, volaron bolsos sobre los muros de un convento, se pesaron bolsos en cuevas financieras, se multiplicó el patrimonio de oscuros personajes que hablaban de revolución mientras se revolcaban en el lujo.

Sucede que estamos conociendo cómo funcionó la Argentina durante décadas, y como la exageración, el extremo de la codicia y la ambición sin límites rompió los diques e hizo estallar el sistema por el aire. Porque, seamos honestos, los mecanismos de retorno, coima, las empresas surgidas a costa del Estado por intercambio de favores con beneficios mutuos (lo que alguna vez se llamó la Patria Contratista) existen desde hace décadas. Señores empresarios que hoy se horrorizan ante los arribistas y nuevos ricos como Báez o los de Electroingeniería no tienen un origen demasiado disímil. El mismo apellido presidencial puede figurar entre esos listados.

Las obras nunca terminadas, los presupuestos multiplicados hasta el infinito, materiales de segunda cobrados como de primera y varias joyitas más fueron moneda corriente en la obra pública. Pero siempre manteniendo un “equilibrio” entre el toma y daca, para mantener las aguas quietas, para mostrar una fachada de normalidad. El kirchnerismo, versión ultrapotenciada de los vicios del peronismo tradicional, llevó todo al extremo: ya no era la patria contratista, sino su propia patria contratista, ellos y sus alter egos. El feudo provincial que tanto rédito y riqueza les dio trasladado a feudo nacional. El manejo a rajatabla de todos los resortes, hasta los de la imaginación, con su policía del pensamiento vigilando desde los canales estatales y paraestatales; con la creación de una semántica y mitología a medida, y con el apriete mafioso cuando era necesario.

Difícil instalar un Estado de esa calaña en una sociedad moderna, al menos en apariencia, con aires de cosmopolitismo y en tiempos de información y redes. Hasta la Rusia de Putin es más plural y menos concentrada. El vamos por todo fue el exceso. El gen totalitario reventó los vasos.

La potencia cultural del populismo garantizó fidelidades entre los electores, y donde no bastaba el sistema de clientelismo hizo su trabajo. Nada mejor para una sociedad que piensa que gobernar para los que menos tienen es regalar cosas. Que deben pagarte por el mero hecho de tener hijos, o de existir, o de cumplir a medias alguna obligación, como estar en el sistema educativo. La destrucción del sistema de valores fue una carta brava en el mazo que se jugó con astucia y ganó manos cruciales.

Podemos conocer ahora, de la mano de una justicia también viciosa, muchos detalles de cómo funcionó la maquinaria. No es un proceso virtuoso, pero es lo que hay, y habrá que tratar de obtener la mayor verdad posible –que no será completa- y aprender algo de este tortuoso camino.

Volviendo a Pandora, hay que recordar su final. Cuando cerró la caja, viendo las maldiciones que había salido de ella, no alcanzó a ver que en el fondo aún quedaba algo: la esperanza. En el fondo de ese cofre nos queda todavía eso entonces. Podremos construir, sabiendo ya (salvo los negadores y justificadores seriales) que la política estuvo podrida por la corrupción más abyecta, una nueva sociedad más comprometida y más vigilante de los valores morales.

La pelota está en nuestro campo. Saber obliga a actuar. Sepamos hacerlo.

 

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