Un papelón histórico
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Un papelón histórico

“Estábamos en el ojo del mundo, quedamos en el ojo de la tormenta”. Sabias palabras de Marcelo Gallardo para reflejar este papelón histórico del fútbol argentino.

El prestigio de la Libertadores. El desprestigio del fútbol local. Es una paradoja. Pero esto fue lo que provocó el episodio violento ocurrido el sábado pasado en el Monumental por cierta parte de los hinchas de River que imposibilitó que se juegue la final frente a Boca.

El fútbol argentino quedó en el ojo de la tormenta. El presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, aclaró en conferencia de prensa que “no están dadas las condiciones para jugar en Argentina”. Y aseguró que la final se disputará fuera del territorio argentino.

La Confederación Sudamericana de Fútbol tiene parte de la culpa, también. No puede lavarse las manos. El señor Domínguez no está en condiciones de desligar responsabilidades. No por la violencia en sí, sino por lo que ocurrió después.

Su culpa se basa en querer exigirle a los jugadores de Boca disputar igual la final observando que varios de ellos no estaban en buenas condiciones físicas. Quiso defender los derechos televisivos que hay detrás del partido por encima de la salud de los futbolistas.

Encima, el martes pasado en Asunción, la Conmebol siguió con el delirio organizativo, una muestra más de lo que fue durante todo el 2018.

Se llevó a cabo una conferencia de prensa en la cual mantuvo la misma postura de inseguridades que arrastraba desde el fin de semana pasado. Adelantó que la final se iba a disputar. No designó un día fijo (sería el 8 o 9 de diciembre). Tampoco el horario ni sede para dicho encuentro. Postergó todo para más adelante, a la espera del fallo del Tribunal de Disciplina.

Mas allá de esto, el fútbol argentino quedo mal visto. Como país organizador mostramos una imagen muy pobre, de un fútbol muy rico desde la pasión y el juego.

Argentina es cuna de oro de jugadores muy evaluados que son exportados con pocos partidos en primera división. Una clara muestra de que es observado no solamente como negocio, sino también por los amantes del deporte por satisfacción.

Nos admiran en el exterior cuando observan los estadios llenos, el color de las tribunas, el cántico y la pasión que refleja la hinchada cada vez que sale su equipo al campo de juego. Sin embargo, no estamos capacitados para organizar un encuentro con los dos equipos más importantes.

La pésima imagen que mostró Argentina, como país organizador, provocó que otros quieran hacerse cargo de la organización del evento. Saben que el encuentro será observado en el mundo entero y es un diamante en bruto que tendrá sus frutos.

Sobran estadios que dan garantías para llevar a cabo la final. El Santiago Bernabéu de Madrid, el Internacional Khalifa de Doha, el Defensores del Chaco, el Atanasio Girardot de Medellín, el Arena do Gremio, entre otros, muestran interés para ser escenario de dicho evento.

Lo que no pudimos organizar el sábado pasado, lo quieren hacer otros países. Ellos ofrecen las condiciones, mientras nosotros desperdiciamos la gran oportunidad que tuvimos.

Esta final moviliza al mundo deportivo. Esto marca la jerarquía de la Libertadores. Se transforma en un torneo muy observado y prestigioso. Encima fortalece el peso de Boca y River, enaltece a ambos clubes y deja muy mal parado a la Argentina, como país mal organizador.

Lamentablemente, no estamos en condiciones de disfrutar de un evento de semejante transcendencia porque somos intolerantes, egoístas y no sabemos convivir entre nosotros. De esta manera, quedamos en el ojo de la tormenta. Un papelón histórico.

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