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¡Es la Geopolítica, estúpido!

¿Qué es lo que ha sucedido para que la economía, e incluso la poderosa política le cedan el paso a la Geopolítica, una ciencia con fama de extraña y esotérica?

Como todas las cosas, las ciencias también sufren los vaivenes de las modas. Por ejemplo, nadie duda que cuando el aspirante presidencial Bill Clinton pronunció su famosa frase “¡Es la economía, estúpido!”, allá por los lejanos años 90, la mencionada ciencia gozaba de la buena salud de la apreciación, tanto de legos como de expertos.

Por el contrario, por aquella época, la geopolítica era una ciencia maldita. Si bien había sido formulada por geógrafos británicos y nórdicos, a principios del siglo XX sufrió el hecho de que el dictador Adolph Hitler la tomara con unas pocas frases para su discurso de odio, para que fuera abandonada en el desván de la historia.

Pero como no hay mal que dure cien años, la geopolítica ha vuelto a reclamar por sus reales. Hoy por hoy la citan y hablan en su nombre expertos norteamericanos de fama mundial, como Robert Kaplan o los asesores rusos de Vladimir Putin, como Alexandr Dugin.

¿Qué es lo que ha sucedido para la que la economía, e incluso la poderosa política le cedan el paso a esta ciencia con fama de extraña y esotérica?

Probablemente la causa principal esté en la necesidad de explicar y, si fuera posible, anticipar los conflictos modernos.

Si la caída del muro de Berlín trajo para muchos la certeza de que el mundo debería organizarse en torno a las consignas de la democracia liberal, los ataques terroristas del 11S nos devolvieron la certidumbre de que no todos estaban conformes con esa pretensión.

Para colmo de males, al tranquilo reinado de la hiperpotencia norteamericana le fue surgiendo una oposición. Primero, económica y a cargo de unos pocos, luego multifacética y materializada por una docena de competidores.

Del crecimiento del Imperio Celeste chino y de las rivalidades comerciales con los EE.UU., pronto se dio paso al desafío de los BRICS y a las guerras comerciales por la lucha de los recursos naturales.

El primero apeló a su rica historia y relanzó su mítico Camino de la Seda, pero el segundo no tuvo más remedio que replegarse y volver a los fundamentos de su aislacionismo y al cuidado de su patio trasero.

Fue en este marco que primero estallaron las denominadas Primaveras Árabes y luego parecen hacerlo las democracias de nuestra región. Una tormenta de fuego se insinuó tímidamente en Ecuador, después en Perú, para explotar en Chile y en Bolivia. 

Las árabes comenzaron las suyas el 17 de diciembre de 2010, en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, cuando un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, tras ser despojado por la Policía de sus mercancías se inmoló a lo bonzo en forma de protesta.

A partir de este hecho, aparentemente menor, una veintena de países de la región se rebelaron contra sus malas condiciones de vida con resultados diversos.

Por ejemplo, concretamente y solo por citar a los casos más importantes, el vendaval desatado terminó con los gobiernos de Túnez y de Egipto, llevó a la guerra civil y la intervención extranjera en Libia, a una rebelión en Yemen que todavía dura y a una prolongada guerra civil en Siria. A la par de protestas menores en el Sahara Occidental, Arabia Saudita, Argelia, el Líbano e Irak.

Las crisis cercanas

Las causas de las ‘Primaveras sudamericanas’ no parecen estar del  todo claras. Pero, obviamente, también evidencian un cansancio de sus poblaciones, especialmente de sus recientes y nacientes clases medias contra sus respectivos viejos estamentos de gobierno.

Por ejemplo, tanto en Chile como en Bolivia –dos países en los que no se puede negar su progreso– tampoco se puede pasar por alto que algo ha fallado. Probablemente la clave haya estado en la mala distribución de los excedentes de esas mejoras materiales. 

No es extraño que en las marchas violentas que se suceden sin solución de continuidad, una de las consignas que más se enarbolan lleven la palabra “dignidad”.

Una suerte de santo y seña que está delatando que con lo material no les basta a los chilenos, que quieren ver a sus hijos en la universidad, o a los bolivianos indígenas que no quieren verlos como sirvientes de los blancos.

En forma paralela, otras corrientes parecen moverse en forma subterránea por debajo de los conflictos visibles, como por ejemplo las viejas disputas por los recursos naturales.

En el caso de Bolivia –el más evidente de ambos– hay pocas dudas de que los estratégicos yacimientos de litio no hayan jugado un rol en la organización de las protestas que vienen del Oriente boliviano. 

Tampoco el caso de las reivindicaciones mapuches de la Araucanía chilena con un viejo conflicto entre los denominados pueblos originarios contra los productores rurales y las explotaciones forestales. 

¿Qué tiene para decirnos al respecto la geopolítica a nosotros, los argentinos?

Al margen del posible contagio de esta ola de primaveras, de las cuales no podemos –por varios motivos– sentirnos libres, están los hechos concretos de que nuestras provincias norteñas de Salta y Jujuy no solo comparten frontera con Bolivia sino también sus ricos yacimientos de litio, y de que las reivindicaciones de los mapuches chilenos están muy próximas a las de los nuestros, y que juntos reclaman como suyos los terrenos de nuestra estratégica y rica Vaca Muerta.

Para terminar, basta recordar que esta semana se conmemoró que el 20 de noviembre de 1945, cuando el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, también a cargo de las relaciones internacionales de la Confederación Argentina, decidió impedir por la fuerza la exigencia de ingleses y franceses de libre navegar nuestros ríos interiores con las consecuencias conocidas. 

Probablemente, los modernos poderes imperiales que estamos viendo resurgir de sus cenizas no vengan en flotas de guerra, pero que vendrán de alguna forma no puede quedarnos duda alguna, ya que vivimos en un mundo con hambre y con sed, y nosotros tenemos eso que ellos necesitan.

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.