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Con el debido respeto

Es un reto difícil de alcanzar, porque implica tener la grandeza de considerar a los otros y tener la humildad de saber que somos exactamente iguales como todos los demás

Por Redacción

Vivimos tiempos en los que se hace necesario rescatar la presencia del otro, requisito básico para hablar de valores, de ética y de moral. Todo valor moral, desde la honestidad a la sinceridad, desde la confianza a la responsabilidad, pasando por cada uno de los que podemos enumerar, solo es concebible a partir de la alteridad. Se es honesto, sincero, responsable, confiable, puntual, comprometido, con el otro.

Si eliminamos su presencia, eliminamos el valor al que nos referimos. Los valores no existen antes que las personas y mucho menos sin ellas, porque son la savia de un contrato moral por el cual nos comprometemos a respetarnos más allá de nuestras ideas, gustos, historias, idiomas, niveles sociales, económicos o culturales, razas, nacionalidades. Respetarnos. Esa es la palabra clave.

 

El valor intrínseco

Ya en el siglo XVIII, en sus Lecciones de ética, el filósofo Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los pensadores más vigentes e influyentes de Occidente había considerado que el respeto, a diferencia del amor, por ejemplo, es absolutamente obligatorio entre los seres humanos.

No estamos obligados a amar a todo el mundo, decía. Lo cual, por otra parte, sería imposible, ya que el amor es una construcción que requiere tiempo, presencia, acompañamiento, experiencias compartidas, tanto dolorosas como gozosas. Amar a todo el mundo significa expresar una abstracción y puede terminar en no amar realmente a nadie, porque el amor necesita encarnar.

Pero el respeto, señalaba Kant, sí es obligatorio e independiente del camino o las experiencias compartidas con otra persona.

Según su pensamiento, cada uno de los seres humanos tiene un valor intrínseco, es decir, vale por sí mismo, no por los servicios que presta, por las expectativas ajenas que satisface, no por su “valor de uso”.

Ninguna persona debe convertirse en instrumento de otra y, de acuerdo con Kant, en ese valor intrínseco consiste la dignidad. Respetamos la dignidad del otro, no su profesión, su historia, sus ideas (especialmente, si coinciden con las nuestras), su religión, su raza o nacionalidad. Al contrario, sostenía el filósofo alemán, hacemos abstracción de todo ello y respetamos a cada ser humano por su existencia, por su “valor intrínseco”.

 

¿Cómo conseguir respetar a todos?

Respetar es darnos cuenta de que cada persona tiene derecho a elegir ser quien realmente es, en su forma de pensar, de opinar, de sentir, de actuar e incluso en sus gustos y preferencias de vida. Cada uno de nosotros somos diferentes, así pues, descalificar al que tenemos en frente por ser diferente podría suponer cruzar la línea del respeto.

Por lo tanto, si cada persona tiene el derecho a ser quien decida ser, a nadie más le compete ni opinar, ni decidir acerca de la otra persona. Podemos tener diferentes gustos, diferentes pareceres, pero siempre que exista armonía dentro de la diferencia, existirá respeto y, de esta forma, las relaciones personales fluirán de forma adecuada.

Pretender que todos piensen como nosotros, más que falta de respeto, es una irrealidad. Existen puntos de vista como personas habitan el planeta. Así pues, lo importante no es pensar igual, sino entendernos y convivir en equilibrio.

De esa manera, respetar es la mayor muestra de que aceptamos a la otra persona en su individualidad, en su totalidad como la persona que es, no como pretendíamos o querríamos que fuese. De esta forma, no imponemos nuestro criterio sobre los demás, sino que les dejamos fluir.

 

¿Cómo expresar el respeto?

El respeto se muestra desde la empatía, es decir, desde la actitud comunicativa que demuestra que sabemos, aceptamos y respetamos como es la otra persona. Aunque podamos no compartir sus decisiones, opiniones o comportamientos, no significa que deba existir confrontación. A través del respeto, integramos diferentes puntos de vista y aún así la protagonista es la buena convivencia.

La empatía es la herramienta utilizada dentro de la comunicación asertiva o adecuada. Es la que muestra el respeto, después de escuchar a la otra persona, observando desde dónde nos habla, con sus sentimientos y sus experiencias personales.

Ponernos en el lugar del otro, también nos ayudará a entender mejor su forma de pensar. Por lo que, si no acabamos de comprender un punto de vista ajena, ponernos en su piel puede sernos de gran ayuda.

Para ello, se expresa comprensión y entendimiento hacia su derecho. Y si procede, posteriormente se expresa la propia opinión que, aun siendo diferente, siempre es respetuosa ante el planteamiento ajeno.

Fuentes: Sophia y Leaders of now
 

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