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Menem dejó una secuela económica que cambió la Argentina

A los 90 años murió el expresidente que desde el peronismo produjo transformaciones que contradijeron los tradicionales postulados fundacionales. Las privatizaciones y la apertura de la economía causaron gran daño social que todavía es punto de discusión

Carlos Saúl Menem, expresidente constitucional de la Argentina está siendo velado, en virtud de haber ejercido ese cargo, en el Salón Azul del Congreso de la Nación. Al cabo de una dilatada carrera política que lo coloca en un lugar indiscutible de la historia nacional, murió a los 90 años, dramáticamente aferrado a un banca del Senado para mantener sus fueros y evitar cumplir condenas a prisión por la venta ilegal de armas a Ecuador y por responsabilidad en la voladura de la fábrica de armas en Río Tercero.

Menem fue el líder carismático por antonomasia surgido de la política y no de otras usinas de poder como las Fuerzas Armadas o el poder económico.

Se autodefinía como un “animal político” y valiéndose de una capacidad negociadora admirable fue acumulando poder a través de alianzas en las que paradójicamente siempre cedía un poco de poder reservándose siempre una cuota mayoritaria para seguir siendo jefe.

Desde su época de gobernador de La Rioja construyó una imagen de caudillo popular emulando en lo físico a su coterráneo Facundo Quiroga con una clara adhesión al peronismo. Valiéndose de esa imagen fuertemente popular, se sube a la carrera presidencial en 1989 cuando la gestión de Raúl Alfonsín ya era duramente cuestionada por la grave crisis que afectaba al país.

Triunfador en los comicios de ese año, con consignas típicamente peronistas asume en medio de la expectativa sobre cuál era su programa de gobierno.

Un país asolado por la hiperinflación que los planes económicos de los políticos radicales no pudieron evitar, le dio el voto a ese hombre del interior que hablaba de salariazo, revolución productiva y que no los iba a defraudar.

Todo lo que se debía esperar de la retórica justicialista estaba al alcance de los atribulados argentinos que habíamos recuperado la democracia, pero no la estabilidad económica que ya empezaba a afectar duramente la situación social.

Alfonsín no pudo sostener la crisis, adelantó las elecciones e hizo lo mismo con la entrega del poder cinco meses antes que se cumpliera su mandato.

Ese 9 de julio de 1989 empezaba una década que transformó a la Argentina. Si el gobierno de Juan Perón integró a las masas postergadas socialmente y comenzó a desarrollar capacidades de la economía que captaron a miles de argentinos, con un casi total protagonismo del Estado, Carlos Menem vino a romper con esa impronta que al cabo de más de tres décadas se habían transformado en un mito fundacional.

El peronismo mantenía su fervor por el recuerdo de los viejos buenos tiempos de Perón cuando les otorgó tantos beneficios sociales los trabajadores.

Los primeros pasos en la economía de Menem también fueron vacilantes. El número puesto en el Ministerio de Economía era Guido Di Tella, pero una infidencia suya sobre que se venía un “dólar recontra alto” lo dejaron fuera y el nominado fue Miguel Roig, un hombre de la multinacional Bunge y Born.

En el primer discurso ministerial anunció un ajuste tan duro del que no había sido capaz nadie hasta el momento y menos en tiempos democráticos. Roig falleció una semana después de asumir y lo sucedió otro hombre de Bunge y Born, Néstor Rapanelli. Con ellos y quienes lo siguieron las cosas no mejoraron. El riojano Erman González sucedió a Rapanelli y en el primer día de 1990 lanzó el Plan Bonex que confiscó los ahorros de los argentinos y los canjeó por bonos a diez años causando una verdadera catástrofe social arruinando a miles de familias.

 

Desregulación y flexibilización

El entramado de poder sindical y político que garantizaba la estabilidad de los empleados frente a los intereses de los empleadores fue desarticulado por las políticas sociales del menemismo. Con las medidas que se dictaron se desregularon las relaciones laborales, los salarios ya no se dispusieron por decretos del gobierno si no por acuerdos paritarios en los que muchas veces los sindicatos no tenían el suficiente poder de negociación.

Como fue frecuentemente ocurrió en el peronismo, el sindicalismo adicto se cuadró rápidamente junto al poder político y los reclamos sociales fueron perdiendo la fuerza que habían demostrado con los 13 paros generales que le realizaron a Alfonsín. Los salarios se habían convertido en una mercancía más de la economía que había que negociar.

 

Las joyas de la abuela

El déficit fiscal endémico de la Argentina empezó a necesitar de recursos genuinos para evitar más endeudamiento que ya era prácticamente impagable. Se vino entonces la avalancha de privatizaciones de las empresas del Estado, algunas de las cuales eran realmente deficitarias por su pésimo manejo y daban muy malos servicios públicos. Pero también otras significaban un proyecto incompleto de una Argentina con soberanía en los servicios estratégicos. Transportes y energía fueron los más representativos. La red ferroviaria más importante de América latina que si bien necesitaba urgentes renovaciones tenía una infraestructura que seguía siendo esencial para el desarrollo nacional.

Sin embargo Menem lo hizo desaparecer manteniendo unas pocas líneas en manos privadas y mandando miles de trabajadores a la calle. Lo mismo ocurrió con YPF, Aerolíneas Argentinas, Entel, Encotel, Gas del Estado y la Flota Mercante Argentina. Se transformaron en cascarones vacíos que fueron malvendidos.

 

El mercado al poder

La Argentina había sufrido cambios irreversibles. Además de las emblemáticas privatizaciones, la apertura económica en oposición al vetusto y mal manejado proteccionismo, permitió el ingreso de productos de todo tipo mucho más baratos que en competencia con los altos costos internos de producción, causaron el cierre de miles de empresas y la pérdida de fuentes de trabajo.

 

La última ilusión

Si lo expuesto hasta acá, que solo es una parte de la historia, es causa de debate y controversia, lo sigue siendo el efímero triunfo frente a la inflación que significó la paridad 1 a 1 del dólar y el peso.

Una de las últimas cartas que se jugó con Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía le permitió a miles de argentinos acceder a dólares, viajar al exterior, adquirir bienes y tomar créditos en dólares a tasas más bajas. Ese boom consumista creó un factor de presión que explotó dejando esquirlas hasta el presente y que revelaron que la inflación es invencible en este país.