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Asesinatos seriales en vísperas de Navidad

A finales de diciembre de 1916, tres crímenes sacudieron la modorra de una tranquila Mendoza, cuando los vecinos esperaban celebrar las Fiestas en paz

Días antes de la Navidad de 1916, los mendocinos se enteraron de una serie de hechos criminales que conmocionaron a toda la provincia y al país, y como en una película al mejor estilo Hitchcock, fueron los más aberrantes y sangrientos que hasta ahora están registrados en los archivos policiales de Mendoza. Se trata del asesinato en masa de varios habitantes de la ciudad, ejecutados por los hermanos Marcos Mauricio y José María Leonelli.

 

Vecinos asesinos

En la mañana del 20 de diciembre de aquel año, se oyeron gritos desgarradores que salían desde el sótano de una casa ubicada en Urquiza 191. Alertados, varios vecinos de la cuadra corrieron a la vereda en busca de la policía y los uniformados llegaron a los pocos minutos al lugar señalado.

Los agentes golpearon la puerta de la casa pero nadie contestó. Luego, un hombre les indicó que estaba abandonada. Los policías penetraron en la vivienda, con alguna sospecha respecto del individuo, quien al darse cuenta intentó darse a la fuga pero fue atrapado.

Marcos Mauricio Leonelli.

El sospechoso, llamado José María Leonelli, fue interrogado y confesó que su hermano, Marcos Mauricio, había matado a un hombre.

Inmediatamente la policía ubicó al sujeto, quien vivía a apenas 20 metros de la casa abandonada. Marcos se dio cuenta que había sido descubierto y rápidamente trató de cambiarse su camisa que estaba manchada de sangre, pero fue interceptado. Las evidencias estaban a la vista y finalmente confesó el asesinato.

Los hermanos Leonelli fueron llevados por la policía a la comisaría Tercera, donde quedaron detenidos.

José Leonelli.

El comisario de esa dependencia dio la orden a los investigadores para que comenzaran a inspeccionar distintos lugares de la casa. Al llegar a la entrada, se encontraron con un gran charco de sangre en uno de los corredores, junto al ingreso a un sótano. Inmediatamente los pesquisas sospecharon que allí habían depositado el cuerpo de la víctima.

 

Un sótano con olor a muerte

Los sabuesos encontraron en aquel sótano el cuerpo de un joven envuelto con una lona y medio tapado con papeles y basura. La víctima fue identificada como Tufik Ladekani, un cambista de dinero nacional, de origen sirio, que operaba en importantes bancos de la ciudad.

Después de la detención de los hermanos José y Marcos Leonelli, acusados de matar al prestamista, los investigadores sospecharon de inmediato que habían cometido otros asesinatos del mismo tenor. Pero los acusados lo negaron rotundamente durante un intenso primer interrogatorio.

El financista Tufik Ladenkani.

En el domicilio de la calle Urquiza 171 se inició una excavación en la que participó un grupo de bomberos. Buscaban las pistas de otras muertes. Allí los uniformados encontraron el cadáver en descomposición de otra víctima y el médico forense determinó que los restos encontrados eran de otro desaparecido, llamado Julián Azcona.

Habría más, ya que a los pocos días de trabajar se encontraron con los restos de Juan Dávila en un pozo del baño de la vivienda.

 

Crimen por dinero

Poco antes del asesinato del prestamista Ladekani, los Leonelli mataron a sangre fría a Azcona y Dávila.

Tenían una abultada deuda con Azcona, y los hermanos asesinos no tuvieron mejor solución para sus problemas financieros que eliminarlo, pero antes lo secuestraron y le obligaron a escribir un telegrama a la esposa en la que le decía que viajaba al norte por negocios. Luego lo asesinaron.

Los Leonelli también tenían en su lista a Juan Dávila, quien fue asesinado con el mismo método y detrás de los mismos objetivos. Con estas acciones, José y Marcos se hicieron de importantes sumas de dinero.

El cuerpo de Bomberos.

La psicosis que creó esta serie de crímenes generó algunos mitos que aún resuenan en la actualidad. En aquella época se los creyó culpables de infinidad de crímenes y se les endilgó decenas de historias. De hecho, la desaparición de la sirvienta de Dávila y de otro vecino de la calle Urquiza, que conocía algunos de estos hechos, no fueron comprobados nunca por la policía.

 

La cárcel del fin del mundo

Las pruebas contra los asesinos fueron más que evidentes, y la causa quedó a cargo del juez del Crimen Nieto Riesco, quien en 1918, condenó a Marcos Mauricio Leonelli con la pena de muerte y a José María a cadena perpetua.

Faltaban minutos para la ejecución de Marcos, cuando el asesino se salvó debido a la presión pública y política que se produjo en contra de la pena capital, y la sentencia fue revocada y cambiada a una de cadena perpetua.

Desde ese año ambos hermanos estuvieron alojados en la penitenciaría local, pero en 1923 fueron trasladados al penal de Ushuaia.

Desde 1935 los dos condenados apelaron a través de la Cámara buscando su libertad, pero no les fue otorgada.

Ocho años después, ambos volvieron a apelar para dejar sin efecto su condena; José pudo recuperar la libertad en los 40, no así Marcos, el autor principal de los asesinatos, quien algunos años más tarde falleció en la cárcel de Ushuaia.