|25/08/21 08:28 AM

Los filtros de las redes sociales afectan tu percepción

Te crean la ilusión de una belleza que jamás conseguirías en la vida real y, en cierto modo, te crean unas expectativas de cómo deberías ser para encajar en ese idea

Por Redacción

La verdad es que no hace mucho que algunos soñaban con parecerse a Angelina Jolie, Brad Pitt o Johnny Depp. Anhelábamos tener los labios de unos, los pómulos de otros, el mentón de aquel de más allá… En la actualidad, la cosa ha cambiado bastante, hasta el punto de que son cada vez más las personas que padecen lo que se conoce como dismorfia de la selfie.

Este trastorno define una obsesión: la de querer ser tal y como nos muestran nuestros celulares.

El universo de los filtros nos trae una imagen mejorada e ideal de nosotros mismos y es eso lo que buscamos: nuestra mejor versión. Nuestro mejor rostro retocado a base de los adictivos algoritmos de Snapchat. Narices más delgadas, ojos más grandes, contornos más ovalados, cejas más altas…

Hay personas que apenas sitúan su mirada en el mundo real. Hay quien habita buena parte del día ante esa pantalla que, como un extraño sortilegio o espejo mágico, le muestra siempre una imagen seductora, perfecta, cautivadora. Se toman entre 25 y 50 selfies al día y, como es de esperar, no soportan verse en el espejo del baño. Esa superficie poco amable que no esconde ojeras, ni difumina papadas.

La tecnología, útil y maravillosa, siempre que hagamos un buen uso de ella, esconde una vez más prácticas que a veces caen en lo patológico. Analicemos este trastorno que aún no aparece recogido en ningún manual de diagnóstico.

Las revistas médicas han bautizado este fenómeno como ‘dismorfia de Snapchat', en referencia a la primera red social que lanzó las populares máscaras digitales que deforman el rostro en tiempo real. Los primeros filtros permitían verse, por ejemplo, con enormes y brillantes ojos y unas divertidas orejas de perro (o gato). Pero ahora la retórica ha cambiado.

Actualmente, los más populares se han convertido en una herramienta de embellecimiento instantáneo. Un solo click permite transformar radicalmente la fisonomía del usuario, creando la ilusión de unos ojos más grandes, labios prominentes, pómulos marcados y nariz fina. Y es este el nuevo estándar de belleza digital con el que compite la realidad.

El 55% de los cirujanos plásticos estadounidenses reconocen un aumento del número de pacientes que acuden a su consulta porque quieren parecerse más al reflejo de sus filtros.

Un reciente estudio publicado en la revista JAMA alerta de este fenómeno al alza. En él, los investigadores explican que los clientes ya no acuden a la cirugía para parecerse más a sus famosos de referencia, sino que reclaman acercarse más a su propia imagen captada a través de un filtro.

Dentro de esta nueva lógica, las nuevas operaciones más demandadas tienen que ver con corregir la asimetría facial, la caída de los párpados, la apariencia de las arrugas y el aspecto de la nariz. También se ha incrementado de manera significativa la demanda de un aumento de labios para acercarse a esa imagen que a través de un filtro puede lograrse en cuestión de segundos.

 

Definición y características

Hay quien dice aquello de “hasta dónde vamos a llegar”, que la dismorfia del selfie es casi lo más delirante que estamos apreciando en los últimos años. Sin embargo, hay algo que debemos considerar. El mundo avanza y cada época trae sus particularidades en el campo de la ciencia del comportamiento y la salud psicológica.

No hace demasiados años teníamos a jóvenes que se operaban en su desesperado afán por parecerse a la muñeca Barbie. Ahora, las nuevas tecnologías y esas aplicaciones que llenan nuestra realidad de filtros y todo lo embellecen nos traen otros trastornos psicológicos.

En ese universo paralelo, lo cotidiano y ordinario no tiene cabida. Los rostros anodinos y comunes se tornan extraordinarios, como sacados de una película de Disney.

En cierto modo, desde el campo de la clínica ya se viene advirtiendo desde hace tiempo del impacto de la selfie en la salud mental. Trabajos de investigación, como los realizados en la Universidad de York en Toronto (Canadá), hablaban de cómo la necesidad de tomarse selfies y publicarlos de manera continuada se correlaciona con una menor autoestima, sensación de inseguridad y ansiedad social.

Estamos en la era de la primacía de la imagen, es cierto, pero curiosamente el ser humano se siente más inseguro que nunca con su aspecto físico.

 

La autoestima en la era de los filtros

Los efectos adversos de los filtros persisten incluso cuando estos desaparecen y el usuario vuelve a visualizar su rostro sin ningún tipo de distorsión. Es en este momento, cuando surge la inevitable comparación entre ‘yo real' con el ‘yo retocado'. Y claro está que la imagen natural jamás podrá estar a la altura de la que ha sido diseñada como máscara de belleza.

La omnipresencia de estas imágenes filtradas puede afectar la autoestima, hacer que uno se sienta mal por no ser así en el mundo real e incluso puede provocar un trastorno dismórfico corporal (BDD, por sus siglas en inglés)”, argumentan algunos artículos científicos sobre la cuestión.

Este trastorno es más que una inseguridad o una falta de confianza. Es un problema de gran transcendencia que solo se soluciona con atención psicológica”, recalcan los expertos.

Fuentes: elPeriódico.com y la Mente es maravillosa.

TAGS