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¿Los mendocinos saben quién es Roberto Lavagna?

El dicho popular asegura que el tiempo cura heridas, y en el caso de la historia de los hombres, coloca las cosas en su lugar. Esto último cae de lleno para repasar, conocer y dimensionar el artífice clave para recuperar a la República Argentina de la grave crisis que explotó en el 2001.

Un año donde decepcionaba a toda la Nación una coalición de gobierno que encabezó el radical Fernando de la Rúa y en donde el combo explosivo de corrupción y desaciertos económicos puso al país en un abismo institucional jamás visto.

Con el intento frustrado de cinco presidentes el país quería salvar a su gente y a la democracia, por ese entonces gravemente lesionada. El quinto mandatario fue Eduardo Duhalde, quien tuvo la acertada decisión política de colocar en el gabinete de transición a Roberto Lavagna, economista de raza con prestigio internacional.

A la postre el que tuvo la muñeca técnica de hacer resurgir a la Argentina de las cenizas del gran incendio económico, financiero, político y social que padeció tras diez años de política neoliberal del menemismo y lo ya conocido de la alianza UCR-Frepaso.

Lavagna tuvo en sus manos el poder de la Nación, solo comparado con aquel reservado al primer mandatario del país, en este caso Eduardo Duhalde. Un poder que el entonces ministro de Economía sabía que se lo había otorgado el presidente interino a sabiendas de que era una pieza más que clave para direccionar a la Argentina hacia aguas mansas en el plano social, que en esos momentos encrespadas solo tenían un turbio objetivo: “que se vayan todos y que el país se hunda aún más de lo que ya estaba”.

Eduardo Duhalde conversa con el economista.

Pero Lavagna también debía hacer flotar el sistema económico y financiero para adentro y para afuera de esa Nación muy golpeada. Hacer funcionar el histórico aparato agroindustrial que tanto prestigio le había dado al país.

La titánica y gigantesca tarea de Lavagna comenzó a dar frutos mucho antes de lo esperado o planificado. Quizá porque el hombre bajo la administración del justicialista bonaerense había comenzado a despertar confianza en los mercados, en los inversores y en ese duro terreno laboral que había dejado miles de argentinos sin el sustento a sus familias.

Por eso, en la transición y en la elección presidencial, Duhalde pacta con Néstor Kirchner que la tarea de Lavagna debía continuar profundizándose en esos tiempos bajo los primeros años de la presidencia del hombre que venía de Santa Cruz.

Lavagna junto a Néstor Kirchner, cuando fue su ministro de Economía.

Lavagna logra que la Nación se encamine a salir de default y empiece achicar la deuda con organismos internacionales de crédito. Lo hizo con la misma eficiencia y profesionalismo con el que el país se recuperó de la tempestad del 2001.

Mientras tanto, la Argentina, ya de pie, comenzaba a respirar alivio y penetraba en tiempos de bonanzas.

Bueno es recordar que ni en esos momentos, como no lo hizo con todo el poder otorgado en la administración Duhalde, Lavagna perdió el horizonte que a un profesional de su envergadura lo caracteriza. Solo se limitó con extrema eficiencia a cumplir con el rol y los objetivos por los que fue convocado.

Nadie, en la historia de país, podrá señalar a Lavagna como un hombre que se embriagó de poder y se abusó de él.

Aquí la historia hace volver con inusitada virulencia las mezquindades y los caminos oscuros de la política que uno creía se habían erradicado con todo lo sucedido a principios del 2000.

Hacía su ingreso formal a la política el kirchnerismo y comenzaba a producirse ese gran robo al país en recuperación. Algo que por mezquindades políticas nadie en ese sector lo dice y hay que decirlo. Porque Lavagna deja de ser ministro de Economía en 2005 en una situación que por ese entonces no quedaba clara y que la historia nos demostraría, por estos días, cual sería la gran razón.

No podía estar en el gobierno de los Kirchner, donde un solo hombre (Néstor) manejaba a su antojo los hilos del poder, sobre todo los económicos.

El reemplazo de Lavagna fue Felisa Michelli, aquella funcionaria de la abultada bolsa de miles de dólares en el baño de su despacho. Quien de esta manera se transformó en la primera funcionaria kirchnerista de alto rango en pasar por tribunales.

La misma que abre las puertas al mayor acto delictual producido sobre los millonarios fondos públicos de Argentina durante 12 sostenidos años.

El justicialismo de este tiempo lo ha ido a buscar a Lavagna. Esta vez, con la misión de recuperar ese terreno de unidad que no puede lograr por el peso que aún tiene el kirchnerismo. Pero, también, con el fiel convencimiento de que es el único dirigente que puede reencausar la Nación, sus inversiones, las economías regionales, la agroindustria y el trabajo. Hoy ya no como ministro de economía, sino como presidente del país.

Nadie sabe si las egocéntricas posturas de la máxima dirigencia justicialista permitirán que tenga esa posibilidad de estar a consideración de la gente. Sobre todo, si Cristina Fernández de Kirchner diera un paso al costado para que eso ocurra. Renunciamiento del que muchos desconfían, mientras algunos otros le dan asidero.

Sectores que habrían escuchado que en la profunda trastienda política peroncha le ofrecieron a la hoy procesada senadora nacional un lugar en el Poder Judicial de la Nación, si Lavagna es ungido presidente. Algo que le daría un reaseguro de perpetua impunidad sobre esa fuerte investigación que la Justicia hace por su millonario patrimonio hecho con los dineros de la Argentina.

Los que no son peronistas y que tienen mucho respeto a Lavagna no creen que dé semejante paso que echaría por tierra toda una honorable trayectoria. La misma que abonó con esa honestidad ciudadana que tanto necesita su partido y que tanto necesita el país.

Una Argentina que ya no tiene pulmón para amortiguar una nueva desilusión institucional, sin que haya un lógico estallido que nadie quiere y que a la nación y su futuro no le conviene.