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Vuela más alto, ‘Barrilete Cósmico’

La despedida al astro del fútbol argentino que entristece a todo el mundo del fútbol

El Barrilete Cósmico dio un último cabeceo, se quiso desprender del piolín que lo sujetaba a la Tierra y al final lo cortó. Pero en lugar de precipitarse al suelo, se ha quedado para siempre en el aire. Ese aire que se impregnó tantas veces del grito de las multitudes, en tantos idiomas, ahora se ha quedado en un silencio frío, pesado y contundente.

Como en el poema de Guillén la muerte de Diego, convoca a todas las manos, esta vez no para hacer una muralla, sino para abrir –en medio del dolor– una puerta para que por un momento todos los argentinos tengamos un momento de paz, de concordia expresado en un abrazo, una palmada o una mueca de incertidumbre.

No va a haber ningún personaje nacido en estas tierras cuya muerte conmueva tanto, ni suscite tantos comentarios como la inesperada, pero temida muerte de Maradona. Al minuto de conocerse lo sucedido en Buenos Aires, en casi todos los portales importantes, deportivos, o no del mundo, saltó la noticia que por un día, o más, quizá va a tapar todo otro tipo de novedad.

El universo futbolero que durante un tiempo había sido solo preeminente en Europa y América latina, de pronto se extendió a otros continentes, Asia y África empezaron a nutrir al primer mundo de jugadores que seguro habían empezado a patear una pelota en algún remoto lugar en esos continentes, con una camiseta celeste y blanca con un 10 en la espalda. El furor por ese bello y aparentemente fácil juego siguió proliferando hasta despertar pasiones donde otras disciplinas captaban a las multitudes.

No es muy arriesgado afirmar que ese despertar, ese descubrimiento del fútbol pudo haberse iniciado en los dos increíbles goles de Diego a los ingleses en el Mundial de México de 1986. A partir de allí las camisetas de la Selección se podían ver en todas las geografías, incluso hasta en imágenes de las guerras, rebeliones y migraciones forzadas de muchas regiones, aparecía algún chico o no tan chico con una albiceleste y el 10 en el dorsal.

El pibe ruludo de Villa Fiorito que empezó a sorprender desde los primeros años con la casaca colorada del Bicho de La Paternal, ya tenía el destino marcado. Nunca se va a saber si fue sabia la decisión de Menotti de no convocarlo para el Mundial de 1978, pero el mismo Diego se encargó de superar ese supuesto bache al año siguiente, en el Mundial Juvenil de Japón.

Los días de gloria suprema en la Selección, en su amado Boca Juniors y la apoteósis del Nápoli, entre tantas jornadas triunfales, fueron edificando el mito, la veneración y ese amor al ídolo que solo los pueblos son capaces de dar en forma incondicional, solo a esos personajes que han sido capaces de dar un rato, o acaso un minuto nada más, de esa indescriptible sensación de felicidad que es el gol, el triunfo, el campeonato.

Y cuando esa entrega se prolonga tanto tiempo y en tantos escenarios, como pasó con Diego y la gente, la unión es indestructible.

Ahora esa realidad pudo ser casi insoportable para el pibe de Villa Fiorito, que nunca dejó de serlo. El vínculo creado entre él y los más humildes, los más desheredados, los que solo el fútbol les daba una alegría pasajera, se fue haciendo también carne en las multitudes.

Pero claro, a todos nos pareció que el ídolo, el famoso, al que se le perdona todo, al que su talento sobrehumano lo pone por encima de lo natural, ese personaje nunca estaba solo. Pero en realidad estaba más solo que nadie, porque sus caídas y deterioro final fueron el resultado de esa carga insoportable de la fama casi absoluta y de la carencia de contención que, por distintas causas propias y ajenas, Diego siempre tuvo que padecer.

Pero eso ya no importa, habemos millones de terrícolas que nos podemos jactar de haber sido testigos de las proezas de un genio al que todavía nadie ha superado: Diego Armando Maradona, de Argentina.