Mendoza, Argentina
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|09/10/20 08:39 AM

Somos todos peronistas, de León XIII a Bergoglio

Siempre se ha creído que la doctrina justicialista se inspiró en la Doctrina Social de la Iglesia, pero una revisión de la historia hecha por tierra esa idea. En su última encíclica, el papa Francisco destaca que la “mejor política” es aquella que es capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano, una reflexión que está lejos tanto de los populismos como del capitalismo salvaje

“Los peronistas no son ni buenos, ni malos; son incorregibles”, decía con ironía Jorge Luis Borges, a quien los peronistas nunca le cayeron simpáticos.

Pero siempre hay un pero. Y en este caso, ¿cuál es? Tal como lo anunció el diario Clarín en su edición del 15 de marzo del 2013: “Milagro argentino: un peronista en el trono de San Pedro”.

Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde esa fecha. Desde que hay un argentino en la Sede de Pedro no han sido pocas las críticas. Desde un parroquialismo digno de mejor causa se lo ha criticado a Bergoglio por eso mismo, por ser un Papa peronista. Especialmente desde aquí, desde su patria chica, la Argentina, confirmando aquello de que nadie es profeta en su tierra.

Pero el agua sigue fluyendo y con fuerza. Especialmente, a propósito de la última encíclica de Francisco, ‘Fratelli Tutti’, por lejos la más política de todos ellas. La más peronista de todas, dirán algunos.

Siempre se ha creído que la doctrina justicialista se había inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia. Pero, como nos lo aclara el filósofo argentino Alberto Buela, las fechas no cuadran. Veamos.

“La Doctrina Social de la Iglesia (DSI) se inaugura modernamente con la ‘Rerum Novarum’ de León XIII, en 1891, y es continuada por la encíclica ‘Quadragessimo Anno’, de Pío XII de 1931. Y recién a partir de la encíclica ‘Mater et Magistra’, de Juan XXIII de 1961 y la ‘Populorum Progressio’ de Paulo VI de 1967, la DSI comienza a ser conocida y consultada por los investigadores, periodistas y agentes políticos. Mientras que Perón fija los ideales de su doctrina en el texto de la ‘Comunidad Organizada’, de 1949. De modo que temporalmente no hubo ninguna influencia de la DSI sobre el peronismo”, nos explica Buela.

Además, remata sobre caliente al afirmar que “...la doctrina peronista posee una superioridad por sobre la DSI, ya que ella limita a los sindicatos a una tarea social y el peronismo atribuye a los sindicatos una actividad política. Cosa que recién es reconocida por la DSI en la encíclica ‘Laborem Exercens’, de Juan Pablo II, de 1981. Esto es, treinta años después de la Comunidad Organizada”.

Sea como sea, hoy un Papa –en este caso uno argentino y peronista, según las malas lenguas– vuelve a darle una vuelta de tuerca a la DSI. Y lo hace en un momento extremadamente particular. En medio de una pandemia que ha puesto muchas cosas negro sobre blanco. Muy claras.

Por ejemplo, que el capitalismo salvaje ha fracasado estrepitosamente en su promesa de llevar prosperidad material a todos los confines del mundo. También en que su contraparte, el populismo, sea la solución a este problema, ya que es uno que no se arregla con dádivas.

Por el contrario, Francisco apela para salir del laberinto de las múltiples necesidades, por un lado, y de las escasas disponibilidades, por el otro, por arriba. Planteando que la clave de ese arco no puede ser otra que la virtud de la prudencia de los que mandan, sumada a la benevolencia del Buen Samaritano de los que más tienen y en la paciencia y en la dignidad del trabajo de los que aún carecen de lo básico.

Solo así se podrá construir un mundo mejor, más justo y pacífico, con el compromiso de todos: pueblo e instituciones, reafirmando con fuerza el no a la guerra y la globalización de la indiferencia.

Concretamente: La “mejor política” es aquella que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien común, capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano y asegurar el trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades. Una política que está lejos de los populismos.

La benevolencia es el deseo concreto del bien del otro y la solidaridad que se ocupa de la fragilidad y se expresa en el servicio a las personas y no a las ideologías, luchando contra la pobreza y la desigualdad.

La propiedad privada debe ser entendida como un derecho natural. La mejor ayuda para un pobre, explica el Papa, no es solo el dinero, que es un remedio temporal, sino el hecho de permitirle vivir una vida digna a través del trabajo bajo un techo propio.

Los problemas globales requieren una acción global. Por lo tanto, la cuestión de la deuda externa, sin perjuicio del principio de que debe ser pagada, se espera que con ello no comprometa el crecimiento y la subsistencia de los países más pobres.

También afirma que hay que evitar las migraciones innecesarias, y que creando en los países de origen posibilidades concretas de vivir con dignidad se las puede evitar. Pero al mismo tiempo, reafirma el derecho de toda persona a buscar una vida mejor en otro lugar del que ha nacido.

Otro aspecto importante de la encíclica se refiere a la reforma de las Naciones Unidas. Frente al predominio de la dimensión económica que anula el poder del Estado individual, de hecho, entiende que la tarea de la ONU será la de dar sustancia al concepto de “familia de las naciones” trabajando por el bien común, mediante la erradicación de la pobreza y la protección de los derechos humanos.

En este marco, condena la legitimidad de una posible guerra global, la que será, según deducimos, nuclear y que conllevará en consecuencia la destrucción del mundo o de buena parte del mismo.

En muy pocas palabras, para el papa Francisco todos los conflictos están conectados. Y en eso tiene toda la razón. También las soluciones.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Es autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.