|05/09/21 09:54 AM

Saber qué es lo que hay que hacer

En el esfuerzo por ser escuchados los candidatos prometen cambios de rumbo o ratificación del hasta ahora recorrido cuando en realidad poco es lo que podrán hacer, aunque realmente esa fuera la intención.

De todos los déficits que padecemos los argentinos, uno de los más dramáticos y de efectos devastadores es el déficit de ideas. Pareciera que a nuestra noble estirpe nacional se le hubiera secado el seso, y eso, combinado con la notoria falta de sentido común, generan una combinación que no promete nada bueno.

Viene a cuento esto tras observar con una gran carga de aburrimiento, la campaña electoral de los precandidatos que pretenden ser candidatos en las elecciones legislativas de medio término.

Hasta el hartazgo se repite que esta contiende en las urnas es la bisagra definitiva, la que puede cambiar o hundir al país, la que puede asegurar el camino ya iniciado a la felicidad o la que puede poner ante nuestros ojos una nueva pléyade de dirigentes que pongan todo patas para arriba y se dé inicio a una nueva era.

Pero salvo la convocatoria a un sexo feliz, la mano derecha sobre la clavícula izquierda o las llamadas de una mamá que advierte a su hijo sobre algunas malas personas, poco habrá de recordable en sobre las lecciones que pretenden darnos los aspirantes a ingresar o seguir integrando la hasta ahora insípida, cuando no inepta, caravana de funcionarios políticos electivos.

Los discursos de campaña de los candidatos, es decir los que pueden llegar a ocupar bancas en las cámaras legislativas nacionales o provinciales y concejos deliberantes, hablan y prometen como si fueran a ejercer cargos de gestión y de ellos dependiera directamente la salvación de la Patria.

En el esfuerzo por ser escuchados los candidatos prometen cambios de rumbo o ratificación del hasta ahora recorrido cuando en realidad poco es lo que podrán hacer, aunque realmente esa fuera la intención.

Tomemos por ejemplo el caso de Mendoza. Una vez resueltas las candidaturas definitivas después del próximo domingo, es muy probable que, de esta tranquila, apacible y conservadora provincia, las elecciones generales de noviembre determinen que de los cinco cargos de diputados nacionales dos sean ocupados por el oficialismo, otros dos por la oposición peronista y el quinto para una de las otras fuerzas con posibilidades.

También puede suceder que el voto asigne tres cargos para la fuerza ganadora y los otros dos para el segundo.

En los candidatos para el Senado nacional las cosas son más sencillas porque está establecido que la coalición que tenga más votos en la categoría senador nacional obtenga dos de las bancas en juego y el que saca la medalla de plata se quede con la banca restante.

Todo esto porque todas las provincias y la Ciudad de Buenos Aires, sin importar su tamaño ni población llevan tres senadores a la Cámara alta.

Entonces, cualquiera de los candidatos con posibilidades serias de sentarse en una banca de diputado nacional tendrá otros 256 colegas que tienen el mismo derecho (y obligación) de querer ser los grandes tribunos de la democracia.

Ahora, que los dejen pasar, que se abran paso entre la vocinglería o que los líderes de bloque les permitan sacar la cabeza del montón...

Una de las frases más frecuentes entre los candidatos es anunciar, o responder cuando se les pregunta, cuáles serán los primeros proyectos que van a presentar apenas juren y se sienten el recinto. 

Algunos dudan un poco, otros vacilan, los más prometen elevar un proyecto con el que piensan que van a sorprender a los votantes y van a pasar a la historia.

Si bien el Congreso nacional es el órgano que “está investido con el poder legislativo de la Nación”, la función del mismo no es solamente atiborrar de proyectos para que las estadísticas digan que tal o cual legislador o legisladora ha batido el récord de propuestas.

Claro que esas mediciones no distinguen entre el que presentó un proyecto de ley fundamental para el progreso del país o que se declare de interés legislativo el día de la paloma mensajera.

En los últimos años de nuestra recuperada vida republicana la eficiencia del Congreso ha sido escasa y la contracción al trabajo de sus integrantes, aislamiento preventivo mediante, no ha sido ejemplar.

Entonces no hay que valorar al futuro posible legislador por la cantidad de iniciativas que prometa activar, si no con la fidelidad a los valores del partido que representará.

Porque además de proponer o apoyar leyes importantes deberá sumarse a las fuerzas que dan razón de ser a otra de las funciones del Congreso Nacional, la de ser un Parlamento.

Esto es el espacio donde se defiende, se sostiene y se discuten los destinos de la sociedad. Y aunque esto parezca una grandilocuencia afectada, recordemos que la función parlamentaria permitió sortear los peores momentos de los últimos tiempos de la Argentina.

Eso fue cuando mal o bien las dos cámaras reunidas en Asamblea Legislativa respaldaron al expresidente Alfonsín durante la amenaza de golpe de Estado en Semana Santa de 1987 o cuando tras el vacío de poder que dejó el ex residente De la Rúa, fue la misma asamblea la que proveyó la salida de un entuerto institucional tan grave.

Valgan estos dos ejemplos, no para considerar que siempre estaremos al borde del abismo, sino para tener en cuenta que puede que no haga tanta falta seguir generando leyes, porque quizá ya haya muchas, muchísimas que no se cumplen.

Y que cuando no se tienen ideas brillantes, lo esencial es tener sentido común, practicar los valores éticos y morales permanentes. Y además de ser coherentes con el grupo político al que se pertenece, pensar por sí mismos y no ser una marioneta.