|02/07/21 08:10 AM

¿Puede haber otra batalla del Estrecho de San Carlos en el Mar Negro?

Si el presidente de Estados Unidos o el primer ministro británico y sus asesores han aprendido de la historia –sobre todo de la Guerra de Malvinas–, no cometerán el error de combatir al oso ruso en su propia madriguera. Pero como ha quedado demostrado muchas veces, no se puede menospreciar la estupidez humana

Una oscura y fría madrugada del 21 de mayo de 1982, varios lanchones de desembarco depositaron en tierra a unidades británicas de los Royal Marines, además de vehículos blindados Scorpion y Scimitar de la unidad histórica y de protocolo de los Blues and Royals.

Por su parte, decenas de helicópteros arrojaban cargas desde los buques de la flota a tierra transportando sus equipos pesados. Por su parte, el Equipo de Combate Güemes del Ejército Argentino los detectó y les disparó desde la Altura 234 con los dos cañones antitanque de calibre 105 mm. Una unidad de comandos inglesa, apoyada por el fuego artillero de una fragata, desembarcó y atacó a los argentinos, los que debieron replegarse hacia el interior de la Isla, pero en su marcha lograron derribar un helicóptero inglés Sea King. También tuvieron tiempo de avisarle al comando en Puerto Argentino de que se estaba efectuando un desembarco con numerosos buques y aeronaves en el Estrecho de San Carlos.

Se dispuso el reconocimiento con un avión Aermacchi de nuestra Aviación Naval. Al llegar al lugar se encontró de frente con una docena de buques y abrió fuego con sus cañones y cohetes, averiando a la fragata Argonaut, que debió retirarse de la lucha.

Paralelamente a estas acciones, los británicos bombardearon diversos puntos del archipiélago. Como consecuencia, tres helicópteros del Ejército Argentino quedaron fuera de combate, pero la Compañía de Comandos 601 derribó un avión Harrier británico en Puerto Howard con un misil antiaéreo.

En la mañana de ese mismo día, aviones de nuestra Fuerza Aérea y de la Aviación Naval provenientes desde bases en el continente, atacaron a la flota británica fondeada en el Estrecho de San Carlos. Los ataques causaron el hundimiento de las fragatas HMS Ardent y HMS Antelope y del destructor HMS Coventry.

A su vez, un número importante de aviones argentinos cayó derribado. También, esa misma mañana, los argentinos lanzaron ataques con aviones estacionados en las Islas. La Base Aérea Militar Cóndor, en Pradera del Ganso, atacó a los británicos en tierra con dos aviones Pucará, pero uno de ellos fue derribado.

Hasta acá la historia, vamos al presente, y por qué no, al futuro.

 

¿Servirá la experiencia?

Para muchos expertos militares nuestra Guerra de Malvinas fue el último conflicto de tipo convencional, ya que después sólo se enfrentaron las grandes potencias contra adversarios que no disponían de fuerzas militares convencionales en condiciones de combatirles en un cierto pie de igualdad.

Pero esto podría llegar a cambiar si los EE.UU. y sus aliados se enfrentaran, por ejemplo, en las aguas del Mar Negro. Como estuvo a punto de ocurrir, hace unos días, cuando una fragata británica tuvo que ser disuadida a cambiar de rumbo por el fuego artillero de un buque ruso.

Nos preguntamos qué es lo que podría pasar, y –también– si las experiencias de la Guerra de Malvinas pudieran servirles de algo a sus protagonistas.

Al respecto, bien sabemos que luego de ella muchas marinas del mundo, especialmente la de los EE.UU. y la de Gran Bretaña, tomaron debida nota de lo vulnerables que eran sus buques de guerra para enfrentar viejos aviones en vuelo rasante arrojando obsoletas bombas diseñadas para destruir pistas de aviación.

Un hecho que no deja de ser paradójico, ya que la Royal Navy estaba especializada, por esos días, en tareas de defensa antiaérea. Algo falló. Y nos preguntamos si puede volver a fallar o si aprendieron la lección.

No lo sabemos, pero es interesante comparar algunos puntos. Para empezar, la batalla del Estrecho de San Carlos tuvo lugar en una lengua de mar entre dos islas en medio del Atlántico Sur, mientras que una supuesta batalla en el Mar Negro tendría lugar en un ojo de mar en medio de un inmenso continente, por lo que la ventaja geográfica estaría, esta vez, del lado de los defensores rusos.

Para seguir, nuestros medios militares, por aquellos días, estaban lejos de ser de última generación. Sin embargo, merced al coraje y habilidad de nuestros pilotos, fueron suficientes para causar grandes daños a una flota de guerra moderna, bien adiestrada y numerosa.

No vamos a dudar del coraje y de la habilidad de los pilotos rusos, pero tal vez, hoy ya no sean necesarios pues existe una amplia panoplia de gadgets que podrían hacer su trabajo. Nos referimos, por ejemplo, a los famosos misiles hipersónicos, calificados como los asesinos de portaaviones.

Si volvemos nuestra mirada del mar hacia la tierra, también hay mucha tela para cortar, ya que hace pocos días se cumplió el 80 aniversario de la ‘Operación Barbarroja’, la mayor de la historia, cuando las fuerzas militares alemanas, totalizando 3,5 millones de hombres, más de 3.500 aviones, 3.500 tanques, 20.000 cañones de artillería y 600.000 vehículos de todo tipo, invadieron Rusia, llegando casi a su capital, Moscú.

Pese a su potencia, todos sabemos que estos medios no fueron suficientes para doblegar a la Unión Soviética como lo fueron los de la ‘Grande Armée’ napoleónica para el mismo cometido, pero hace más de dos siglos atrás.

Llegado a este punto, nos preguntamos si el presidente de los EE.UU. y el primer ministro británico o alguno de sus asesores han leído estas historias.

Suponemos que sí y que no cometerán el error de combatir al oso ruso en su propia madriguera. Pero como ya lo hemos dicho en otras oportunidades, no se puede menospreciar la estupidez humana.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.