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Para qué sirven los legisladores

De qué sirve lo que se dice y promete durante la campaña electoral de una elección legislativa, si al fin y al cabo va a ser muy difícil imponer una idea en un conjunto de personas que quieren hacer lo mismo

Ya está trabada la lucha de consignas y frases rimbombantes que se van a escuchar desde acá hasta casi fin de año con el inicio formal de la campaña electoral que en realidad ya hace un tiempo que empezó.

Como si los que ocuparán desde el 10 de diciembre las bancas que se van a renovar en el Congreso tuvieran real capacidad de modificar el actual estado de cosas.

Pero como hay que cumplir con lo estipulado en la Constitución, el calendario electoral dispone que hay que ir a votar para renovar todos los cuerpos legislativos del país.

Dejando de lado que primero se realizarán las elecciones PASO como proceso previo a la composición definitiva de las listas de candidatos de cada partido, prescindiendo de los amañados métodos para que tal o cual figura intente atraer el voto de la población, tratemos de discernir qué significa para los ciudadanos el Congreso nacional y sus integrantes.

La sabiduría popular siempre ubica a diputados y senadores como la materialización de ese concepto abstracto que se define con el término “los políticos” o “la política”.

La percepción negativa de esa función es constantemente abonada por el espectáculo decadente que suelen dar esas personas en público que además cometen el frecuente desatino de aumentarse abultadamente los sueldos frente a la creciente pobreza de los argentinos.

Desde hace muchos años la democracia se acepta como un modo de vida ya irrenunciable y totalmente internalizado por la sociedad toda.

Y aunque esté renga, muchas veces vituperada y burlada, y personalizada generalmente en la burocracia del Estado o en la ineficacia de la Justicia o en la molicie de los legisladores, ya nadie con influencia osaría decir en público que añora los tiempos en que la autoridad y el orden eran una cuestión de uniformados y de fusiles.

¿Para qué están esos 257 señores, señoritas y señoras en la Cámara de Diputados y esos otros 72 en el Senado Nacional, que representan un gasto tan grande para la comunidad? Pues nos dijeron en los libros de Instrucción Cívica que son los genuinos representantes del pueblo que están allí para actuar de acuerdo a la voluntad de los elegidos.

Y ese actuar, ¿en qué consistiría? La norma fundamental menciona la división de poderes en el sistema republicano y afirma que “un Congreso compuesto de dos cámaras, una de diputados de la Nación y otra de senadores de las provincias está investido del Poder Legislativo nacional”.

Con esta idea parece que la única misión que tienen es crear leyes, presentar proyectos, constantemente, muchas veces sobre cuestiones que no hacen falta.

Además se mide la función de los legisladores como si fuera solamente esa, el que más proyectos presentó es el más eficiente, aunque los proyectos no sean más que nimiedades.

Leyes hay muchas, quizá demasiadas, que no se respetan o que nadie se esfuerza mucho en hacerla cumplir.

Muchas veces, en lugar de presentar un nuevo proyecto para salir en el diario, habría que revisar el digesto legislativo para ver si a alguno no se le ocurrió lo mismo antes.

Entonces tenemos que apuntar a otras funciones de los miembros del Congreso, esto es controlar, frenar los avances autoritarios del Poder Ejecutivo, complementarse con éste en designaciones de funcionarios importantes del Estado.

Una función fundamental es discutir y aprobar el manejo de los gastos del Estado, es decir, cuidar escrupulosamente las finanzas públicas entre varios otros asuntos esenciales.

Aquí es donde entra a considerarse el concepto de Parlamento, un ámbito donde se acuerda o se imponen políticas de acuerdo a las mayorías.

Políticas que en el caso argentino deberían ser aplicadas por un señor o señora que toma la mayoría de las decisiones como se le canta y no teniendo en cuenta los resultados de ese, hasta ahora, casi utópico debate genuino de ideas.

Así las cosas, cabe preguntarse de qué sirve lo que se dice y promete durante la campaña electoral de una elección legislativa, si al fin y al cabo va a ser muy difícil imponer una idea en un conjunto de 257 personas que también quieren hacer lo mismo, y muchas veces con temas repetidos.

Los distintos bandos en pugna, en el gobierno o fuera de él, ya no debaten sobre cómo llevar a cabo un programa de gestión -sobre todo cuando no hay ningún programa de gestión- sino que simplemente pelean por captar el voto para poder llegar a la ansiada banca.

Mientras tanto, acá afuera y lejos del poder, el votante queda aturdido por la vocinglería de quienes quieren desviar la atención de las violaciones a las normas por ellos mismos impuestas, como fueron las violaciones al aislamiento durante las reuniones en le residencia presidencial de Olivos, o las burdas metidas de pata de los imprudentes que se metieron en la delicada piel de las cuestiones de género y discriminación.