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Nuestro futuro: lo que no sabemos que no sabemos y lo que no queremos saber

Hay conocimientos que nunca desearíamos que nos sean develados totalmente, pero que se tornan relevantes cuando afectan la esfera de lo político porque conforman lo que el filósofo argentino Alberto Buela llama la criptopolítica, o la política de las mafias

Los que por aquellos días seguíamos el desarrollo de la segunda invasión a Iraq en 2003, escuchamos la famosa declaración del secretario de Defensa de los EE.UU., Donald Runsfeld, sobre por qué no se habían encontrado las armas de destrucción masiva que habían motivado la invasión.

“Sabemos que hay hechos conocidos. Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que hay hechos conocidos que desconocemos. Es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero hay hechos desconocidos que no conocemos, que son los que no sabemos que sabemos”, afirmó.

Pronto, la frase fue objeto de numerosas burlas y retruécanos y se convirtió en un ícono de los que hablan sin querer decir nada. Sin embargo, una mirada más profunda nos revela una casi perfecta caracterización sobre los distintos niveles del conocimiento humano. A saber, en las siguientes categorías:

1º) Lo que sabemos que sabemos

2º) Lo que sabemos que no sabemos

3º) Lo que no sabemos que no sabemos.

Sucede que nuestra inteligencia odia la ignorancia y busca conocer por los medios a su alcance por qué se producen las cosas, vale decir sus causas. Para ello, con el correr de los tiempos ha dispuesto de un creciente conocimiento científico. Por ejemplo, civilizaciones antiguas como los sumerios y los mayas ya conocían la exacta sucesión de los equinoccios y de los solsticios. Este conocimiento les era vital, ya que les permitía saber cuándo plantar y recoger sus cosechas.

En ese sentido, la ciencia había descubierto un patrón: el de la rotación de los astros, especialmente del Sol y de la Luna, pero pronto se dieron cuenta de que había otro grupo de fenómenos que no eran predecibles ya que no evidenciaban un patrón fijo, o si lo había, era demasiado complejo para ser conocido.

Eventualmente, con el avance de la ciencia estos fenómenos se fueron achicando pero nunca llegaron a desaparecer del todo. En ellos siguió reinando la incertidumbre. Por ejemplo, pese al avance en las ciencias de la computación, aún hoy es imposible saber de qué lado caerá un dado de seis caras. Mucho peor si se trata de más de uno, ya que para dos sería 6x6=36, para tres: 6x6x6=216, para cuatro 6x6x6x6=1.296 y así casi hasta el infinito. No en vano los árabes, los inventores del juego de dados como hoy lo conocemos, lo llamaban “al-zahr”.

Cuando la ciencia moderna se enfrenta a una situación compleja en la que juega el azar, en el mejor de los casos lo que puede lograr – siempre hablando a largo plazo– es establecer una cierta probabilidad respecto de cuál de las caras sea la más probable en aparecer. En el ejemplo de los dados, qué probabilidad de que sea haya un seis en la próxima tirada de tres dados.

Más allá de los juegos de azar, que han desvelado a varios fulleros por siglos, existe una gran variedad de situaciones complejas en las que intervienen numerosos factores y en las cuales aún la alteración de uno de los más pequeños puede tener consecuencias catastróficas. De allí la conocida sentencia de que el aleteo de una mariposa en San Francisco puede producir un tsunami en el Océano Pacífico. De tal modo que la ciencia no puede predecir con exactitud ni qué forma tendrá un copo de nieve y tampoco cuándo ocurrirá la próxima tormenta de nieve.

Más cercano a nuestras vidas e intereses se encuentran dentro del universo de lo imprevisible las situaciones políticas y geopolíticas. Las que buscamos conocer por aquello de “saber para prever, prever para poder”, pues todo conocimiento anticipado del futuro es poder.

Pero como carecemos de los instrumentos intelectuales que nos permitan tener las respuestas a ese conocimiento, al menos podemos esforzarnos para tener las preguntas correctas para cada una de las categorías que hemos señalado, orientada hacia los niveles global, regional y nacional.

 

Vamos a ello:

1º) Lo que sabemos que sabemos: -A nivel global: la pandemia ha ingresado en una etapa de declinación natural y pronto será una enfermedad estacional como la gripe. -A nivel regional: hay un giro hacia gobiernos populistas. -A nivel nacional: la Argentina no ha podido salir de su larga decadencia.

2º) Lo que sabemos que no sabemos: -A nivel global: ¿es probable que suframos una nueva pandemia en base a otro virus? -A nivel regional: ¿podrá la región salir de su atraso endémico y lograr desarrollarse? -A nivel nacional: ¿encontrará la Argentina la salida definitiva de su laberinto?

3º) Lo que no sabemos que no sabemos: Este es el campo de los denominados “cisnes negros” expresados por el investigador libanés Nassim Talebes, quien los definió como una metáfora que describe un suceso sorpresivo (para el observador) pero de gran impacto socioeconómico. Nosotros, puestos a jugar con ellos, podríamos apostar a los siguientes:

-A nivel global: ¿habrá un conflicto armado entre EE.UU., Rusia y China?

-A nivel regional: ¿puede una gran sequía colocar en emergencia a todas las economías de la región?

-A nivel nacional: ¿la Argentina logrará salir, definitivamente, de su decadencia? Pero más allá de la perspicacia epistemológica de Donald Runsfeld, hubo un grupo de fenómenos que se le escapó: el de “lo que no sabemos, pero que no queremos saber”. Vale decir, conocimientos ausentes pero que nunca desearíamos que nos sean develados totalmente por ciencia alguna.

Son los que el filósofo esloveno Slavoj Zizek argumenta que constituyen los más peligrosos para nosotros, los pensamientos reprimidos del inconsciente freudiano. Por ejemplo, ¿quién querría conocer el día y la forma de su propia muerte aunque pudiera hacerlo? Pero que se tornan relevantes cuando afectan a la esfera de lo político porque conforman lo que el filósofo argentino Alberto Buela llama la criptopolítica, o la política de las mafias.

Al respecto, todos sospechamos con bastante nivel de certeza que existen grupos que mueven los hilos tras las bambalinas del poder, lo que técnicamente es un espacio que en el mundo del teatro ocupan el traspunte (llama a escena a los actores), el director de escena (conduce la escenificación) y los tramoyistas (realizan los efectos especiales).

Por eso lo que vemos en escena es sólo una representación, “...una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”, como lo expresara el genial William Shakespeare.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.