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Nos estamos llevando todos Historia a marzo

Los valores éticos y la defensa de los verdaderos intereses de los argentinos no figuran en la agenda central de los que en pocos días más serán evaluados por la ciudadanía

La contundencia de las imágenes y las palabras escuchadas durante la ya famosa clase de Historia de la profesora Laura Radetich en un colegio bonaerense, dejan poco lugar a más explicaciones.

Sin pretenderlo, esa desquiciada mujer ha puesto en el eje el debate que nos debemos los argentinos sobre la educación.

Y, tan triste como la furia desplegada en el aula por la docente militante, es la pobreza de conceptos vertidos durante las críticas de todo el arco político, desde cualquier flanco de la grieta o desde cualquier posición y nivel del elenco de oficialistas y opositores.

Posiblemente no dicen más solamente porque no saben qué decir. Párrafo aparte podría merecer el extraño elogio presidencial, cuyo emisor parece estar cada vez más alejado del sentido común en algo tan caro a una sociedad como es la educación.

La concepción original del hecho educativo elucubrada por Sarmiento, Avellaneda, Lainez se fue concretando junto al nacimiento de la idea de unidad de la naciente Argentina y al compás de la afirmación de la percepción de estas tierras como un estado-nación.

La integración del territorio no fue un hecho de la naturaleza, fue el resultado de un proceso en el que tuvieron presencia algunas instituciones que hoy están muy desvalorizadas si no casi olvidadas.

El correo y el ferrocarril representaban la integración material de la buscada integración nacional. En el último de los rincones la estafeta o la estación marcaban la posibilidad de conectarse desde la lejanía.

El otro factor, y más importante, era y es la escuela solitaria con una bandera flameando, a veces hecha jirones.

Pero claro, ahora ya tenemos presente que vivimos en un territorio constituido en Estado nacional que debería representar la idea de unión en convivencia y el respeto a los derechos del otro, lo que teóricamente no debería ser otra cosa que el respeto a la ley.

Esos antiguos referentes de la unión del territorio ya no se perciben: correo no sabemos si es privado o público, el ferrocarril casi no existe y la escuela parece haber perdido el rumbo.

La orgullosa educación pública argentina de los tres niveles pasó por el siglo de la Argentina orgullosa, floreciente, pero muy desigual, del demasiado lento afianzamiento de la democracia representativa –tantas veces interrumpida–, pero también el siglo de los autoritarismos populistas y de las sangrientas dictaduras.

Todos esos avatares fueron quizá la razón por la que no supo asumir la misión de ser causa y efecto de lo que genéricamente se la llama progreso.

De las grandes definiciones de qué es la educación, saquemos una por la negativa, o sea a partir de lo que parece no haber sido hasta ahora: la educación como proceso para que una sociedad se perciba a sí misma, reciba de su pasado y reproduzca para el futuro los valores éticos y los intereses que le dan sustento y posibiliten su trascendencia histórica.

En el centro de esta ambiciosa pretensión está la persona humana que deja de ser una estadística para ser artífice y beneficiario; víctima y culpable a la vez de que las cosas no sean como tienen que ser.

Dónde y cuándo empezamos a perder el rumbo, no sirve de mucho saberlo con exactitud, pero sí es atinado distinguir si ahora se está haciendo lo adecuado para retomarlo.

El incomprensible deterioro económico con sus consecuencias sociales que viene padeciendo la Argentina desde hace décadas, está dejando la triste secuela de la pérdida de puestos de trabajo o de la imposibilidad de alcanzar los requisitos de las modalidades laborales actuales.

Este doble defecto ha llevado a que se conciba a la educación solamente como capacitación para tener una oportunidad de trabajar.

El proyecto de educar al soberano para ser una sociedad cada vez mejor, amante de los valores de la democracia y la equidad, se ha ido convirtiendo en una pretendida solución para la acuciante necesidad de matar el hambre o de dar un sentido a la vida de millones de jóvenes.

Los valores éticos y la defensa de los verdaderos intereses de los argentinos no figuran en la agenda central de los que en pocos días más serán evaluados por la ciudadanía, y vuelta otra vez a saber si nos seguimos yendo a marzo.