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Mercosur: ¿ha llegado el momento de irse? (II)

Se deben establecer alianzas comerciales acordes con nuestras realidades y en función de los intereses nacionales, sin embanderarnos con ninguna potencia

Y llegó nomás. Por más que muchos no lo entiendan y otros pataleen y digan que no, la realidad se nos impone. Las alianzas comerciales, por su propia naturaleza, son acuerdos temporales, ya que se basan en la utilidad que cada una de las partes encuentra en mantenerlas. Por ello, cuando las mismas pierden efectividad en otorgar los beneficios por las que se establecieron, hay que soltarlas, dejarlas ir y comenzar de nuevo con otra más conveniente.

Todo cambio conlleva el temor hacia lo desconocido, pero si buceamos en nuestra historia vemos que esto no ha sido raro pese a nuestra corta vida institucional.

Para empezar, la primera alianza comercial argentina surgió de la mano de uno de nuestros mejores presidentes, Julio Argentino Roca, quien tuvo como principal interlocutor a la Gran Bretaña. Roca inició su primer mandato presidencial en 1880 con una situación económica favorable, ya que comenzaba a superarse la Gran Depresión mundial de 1873. También con la suerte de que la generalización de uso de barcos frigorífico –inventados poco antes–, permitió a los estancieros bonaerenses exportar carne vacuna al mercado inglés.

A partir de estos hechos, organizó una alianza económica que se sostenía por el intercambio de productos primarios —exclusivamente de origen agropecuario, y en gran medida generados en la región pampeana— por productos manufacturados del exterior, especialmente provenientes de Europa.

Pese a su naturaleza netamente agroexportadora, este modelo posibilitó también, incluso, un gran desarrollo industrial. Entre otros datos, en el año de 1887 había unos 6.000 establecimientos industriales, entre los se destacaba el rubro textil con fábricas de zapatillas y de camisas que abastecían el 80% del consumo porteño y el 50% del total del país.

Se puede considerar que esta alianza tuvo su apogeo a caballo de la Primera Guerra Mundial, cuando nuestro PBI era superior al de México y Brasil reunidos, por ejemplo.

Por otra parte, su finalización se puede establecer con la pérdida del status de potencia global que sufrió la Gran Bretaña al término de la 2da GM, al ser reemplazada en ese rol por los Estados Unidos en abierta competencia con la URSS.

Para seguir con esta pequeña historia, hay que saber que si la asociación de nuestro país con Gran Bretaña había sido muy fructífera, esa situación cambió cuando los EE.UU. decidieron premiar a aquellos países sudamericanos, como México, Colombia y, especialmente, Brasil que habían tenido alguna forma de apoyo con su esfuerzo de guerra. Por el contrario, la Argentina, fiel al ideal de neutralidad que le había garantizado comerciar privilegiadamente con Gran Bretaña durante la 1ra GM, al mantenerlo durante la 2da GM, se ganó la antipatía norteamericana.

Y todo empeoró con el modelo justicialista de la Tercera Posición, que se proclamó independiente de los dos grandes bloques en pugna. Aunque también debamos reconocer que se trataba de una alianza que no era natural, ya que ambos países éramos competitivos y poco complementarios pues fabricábamos casi los mismos productos.

Para colmo de males, la Guerra de Malvinas llevó la enemistad a un extremo. A consecuencia de ello, en lo regional, la Argentina debió someterse a la primogenitura impuesta por los EE.UU. a favor de Brasil, una situación que se formalizó con la firma del Tratado de Asunción (1991), que dio lugar al Mercosur, en el marco de las “relaciones carnales” lanzadas durante las presidencias de Carlos Menem.

 

Una nueva guerra

Como sabemos y como lo explicamos en el artículo anterior, la Argentina salió perdidosa de estos acuerdos, ya que estos no tuvieron los resultados esperados. Como prueba de ello y como todos nosotros sabemos, nuestro PBI fue decayendo en forma sostenida con episodios de hiperinflación y con un default de nuestra deuda soberana incluido, lo que le agregó dramatismo político. También sabemos que en forma paralela nuestros niveles de pobreza y de indigencia fueron creciendo de un 6/7% en la década de los 70 hasta alcanzar el actual vergonzoso 50%.

Para terminar, hay que reconocer que en estos momentos estamos sufriendo una gran desorientación. No sabemos para qué lado disparar, ya que mientras desarrollamos extensas negociaciones y rogativas con el FMI para atenuar las consecuencias de nuestro último default, coqueteamos con China y con Rusia, con quienes comerciamos en forma cada vez más intensa, de tal forma que China ya ha reemplazado al Brasil como nuestro principal socio comercial.

Con estas acciones parecemos perder de vista que el mundo vive hoy una nueva guerra. Sea esta una ‘Guerra Fría’ –como la denominan varios expertos– o una “por pedacitos” como la bautizó el papa Francisco. Pero lo cierto es que de un lado forman los EE.UU. y sus aliados más cercanos, movilizados por instituciones como el FMI y el Banco Mundial, y por el otro, los nacientes poderes euroasiáticos dirigidos por China y su emprendimiento de la ‘Nueva Ruta de la Seda’.

Por experiencia histórica ya sabemos lo que les pasa a los países que deciden sostener una neutralidad aséptica. Terminan mal con ambos bandos en pugna, tal como nos pasó al término de la 2da GM y que muy bien puede volver a pasarnos hoy.

Tampoco se trata de formar bajo los estandartes de guerra de ninguno de ellos. No es necesario ni hace falta. Simplemente, se trata de establecer alianzas comerciales acordes con nuestras realidades y en función de nuestros intereses nacionales.

(Continuará y terminará con una nueva hoja de ruta...)

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.