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Los últimos y tristes días del General San Martín en Francia

El 17 de agosto de 1850 el Libertador dejó de existir en Francia, casi ciego y sufriendo una larga dolencia. Junto a él estaban su hija Merceditas, su yerno y su médico personal

Hoy se cumplen 170 años del paso a la mortalidad del General José de San Martín, quien realizó una de las mayores hazañas de la historia argentina y también sudamericana.

La mayoría de nosotros hemos conocido en la escuela al militar que se destacó en el combate de San Lorenzo, su paso por Mendoza como gobernador de Cuyo y la organización de su ejército para luego cruzar los Andes y liberar Chile y Perú de los españoles, pero desconocemos una gran parte de sus 26 años en Europa, después de aquella gloriosa epopeya, y en especial los últimos días de su vida.

 

El autoexilio en Europa

Después de llegar a Buenos Aires en 1812, y cumplida la misión de liberar tres naciones –Argentina, Chile y Perú– decidió regresar a Mendoza con el deseo de afincarse en su chacra de Barriales, pero los turbulentos momentos que vivía el país hicieron que el Libertador se marchara a Europa con su hija.

El 21 de febrero de 1824, ambos partieron desde el puerto de Buenos Aires rumbo Francia. A su llegada al puerto de El Havre, el Padre de la Patria quedó retenido por las autoridades por llevar periódicos liberales.

Tiempo después llegó a Londres, Gran Bretaña, con la intención de radicarse definitivamente allí y alquiló una casa en Park Road en el residencial barrio de Marylebone, e inscribió a su hija en un colegio pupilo de arte llamado Hampstead College, al cuidado de la esposa de su amigo, el capitán Peter Heywood.

Casi un año vivió en el Reino Unido, relacionándose con la alta sociedad británica de aquel entonces. A tal punto fue reconocido, que en Escocia se lo proclamó ciudadano ilustre del condado de Banffshire.

Pero en 1825 dejó las islas británicas y se marchó a Bélgica, donde se reunió con uno de sus hermanos llamado Justo Rufino y posteriormente con su hija Mercedes.

En 1829 regresó al continente sudamericano, pero al ver la anarquía que imperaba en la Argentina, no desembarcó y decidió retornar a Europa.

Un año después se produjo una revolución entre los Países Bajos que quebró la paz en aquella capital y el Libertador de América partió hacia Francia, país en donde se estableció definitivamente.

Dos años después, su hija se casó allí con el argentino Mariano Balcarce. El matrimonio tuvo dos hijas, María Mercedes –quien nació en Buenos Aires– y Josefa Dominga, nacida en territorio francés.

En la ‘ciudad luz’ vivió primero en una casa alquilada, pero en 1834 el héroe de Maipú adquirió por 13 mil francos –una cifra que era una fortuna por aquel entonces– una pequeña mansión en las afueras de París, en Grand Bourg, que fue su residencia por más de una década.

En 1848 estalló en el territorio francés una rebelión popular que derrocó al rey Luis Felipe. Ante estos sangrientos acontecimientos, el General San Martín se trasladó desde Grand Bourg a Boulogne-sur-Mer con la intención de viajar al Reino Unido, pero al estabilizarse la crisis decidió arrendar allí una casa para vivir junto con su hija Mercedes, su yerno y sus dos nietas.

 

Su vida en Boulogne Sur Mer

El vencedor de los Andes y su familia vivieron en el segundo piso de una casa de la calle Grand Rue 105 que pertenecía al abogado Henri Alphonse Gérard, quien por aquel entonces tenía su estudio en la planta baja y vivía en el primer piso junto a su esposa Adele Cary y sus tres hijos.

Con el correr del tiempo el jurisconsulto Gérard y San Martín entablaron una gran amistad que perduró hasta la muerte del General.

La casa de Boulogne-sur-Mer donde San Martín falleció.

A principios de 1849, el viejo guerrero acomodó su dormitorio al frente, en el ángulo sudeste de la edificación.

Ese espacio tenía dos grandes ventanales desde donde se podía apreciar un agradable paisaje de la pequeña villa. Su hija instaló su dormitorio inmediato al del Padre de la Patria para poder auxiliarlo si era necesario.

 

Tristes días para el guerrero

Para el viejo soldado de la libertad fue muy agradable este nuevo destino, pero presentía que la muerte estaba muy cerca. Inmediatamente puso en venta su pequeña mansión en Grand Bourg y nombró con un poder especial a su hijo político don Mariano para que realizara esa operación. Recordemos que en 1844 San Martín testó y nombró a su hija y su yerno como únicos herederos.

En el verano de 1849 el cólera azotó a la población francesa y el anciano sufrió las consecuencias de aquella enfermedad que lo postró en su cama por un tiempo, agravándose su gastritis y deteriorando su salud.

El médico Jardón, un prestigioso y destacado galeno de la ciudad, lo atendió y sus prescripciones le salvaron la vida.

Recuperado, el Libertador se animó a pasear junto a sus nietas por diferentes lugares de la pequeña ciudad atravesada por el río Liane.

Pero había algo que no podía soportar y fue la pérdida de gran parte de su visión, lo que le impedía leer y escribir. Se cree que fue operado de cataratas pero no pudo recobrar la vista, lo que hizo que se aislara y acentuara aún más su soledad.

En el verano de 1850 viajó a Enghien- les-Bains, a unos 15 kilómetros al norte de París, en donde se alojó para tomar los baños termales que le hacían tanto bien para su salud, pero esto no tuvo el efecto deseado y regresó muy deteriorado.

El 6 de agosto realizó su último paseo por la villa veraniega y lo hizo en un ligero carruaje, pero luego del viaje no pudo bajarse del mismo. Una semana después de aquel episodio sufrió fuertes dolores de estómago que se profundizaron al día siguiente.

 

El paso a la inmortalidad

El sábado 17, el General San Martín se levantó un poco mejor, se vistió y ocupó el dormitorio de su hija, donde Mercedes le leyó –como era habitual– los periódicos.

Esperó a Jardón, su médico y amigo personal, quien lo visitaría por la tarde y almorzó tranquilamente conversando con Mercedes y Mariano.

Después de las dos de la tarde, el Padre de la Patria se sintió atacado por sus profundos dolores de estómago. Rápidamente su hija llamó al facultativo, quien llegó a su casa en cuestión de minutos.

El galeno comentó que aquel ataque pasaría como los anteriores, y así fue. Aquel general de mil batallas se había calmado y más aliviado les dijo a los presentes: “Llévenme, hijos, a mi cuarto". Esas fueron sus últimas palabras: recostó su cabeza sobre un almohadón y segundos después expiró como si se hubiera dormido placenteramente. Los tres quedaron consternados ante este hecho, con un profundo dolor.

Así, la vida de uno de los más grandes guerreros de la independencia de América había dejado este mundo para pasar a la eternidad.