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Los hermanos sean unidos

Desde el comienzo de nuestra historia las divisiones, grietas y diferencias entre los argentinos parecen no detenerse, sino implementarse, especialmente antes, durante y después de las últimas elecciones. Quizás sea tiempo de aplicar la teoría del disenso y dejar de lado la búsqueda del consenso que intenta encorsetarnos en paralizantes criterios de “corrección política”

Se puede decir que desde sus inicios la Argentina nació dividida. Desde el primer Cabildo Abierto empezó con ‘carlotistas’ y los ‘juntista’. Manuel Belgrano, el más destacado entre los primeros, escribió: “...traté de buscar los auspicios de la Infanta Carlota y de formar un partido a su favor, oponiéndose a los yiros de los déspotas que celaban con el mayor anhelo para no perder sus mandos y, lo que es más, para conservar la América dependiente de la España, aunque Napoleón la dominare”.

Con la llegada de Cornelio Saavedra y su partido militar la dualidad se superó, sólo para ser reemplazada, con la formación de la Junta Grande, por la de ‘morenistas’ –a favor del centralismo porteño– y los ‘saavedristas’, partidarios de un balance con el interior.

Mutatis mutandi, los primeros devinieron en el partido Unitario y los segundos en el Federal. Con esta distinción las disidencias dejaron de ser menores y la sangre llegó al río, ya que fueron la causa y la excusa para una larga guerra civil que tuvo su punto cúlmine en la denominada Anarquía del Año 20.

Otro militar, José de San Martín, quiso y se mantuvo al margen de estas divisiones, aún cuando sus mandantes políticos le ordenaron repasar la cordillera para reprimir el levantamiento de los caudillos federales del Litoral contra el gobierno de Buenos Aires.

Pero ni siquiera él con todo su inmenso prestigio pudo evitar que las luchas intestinas se reiniciaran tras su partida definitiva hacia su exilio europeo.

Posteriormente, por un tiempo, la figura de Juan Manuel de Rosas pareció imponerse sobre lo que se denominó la Confederación Argentina, pero la oposición de Justo José de Urquiza lo despertó de ese sueño en la batalla de Caseros.

El país pareció organizarse luego, cuando se dictó la Constitución de 1853, adoptando una forma republicana y federal de gobierno; pero a la poderosa provincia de Buenos Aires no le gustó y se separó de la Nación.

Hicieron falta dos batallas –la de Cepeda y la de Pavón– para que la provincia díscola entrara en razones y comenzáramos a llamarnos “República Argentina”.

En medio de todo ello, surgió una nueva división: la de los ‘crudos’, nacionalistas seguidores de Bartolomé Mitre, y los ‘cocidos’, los autonomistas a favor de Valentín Alsina.

Con la llegada al poder de nuestro primer partido político moderno, la Unión Cívica Radical, y a caballo de la reelección de su líder, Hipólito Yrigoyen, surgió una nueva brecha, entre los partidarios de la continuidad del caudillo (los ‘personalistas’) y los que se oponían a ella (los ‘antipersonalistas’) de Torcuato de Alvear.

Estas grietas quedaron cortas cuando el partido peronista, fundado por un coronel, hizo su irrupción en la política nacional y derivó en sangrientos intentos de golpe de Estado. Uno exitoso, que concluyó con un nuevo golpe tras su muerte durante su tercera presidencia y nos llevó a una nueva guerra civil en los años 70, la que sería conocida como la “década del plomo”.

Pero no terminaron allí, ya que continúan hasta nuestros días bajo las formas de un peronismo –varias veces transformado– contra un antiperonismo visceral.

Cuando los enfrentamientos entre unitarios y federales arreciaban, allá por 1870, un estanciero federal compuso la obra que estaba destinada a ser famosa: El Gaucho Martín Fierro. Entre sus versos queremos destacar aquel de: “Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de ajuera”.

Pese a que para el poeta y escritor Leopoldo Lugones es “el libro nacional de los argentinos” y para el historiador José María Rosa la obra es la mejor interpretación de la historia argentina, la consigna no ha podido –aún– ser satisfecha; pues como lo advirtió el padre Jorge Bergoglio antes de ser designado Papa: “¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín Fierro orienta nuestra mirada, nuestra vocación como pueblo, como Nación. Nos invita a darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan lugar: el comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del Norte, el artesano del Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que ninguno de ellos quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro de la tierra”.

Nos preguntamos si esto será posible. Especialmente cuando parecería ser que las divisiones, grietas y diferencias parecen no sólo no detenerse, sino incrementarse. Especialmente antes, durante y después de las últimas elecciones legislativas. Ejemplos no faltan. Más bien sobran. No sólo ya de un partido contra el otro, sino también en el seno de los mismos partidos.

Otro verso menos conocido del poema épico, aunque no expresado por Martín Fierro, sino por su hijo mayor, reza así: “Pues que de todos los bienes, en mi inorancia lo infiero, que le dio al hombre altanero Su Divina Magestá, la palabra es el primero, el segundo es la amistá”.

Nos deja la clave para la solución. Primero, la palabra que nos comunica y que nos vincula por sobre las grietas, siempre y cuando sea verídica o, al menos, veraz. Lo segundo es la amistad, ya que como señala el filósofo clásico Aristóteles, ella debe ser el ámbito de la política. Aunque hay que aclarar que no se trata del típico amiguismo moderno, tan proclive a una política de pocos y tan favorecedora de la corrupción. Sino, como lo afirma el pensador, se trata de una amistad en un marco de la Justicia, porque si los ciudadanos son amigos, no necesitan la Justicia, pero si son justos quieren, igualmente, la amistad.

Por lo que ella tiene un potencial político, pues bien llevada deviene en la virtud cívica de la concordia, la que surge como lo opuesto a la discordia y que hemos venido describiendo a lo largo de nuestra rica historia en desencuentros.

Tal vez, como explica nuestro amigo, el filósofo Alberto Buela, sea tiempo de aplicar la teoría del disenso y dejar de lado la machacante búsqueda de un consenso imposible que busca imponer un pensamiento único, encorsetándonos —tanto por derecha como por izquierda— en paralizantes criterios de “corrección política”.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.