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Lo mejor todavía tiene que estar por venir

Tal vez en estos días en que cunde el escepticismo, la reacción de los argentinos le den una vuelta a la historia y el país se encamine a un destino más decoroso que el que hoy percibimos

Decía Jorge Manrique en un fragmento de Coplas a la muerte de mi padre: "…Cuán presto se va el placer/ como después de acordado/ Da dolor/ Cómo a nuestro parecer/cualquier tiempo pasado/Fue mejor…"

Y claro, esa es una percepción muy habitual en las personas: idealizar los recuerdos, edulcorarlos o dramatizarlos quizá para compararlos con la aparente aridez con la que percibimos a nuestros presentes.

El caso es que esta característica muy humana cobra especial relevancia en la Argentina por cuanto, si no hay pruebas en contrario, venimos cuesta abajo en la rodada desde hace muchas décadas. Por lo cual es imposible escapar a la mirada nostálgica y tanguera con la que evocamos el pasado.

Un pasado del cual no hemos aprendido mucho,sin embargo, lo podemos utilizar para tratar de entender la actualidad, como también toda la experiencia y el conocimiento que se ha desaprovechado.

Hace pocos días se cumplió un aniversario más de las elecciones generales del 30 de octubre de 1983, en las que ganó no solamente Raúl Alfonsín, sino también la idea de que la vida en democracia era la única garantía para que este país no terminara en la disolución o bajo el puño de algún déspota iluminado.

Acorralada la dictadura por su propia descomposición interna, cuando ya eran evidentes las aberraciones cometidas durante la represión, no solo de los grupos armados sino también de todo lo que fuera pensamiento libre y contestatario, había un vacío en esa retirada que si no se ocupaba rápidamente se podía volver a caer en el anterior oprobio.

El período institucional anterior a la dictadura había sido el trágico trienio que nació de la mente alucinada de un general que trastocó de facto la Constitución para diseñar un régimen en el que todos los cargos electivos del país comenzaban y terminaban el mismo día, no llegaron a su fin porque el país se tornó ingobernable tras la muerte de Perón.

La ineptitud de la sucesora María Estela Martínez de Perón, totalmente manipulada por José López Rega, más el accionar de los grupos armados de extrema derecha y extrema izquierda, complementado todo con una fuerte crisis socioeconómica, le dejó servida nuevamente a la soberbia militar para tomar el poder y, esta vez, desatar una de las cacerías más sangrientas conocidas hasta entonces en la Argentina.

Con esos antecedentes se empezó a reconstruir en el ’83 la democracia, con muchas lastimaduras, con el baldón heredado de los miles de desaparecidos, con la casi eliminación de una generación, pero sobre todo con la invencible esperanza de tener un país mejor, que no dejara de lado la justicia, pero siempre mirando hacia adelante.

Hoy el país tiene otras tribulaciones. No es la sangre y el dolor de la violencia lo que inunda las calles, es la postración de una pobreza e indigencia incomprensible para nosotros y para el mundo. La Argentina promisoria de hace más de un siglo sigue frustrada, no le encontramos aparentemente salida, no hay salida aparente, mejor dicho, no podemos verla.

Los mejores tiempos pasados de la democracia recuperada hace casi 40 años, el tiempo de las ilusiones, parecen ya muy lejanos en el tiempo. Tal vez en estos días en que cunde el escepticismo a pesar que en pocos días se elegirán nuevos cargos legislativos, la opinión, el sentimiento o la reacción de los argentinos le den una vuelta a la historia y el país se encamine a un destino más decoroso que el que hoy percibimos.