Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|27/08/20 10:51 PM

Libertad de prensa y gobernabilidad

A lo largo de la historia la evolución de las comunicaciones ha hecho que la “industria” de la información se concentre en grandes grupos, lo que plantea la cuestión de cuán independiente puede ser una corporación de estas características y con poder económico

En 1853, fecha de la sanción de nuestra Constitución Nacional, si bien existía la telegrafía, la misma se comenzaría a usar, precisamente, recién durante la presidencia de un periodista: Domingo Faustino Sarmiento. 

La radio es otro ejemplo interesante, ya que la Argentina fue pionera en materia de radiodifusión de habla hispana, siendo el tercer país del mundo en realizar transmisiones regulares. Fue en agosto de 1920.

Mucho más cerca a todos nosotros, la televisión realizó sus primeras transmisiones experimentales en Argentina en 1942 y la primera transmisión oficial se realizó en 1951, dando origen al por entonces privado Canal 7, en ese entonces LR3-TV.

Por su parte, la hoy omnipresente Internet, que es la que nos permite los diversos usos de nuestros inseparables teléfonos inteligentes, se remonta al desarrollo de las redes de comunicación asociada a computadores, en la década de 1960, que permitieron la comunicación entre varios usuarios mediante su fusión con una infraestructura de telecomunicaciones ya existente.

Volviendo a 1853 y a nuestros constituyentes, sabemos que uno de los principios para la redacción de nuestra Carta Magna que los guió fue el de la división de poderes, enunciado por el Barón de Montesquieu en su célebre y breve obra El Espíritu de la Leyes, editada en 1748.

Por él, los tres poderes del Estado (el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial) debían controlarse unos a otros en un delicado equilibrio que los mantuviera a todos en balance y no permitir el uso despótico de ninguno de ellos.

En ese marco se consagra en su conocido artículo 14 que: “Todos los habitantes de la Confederación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamenten su ejercicio”, entre los que se destaca el de “...publicar sus ideas por la prensa sin censura previa…”, conocido genéricamente como “libertad de prensa”.

Ahora bien, estamos –como ya dijimos– en 1853, sin telegrafía que nos transmita los cables de noticias, sin noticieros de radio ni TV que nos informen de las noticias de actualidad y tampoco con las redes de WhatsApp de las que hoy disponemos. 

Por aquellos días, la producción de una noticia no era algo sencillo, ya que primero había que enterarse de ellas, lo que podía llevar semanas y hasta meses. Pero luego, con el auge de la radio primero y de la TV después, en el siglo XX se consolidaron las agencias de noticias. 

Y como era de esperarse las primeras aparecieron en los países más desarrollados, como la Agence France-Presse en Francia, EFE en España, Reuters en Gran Bretaña, Wolff en Alemania, ANSA en Italia y Associated Press en los Estados Unidos.

Ya en esa época el problema no radicaba tanto en conocer las noticias, sino en seleccionar entre las miles de ellas a las dos o tres docenas que merecerían ser difundidas. Entre ellas estaban las que llenarían los titulares, las páginas deportivas y hasta las de chimentos. 

Este trabajo lo realizaban los denominados editores, que sobre una mesa cubierta de télex y cables de todo el mundo las seleccionaban y se las daban a sus periodistas para que las desarrollaran. 

Era un proceso frenético que no conocía pausa ni descanso. En función de ello, los grandes diarios llegaron a tener varias ediciones al día, ya que todos querían tener la última noticia para informarla primero a sus lectores.

El mismo proceso vivió la TV, que reemplazó como medio informativo principal a los diarios.

Pronto pasó a lo que se denominó la “transmisión en vivo y en directo desde el lugar de la noticia”, ya que no había mucho tiempo para editar. A su vez, los editores fueron reemplazados por los productores, quienes pasaron a darles instrucciones a sus periodistas “en vivo” por micrófonos ocultos en sus orejas.

Ya en nuestros tiempos –vale decir el de las noticias y del periodismo por Internet– este laborioso proceso de selección, elaboración y difusión de las noticias salió de la esfera del control totalmente humano para pasar al de la inteligencia artificial.

Vale decir, el que realizan hoy supercomputadoras alimentadas con complejos algoritmos que permiten una total adaptación de los contenidos periodísticos a los gustos y preferencias de cada persona individual. 

En algún momento y en medio de este proceso, no hizo falta mucho para que se comenzara a hablar del periodismo como “el cuarto poder", una expresión usada por primera vez por el político anglo-irlandés Edmund Burke, quien la pronunciaría en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en 1787. 

Pero no fue hasta finales del siglo XIX en que se empezó a comerciar con la información como tal, lo que surgió bajo la forma de información de tipo comercial con la cotización de las bolsas de comercio del mundo, pero que fue evolucionando hasta incluir casi todo, desde la política hasta el entretenimiento, fijando el origen de lo que luego serían las empresas informativas de nuestros días. 

Surgía así una industria y, por otro lado, una forma de poder basada en la opinión, especialmente destinada a fiscalizar la gestión política del Estado, representar la voz de los ciudadanos de a pie y ser una fuente de información oportuna e imparcial.

Llegado a este punto, nos preguntamos si antes de hablar de “libertad de prensa” no sería más pertinente hablar de “libertad de empresa”, ya que las viejas redacciones de los primeros periódicos de papel distribuidos por canillitas en las esquinas han sido reemplazados por mega corporaciones que tienen millones, sino billones, de seguidores y que pueden compartir sus contenidos periodísticos, tanto en sus pantallas de nuestros televisores como en las ubicuas de nuestros  teléfonos inteligentes. 

Para colmo de males, se ha dado un proceso de concentración, ya que las empresas proveedoras de una señal de TV, por ejemplo, también son los dueños de varios medios de comunicación, tales como diarios en papel o portales digitales, y son, a su vez, proveedoras de servicios de telefonía y de Internet.

Por lo tanto, ¿cuán independiente puede ser una corporación que cotiza en bolsa y que, en realidad, es un pool de varias empresas informativas y comunicación, todas conectadas entre sí?

Por otro lado, los Estados nacionales se han visto ante el dilema de permitir que sea “la mano invisible del mercado” la que regule el crecimiento y la competencia entre estas empresas o tener que intervenir en forma directa, manu militari, cuando su seguridad o hasta su gobernabilidad se ha visto afectada.

Para hacer de una historia larga una muy corta, baste decir que por estos días el Presidente de los EE.UU. ha ordenado la censura de una red social basada en China y de nombre Tik Tok.

En realidad, una aplicación para teléfonos inteligentes que permite crear y compartir vídeos cortos de 3 a 15 segundos, por entender que atenta contra la privacidad de los ciudadanos y contra la seguridad del Estado norteamericano. 

Por ello, si esta red –la que sólo puede producir contenidos visuales de hasta 15 segundos– ha amenazado la seguridad del que, probablemente, sea el Estado más poderoso del mundo, nos preguntamos si nos puede extrañar que nuestro Gobierno declare a la telefonía celular y a la Internet como servicios públicos esenciales, vale decir, actividades sujetas a una regulación estatal.

Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.