|21/08/20 07:12 AM

Ladran, Sancho

Todo avance produce una resistencia, y esta premisa puede graficar lo que está ocurriendo con la posibilidad de que Malargüe pueda contar finalmente con una explotación minera que le permita salir de su difícil situación económica

“Ladran Sancho, señal que cabalgamos…” le hace decir el genial Cervantes, al no menos famoso don Quijote. Pero un amigo mío lo cambia por un: “Ladran Sancho, señal de que son perros…”

La frase ha sido, tradicionalmente, usada cuando se quiere hacer referencia de que todo avance en la vida produce una resistencia y rompe una inercia. Todo a la vez. Así que, por ejemplo, para que un avión despegue necesita enfrentar el viento, lo que es tan cierto como que necesita del viento de cola para llegar más rápido a su destino.

Lo mismo parece haber sucedido con nuestro último artículo, titulado ‘Megaminería y terraplanistas’ (ver: https://www.ciudadanodiario.com. ar/otro-punto-de-vista/megamineria- y-terraplanistas), ya que en Facebook ha recibido 917 impresiones, de las cuales hubo 687 “me gusta”, 18 “me encanta”, 171 “me enoja” y 17 “me da risa”. También fue compartido 148 veces y mereció 195 comentarios.

Si tomáramos los “me gusta” como una aprobación de nuestra propuesta, la de impulsar la minería en Malargüe, y a los “me enoja” sumados a los “me da risa” como una muestra de desaprobación hacia ella, veríamos que los primeros son mayoría.

Bueno, algo similar fue lo que sucedió a principios de este año, ya que luego de una cómoda aprobación parlamentaria de la modificación de la Ley de Minería, de la que habían participado tanto el oficialismo como la oposición, el Ejecutivo tuvo que desdecirse en tiempo récord, a la vista de protestas contra ella, pero especialmente por una tormenta perfecta desatada en las redes sociales.

“Una tormenta en una taza de té”, habríamos dicho hace unos años. Pero sucede, como nos lo han recordado recientemente, que “más ruido hacen diez hombres que gritan que cien mil que están callados”, en una frase atribuida al Libertador don José de San Martín.

Pero por otro lado, y como lo hemos aprendido, la democracia es “el gobierno del pueblo y para el pueblo”. Y nos preguntamos si esto sigue siendo así.

 

Una “minoricracia” activa

No es una pregunta retórica, ya que hasta donde podemos observar, especialmente en lo relativo al caso de la minería en Mendoza, vemos que la democracia se ha convertido más en un sistema que busca defender a las minorías antes que a satisfacer las necesidades de la mayoría que le da su sustento.

Estas minorías, en este particular caso, van desde supuestas comunidades indígenas hasta ecologistas extremos que dicen estar dispuestos a pasar a la acción directa para evitar cualquier acción legislativa tendiente a contrariar sus particulares puntos de vista sobre la minería.

Pero, más allá de que siempre existirán minorías y de que deben ser protegidas por la ley, el problema radica en que esa minoría le quiere imponer sus puntos de vista a la mayoría, porque se considera víctima de poderes superiores. En este caso, los de un gobierno elegido por el pueblo de la provincia.

Para entenderlo es central que comprendamos cómo se construye la categoría de víctima. Conviene tener presente que, antes que nada, la víctima es alguien con una identidad propia. “¿Quién soy? Soy una víctima, algo que no puede negarse y que nadie podrá quitarme nunca”, nos dice Daniele Giglioli en su libro Crítica de la víctima.

Para este autor no se trata solo de victimizarse, sino de conformar una minoría, que después será utilizada para desarrollar espacios de “autonomía”, una palanca de poder para presionar al Estado desde el campo de la superioridad moral.

El cuadro se completa con el pretexto de una irrestricta defensa de valores superiores e inalienables a los que esta minoría dice respetar. Como por ejemplo, en este caso, el derecho al agua, asumiendo –por otro lado– que quienes no comparten su particular punto de vista son una suerte de genocidas ecológicos que no respetarán esos valores.

Agrupados en una suerte de “minoricracia”, estos colectivos se lanzan a la pelea. Para ello no usan ninguno de los instrumentos previstos en nuestra Constitución y en las leyes que reglamentan su ejercicio, pues prefieren la acción directa, el amplio uso de las redes sociales, y así conformadas tienen la capacidad de poner en jaque a todo el sistema político.

 

La hipocresía de cierta minoría

Lo dicho en el párrafo anterior no puede tomarse en forma baladí. Todo lo contrario, hoy los Estados modernos se encuentran bajo un doble ataque.

Desde abajo, por las distintas “minoricracias” que los presionan por la consolidación de sus derechos y la imposición de sus puntos de vista. Y desde arriba, por parte de las organizaciones multilaterales (la ONU, el FMI, el Banco Mundial, etcétera) que impulsan desde la gobernanza global la obligatoriedad absoluta de su respeto, bajo pena de otorgamiento de créditos y, en extremis, de la injerencia externa bajo el eufemismo de una “intervención humanitaria”.

Todo lo dicho sirve para entender el porqué de los argumentos que, tanto desde la izquierda como de la derecha progresista, se pronuncian en contra de que un Estado provincial, acuciado por inmensas necesidades, pueda aprovechar racionalmente sus recursos naturales.

En el fondo de esta postura bulle la vieja idea del “buen salvaje” de J. J. Rousseau. De aquel que puede vivir en un estado de casi naturaleza, sin grandes pretensiones de nada. Casi como un cazador-recolector. O mejor, aún, como un vegano que desprecia comer carne de animales.

Pero sucede que son estas mismas personas las que, luego, exigen un Estado presente y protector con una amplia capacidad para repartir ayudas sociales entre los más necesitados.

No tenemos nada en contra de un Estado responsable y presente. Tampoco descreemos de la necesidad de disponer una red de contención, especialmente en estos tiempos de pandemia y recesión.

Mucho menos de que se apoye una iniciativa que parte de nuestro departamento minero por excelencia, que es Malargüe. Y que hoy ve sus posibilidades económicas muy limitadas, ya que es muy difícil que el turismo internacional que nutre a su conocido centro de esquí de Las Leñas, se recupere totalmente.

Con lo que no estamos de acuerdo es con la hipocresía que nos intentan imponer estas minorías. Para colmo de males, cuando pretenden hacerlo desde una supuesta superioridad moral, cuando se nos impide obtener los recursos necesarios para que ese Estado que ellos quieren gordo y presente, pueda serlo al menos en su medida y armoniosamente, como lo sostenían los sabios griegos y un astuto coronel argentino.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional