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La vidriera irrespetuosa

En el ser argentino no han germinado ideas de conciencia de clase ni de que un ejército de desposeídos tendrá alguna vez la justicia que se merece

El peronismo en cualquiera de sus versiones sigue demostrando que no tiene en su perspectiva de pensamiento la posibilidad de no estar en el poder y por lo tanto de perder una elección.

En algunas pocas ocasiones de su larga historia negoció con su vencedor y en las menos colaboró con un gobierno de otro signo.

A la foto del balcón de la Rosada con Alfonsín rodeado de Antonio Cafiero y José Luis Manzano en la Semana Santa de 1987, se contrapone la otra del triunfante Carlos Menem y el saliente presidente radical caminado por la residencia de Olivos pactando una salida ordenada que al final ni lo fue.

En el cuatrienio del gobierno de Mauricio Macri, en la versión Frente de Todos el PJ solo se agazapó para dar un nuevo salto al poder, esta vez en 2019 con la ayuda de los dos últimos años del pésimo gobierno del expresidente de Boca.

¿Quiere decir esto que el peronismo es antidemocrático? La respuesta se ha ido decantando con los años y solo será la ciudadanía, con su expresión a través de muchos caminos, quien lo pueda dilucidar.

Pero el peronismo como el viejo radicalismo yrigoyenista, ambos vencedores de regímenes de oprobio autoritario y de injusticia social, se concibieron a sí mismos no como partidos participantes en igualdad de condiciones en una imperfecta puja democrática, sino como movimientos políticos y sociales que se arrogaban la voz y la representación del pueblo.

Y por supuesto el pueblo para el peronismo y para aquel radicalismo solo son los desposeídos. Este último concepto no está de ningún modo reñido con la propuesta de cualquier signo político orientado por algún grupo de bienpensantes.

La idea del bien, de la justicia social, del reparto equitativo de los bienes materiales y culturales no es monopolio solamente de los que más tiempo han estado en el poder.

Pensar en hacerles mejor la vida a los más alejados de las posibilidades de progresar no es felicitarlos ni elogiarlos por ser pobres, no es reivindicar la vida de las villas como un objetivo de vida elogiable.

Sí, es cierto que en esos sitios donde la pobreza y el abandono campea entre los pasillos, la solidaridad y la ayuda mutua suelen ser la única posibilidad, ya no de salida, sino de supervivencia.

En el ser argentino no han germinado esas ideas de conciencia de clase ni de que un ejército de desposeídos tendrá alguna vez la justicia que se merece de manos de alguna providencia que se avenga a bajar al llano.

La gente humilde quiere dejar de serlo, los obreros quieren dejar de serlo, no porque esa condición sea una capis diminutio, sino porque pertenecer a la llamada clase obrera significa el reaseguro de una vida de sacrificio, de carencias y de eterna lucha para que el salario sea realmente un medio para vivir dignamente.

Por eso es que la verdadera reivindicación de los sectores populares o del pueblo trabajador, según sea como ampulosamente guste llamarles a los que “no son como nosotros pero necesitan nuestra ayuda”, no es insistiendo en los mismos caminos que nos han llevado a este lamentable estado de crisis principalmente social y en consecuencia también política.

Desde un lado gritan que “la derecha liberal solo piensa en enriquecerse, solo piensa en una Argentina para pocos”, y desde el otro califican a cualquier medida de emergencia para atender algunas necesidades extremas de la gente como “medidas populistas que solo hacen crecer el déficit fiscal”.

En definitiva, hemos llegado a un estado de cosas donde parece que están cerradas las posibilidades de salir de este laberinto económico en que nos tienen encerrados la ineptitud de muchos y la indecencia de otros tantos.

La demostración es el patético grotesco político del cual los atribulados pobladores de estos lares hemos sido testigos atónitos.

Si la disputa de poderes e influencias empezó por la intolerancia al resultado electoral y una reafirmación más evidente del ejercicio del poder, terminó siendo un espectáculo donde la pobreza esta vez estuvo en la ética, en el sentido común, en la dignidad que supone deben tener los que “han sido ungidos para forjar un mejor destino para todos”.

“Como en la vidriera irrespetuosa de un cambalache se ha mezclado la vida”, sentenció Enrique Santos Discépolo, la mejor figura para describir la prepotencia de Cristina Kirchner, la fugaz “primavera albertista” que terminó entregando a sus más fieles y el miedo reverencial que le rinden a la jefa casi todos –o todos– los que han logrado una cuotita de poder, de privilegios, o solamente algún puesto en el enmarañado burocrático del Estado.

Y si ese miedo no es a cambio de algo que se puede perder, o por alguna firme convicción ideológica, peor aún.

Después de tantas crisis terminales que padeció nuestro país nada ha terminado, porque en el fondo del abismo pudimos comprobar que había otro abismo, y nunca terminamos de caer.

No se puede saber cuándo encontraremos el fondo para empezar a subir, pero en estos tiempos los secretos son más difíciles de mantener, los negociados y las maniobras salen a la larga o a la corta a la luz, confirmando o desmintiendo las teorías conspirativas.

Ahora todos estamos en una vidriera y si no se sabe redecorar, termina exhibiendo lo que no se quiere o permite ver el interior de la tienda.