|05/12/20 09:07 PM

La pobreza es consecuencia de una histórica indecencia política

El último muestreo de la UCA expone con claridad las responsabilidades de la dirigencia política, que debe revertir el grave daño infringido a la gente

Saber que hay más de siete millones y medio de menores pobres en el país y que esa cifra está integrada con fuerte porcentaje de chicos mendocinos, conlleva mucha amargura e impotencia social.

Comprensible, tanto como el hartazgo que la gente siente por una tierra que no es suya porque la arrasaron las inconductas dirigenciales de los últimos veinte años, pero que sin embargo la trabajan, construyen y defienden con dignidad esos ciudadanos que abrazan responsablemente a su país.

Es cierto que la pandemia de COVID-19 terminó por derrumbar el endeble esqueleto económico que, a duras penas mantenía a la nación.

Pero el coronavirus no ha sido determinante para que millones de argentinos pierdan trabajo, vivienda y sean llevados o sometidos a la más cruel de las condiciones de vida.

El último informe del Observatorio de la Deuda Social que elabora la Universidad Católica Argentina (UCA) le dijo al mundo que, en esta nación, la mitad de su población no puede acceder a la alimentación básica para vivir.

Es decir, de los 45 millones que la habitan, un poco más de la mitad, 20,3 millones, son pobres. El dato fuerte que se le agrega a ese 44,2% de pobreza, es que sobrevive un 14,2% de gente sin posibilidad alguna de trabajo, más de dos millones y medios de conciudadanos.

El costado doloroso del difícil momento es conocer que tenemos un 64,1% de chicos que sucumben en esa pobreza y un 10.1% en la indigencia. Ellos, junto a sus familias no pueden acceder a comida, salud y casa digna.

En esa importante porción hay dos inadmisibles salidas a corto y mediano plazo, muerte por desnutrición o la hipoteca de salud física y mental por el tiempo que les toque vivir a esos seres que no recibieron los sustratos elementales para desarrollar sus cerebros y toda su humanidad.

Muchos mendocinos, enterados de un nuevo informe de la UCA se preguntaron, ¿y Mendoza?

La respuesta está instalada desde hace tiempo y cae como una espada de Damocles en el prestigio de desarrollo económico agroindustrial que supo construir este estado provincial cuyano ante el país.

Por lo que, si no se notó el cierre de comercios, establecimientos fabriles, abandono de campos, fuga de inversiones, notable aumento de desocupados y acrecentamiento de zonas rojas marginales, es porque nadie lo ve o miran para otro lado.

El último informe del INDEC delató que esta provincia es la más pobre de la región. Su índice, 41, 7 % superó la media nacional, por lo que uno entiende que los porcentajes de rastreo del Observatorio de la Deuda Social de la UCA tienen una actualización que duele aún más.

Puestas las cosas sobre el gran escenario argentino y mendocino, es cuando por única vez se inunda de sostenido y pesado silencio de toda la dirigencia política.

Nadie se anima ha pronunciar palabra alguna, elocuente muestra de directas responsabilidades en todos los sentidos y niveles de por qué en el país y en la provincia que producen alimentos, hay personas que, hundidos en pobreza piden comida y mínimas posibilidades de un signo vivir.

Ni radicales, ni peronistas, derecha o centro derecha se hacen cargo de cómo fueron empujadas en el país y la provincia miles de familias a la marginalidad absoluta.

Cada administración asumió con demagógicos compromisos para terminar con las desigualdades sociales. Falsos pasos juramentados, como cuando se declaró la pandemia de COVID-19 que donarían sueldos y dietas.

O cuando el país se enteró de la forma más vil, lo que reciben legisladores por su función, tras el escándalo del diputado besa tetas.

O cuando se muestras sueldos siderales de jueces, magistrados o funcionarios de organismos especiales. Cientos de miles de millones de pesos que anualmente se van para sostener esa casta de privilegiados que tiene la política argentina.

El último muestreo de la UCA deja con claridad esas responsabilidades señaladas, para que nadie escape al sayo y para que la poca sensatez que queda de la clase política intente revertir el grave daño infringido a la gente.

Cuando se habla de carencias sociales de la población, se muestra que en 2015 (presidencia de Cristina Kirchner) se llegó a un pico de 23,2%; en el año 2019 (presidencia de Mauricio Macri) 32,2% y este 2020 (presidencia de Alberto Fernández) al 32,5%.

Porcentajes que son aun mayores cuando se describen rubros específicos, como servicios básicos, vivienda, alimentación y salud. Pegando aún más fuerte cuando el Observatorio dice que en menores de 17 años la pobreza se multiplicó en esas tres presidencias, 21 veces el crecimiento de ese segmento.

Esta es la pobreza que hoy toma en distintos niveles el territorio nacional. Con niveles de baja y muy baja en toda la Patagonia argentina; moderada en siete estados provinciales, alta en tres provincias, entre las que se encuentra Mendoza; muy alta en cinco estados, de los que sobresalen Formosa, que domina autoritariamente desde hace 27 años Gildo Insfrán y la promocionada San Juan minera. Crítica en tres provincias, en las que se destaca el Chaco de Jorge Capitanich, donde los niños mueren por desnutrición.

Estas son la pobreza y la indigencia que se muestran en forma grotesca de la mano del coronavirus y de la indecencia de la clase política del país y de la provincia.

Ya sin más disfraces que puedan tapar el histórico e inmerecido daño que se le produjo a los argentinos y a su principal legado, sus hijos.