|29/10/21 07:46 AM

La madre de todas las crisis

El origen de las coyunturas críticas se resumen muchas veces en pocas palabras: “demasiado tarde” y “demasiado poco”. Esperemos que lo que el mundo está viviendo en materia económica y financiera no sea similar al crac de 1929 en Estados Unidos

Hay quienes creen en una secreta sincronización histórica. Una suerte de algo más que una casualidad, una suerte de broma divina que sospecha que los grandes acontecimientos históricos tienden a agruparse en determinadas fechas.

Por estos días no son pocos los que recuerdan la catastrófica caída del mercado de valores de la Bolsa de Nueva York en 1929 que dio lugar a la Gran Depresión. Se lo suele denominar ‘Jueves Negro’, ‘Lunes Negro’ y ‘Martes Negro’, ya que el mencionado crac no se produjo en un solo día sino a lo largo de varias jornadas a fines de octubre de ese año.

Cualquiera sea el nombre que elijamos para designarla, su recuerdo se ha intensificado a caballo de crecientes pronósticos de una concurrencia de crisis similares. No sólo en los EE.UU., sino también en la lejana China y en la próspera Europa.

Es más, algunos de estos analistas, parafraseando a Saddam Hussein en los momentos más intensos de la primera Guerra del Golfo, cuando anunció que se avecinaba “la madre de todas batallas”, se preguntan si no estamos cerca de la madre de todas las crisis.

Varias situaciones presentes y otras a concretarse –o no–en el futuro inmediato parecen conjugarse para justificar tal interrogación. A saber:

1º) Una pandemia que lleva casi dos años de duración;

2º) Un entorpecimiento de los flujos logísticos globales, fruto de las restricciones fronterizas para el transporte de bienes y de personas;

3º) Un encarecimiento en el abastecimiento de las fuentes de energía tradicionales, como el petróleo y el carbón, a la par de una baja disponibilidad de las denominadas limpias, como la eólica y la solar;

4º) Crecientes problemas financieros, caracterizados por procesos inflacionarios, de tapering y de estanflación; y

5º) Fallas, cada vez más frecuentes, de la Internet, ya sea por acción deliberada de ciberataques o propias del sistema.

Por lo general, cuando se les pide a los economistas que expliquen las causas de estos problemas, es común que apelen a la famosa ley de la oferta y la demanda. Vale decir, una suba de los precios debido a una mayor demanda de productos que no son ofrecidos en la cantidad habitual, por lo que el mercado sube sus precios. Si bien algo de eso hay y no se lo puede negar, en esta oportunidad la situación parece ser más compleja, ya que se está verificando tanto una baja en la oferta de los bienes y productos ofrecidos como una caída de su demanda.

Llegado a este punto, algunos de ellos hablan de estanflación, a la que definen como una situación económica en la que se dan tres condicionantes: una elevada inflación, un incremento en los precios de consumo y un crecimiento económico reducido, nulo o negativo.

Nosotros, por nuestra parte, creemos que hay otra explicación posible y es una que deriva de una ley económica menos conocida que la anterior, y es la denominada “reciprocidad de cambios”. 

Por esta ley se establece que todo intercambio económico debe efectuarse de tal manera que tanto el que oferta como el que demanda deben tener una ganancia proporcional y armónica al término de un intercambio económico.

Porque si esto no es así y uno de los grupos se enriquece más rápidamente y mejor que el otro, no sólo se produce una injusticia, sino que el proceso económico alcanza un punto en el que ya no puede seguir funcionando.

Esta situación se viene dando, especialmente, cuando observamos las asimetrías que presenta el sector financiero por sobre los otros sectores productivos, ya que el primero goza de una rentabilidad geométrica mientras que los segundos sólo de una aritmética.

Por ejemplo, si analizamos el caso de nuestra provincia, un productor vitivinícola necesita de todo un año de trabajo para obtener un nivel de utilidad determinado. Por el contrario, un financista que invierta la misma cantidad de capital que nuestro productor en la compra de acciones en un mercado de valores o en un plazo fijo bancario, puede obtener diez veces lo que éste y en una fracción de tiempo.

No es que estemos en contra de las inversiones de capital porque sabemos que son necesarias, especialmente cuando éstas apoyan a las actividades productivas. Pero otra cosa es cuando sólo se focalizan en las especulativas.

Por todo ello no nos debe resultar extraño que entre las medidas que tomó el presidente norteamericano FD Roosevelt para sacar a su país de la Gran Depresión, fue el establecimiento una ley por la cual impuso una tajante separación entre la banca mayorista financiera con respecto de la minorista o de ahorro, ya que entendió que era necesario ponerle coto a la especulación financiera que había provocado el crac de 1929.

Como sabemos, las políticas de Roosevelt fueron muy exitosas y permitieron a los EE.UU. no sólo superar su Gran Depresión, sino también generar una infraestructura formidable que le facilitó enfrentar los grandes desafíos de la Segunda Guerra Mundial con medios suficientes.

Lamentablemente, esta ley –denominada Glass-Steagall– fue abolida en 1999 durante el segundo mandato de Bill Clinton. Pero hemos llegado al punto en que ya ha habido advertencias como la de Paul Volcker (asesor del presidente Barack Obama) respecto de que su derogación ha sido una de las causas de la crisis de 2008/9.

Esas voces de advertencia por parte de economistas notables como Milton Friedman y Warren Buffet se han renovado recientemente en vista de la evolución de los acontecimientos que venimos señalando.  

Por otro lado, no sabemos si ellas están siendo escuchadas por el actual presidente de los EE.UU., aunque hay indicios, por ejemplo, de que su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, está al tanto del problema, aunque ella es optimista y ha afirmado que EE.UU. no perderá su batalla contra la inflación.

Para concluir podemos repetir que las crisis se deben a problemas en el manejo de información y que muchas veces se resumen en cuatro palabras clave: “demasiado tarde” y “demasiado poco”.

Esperemos que esta vez no sea el caso y el crac de 1929 sea sólo una efemérides más y no una perfecta sincronía histórica.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.