|24/10/21 09:58 AM

La intersección de los argentinos

Dos muestras de odio ocurrieron estos días, visibles pero que no deben impedir que veamos otras que ocurren a diario y suscitan discusiones, análisis, condenas y defensas que nuevamente nos paralizan en una esquina ficticia

En qué cruce de caminos, en qué esquina de la historia podremos alguna vez reencontrarnos en este país, en el que tal vez uno le deba ceder el paso al otro para no chocar y asegurar así el arribo a un destino elegido que, por qué no, puede ser el mismo, aunque por distintas calles.

Pero no. O avanzamos los dos y chocamos o nos quedamos en la indecisión que nos inmoviliza ya que ninguno se anima a avanzar.

Claro que lo más probable es que ocurra la primera opción y solo es cuestión de tiempo que se produzca el choque de consecuencias imprevisibles.

En esta América del Sur y en este nuevo y a la vez malgastado siglo 21, las soluciones bélicas claras y comandadas centralmente entre facciones determinadas (léase guerra civil) están descartadas. Ya casi no es posible el enfrentamiento de dos facciones en pugna y la victoria determinante de una de ellas.

Ahora la violencia se manifiesta como una red que va envolviendo cada vez más estamentos de la sociedad, clandestina a veces, que repentinamente emerge y se acciona por los motivos más dispares.

Se puede culpar a las también violentas diferencias sociales, a los estados anímicos y desórdenes psíquicos provocados por el aislamiento durante la pandemia a otros padecimientos del alma de los argentinos.

Pero el hecho es que está siempre a mano como una herramienta para superar las eternas frustraciones que tenemos como nación.

Ya parece que es muy difícil modificar este rumbo de colisión que tiene el país. En la esquina parece que el semáforo tiene las dos luces en rojo y pronto se encenderán las verdes y avanzaremos a la vez.

Volver atrás es imposible, quedarnos en la nostalgia de lo que fuimos y tratar de volver para empezar de nuevo es imposible. La historia no se repite, avanza inexorablemente y va dejando atrás a los que intentan detenerla, o los arrolla directamente.

Dos muestras de odio ocurrieron estos días, visibles pero que no deben impedir que veamos otras que ocurren a diario, conmueven a los argentinos y suscitan discusiones, análisis, condenas y defensas que nuevamente nos paralizan en esa esquina ficticia.

Por su centralidad, el triste episodio de la marcha del Día de a Lealtad con el pisoteo y profanación de las piedras del recuerdo, casó un dolor e incomprensión que se prolongará en muchas almas acongojadas, y me atrevería a decir que, en lugar de ira, odio o repulsión, esas actitudes provocan miedo.

Sí, un extraño temor al percibir que hay gente que parece normal, pero que al parecer se siente tan acorralada que no tuvo límites para demostrar un fanatismo que escapa hasta las razones presuntamente ideológicas. ¡Ay de nuestra Argentina si esto cundiera y se repitiera en otras acciones similares!

Allí en la Plaza de Mayo no pareció haber más intencionalidad que la ignominiosa actitud de unos pocos y el plauso de otros muchos, amparados como siempre en el anonimato de la aprobación cobarde.

Otro es el caso de la creciente inestabilidad y violencia que se está produciendo desde hace tiempo en la Patagonia argentina como reflejo de lo que ocurre del lado chileno de la Cordillera.

Son los ataques a bienes particulares y del Estado nacional por parte de la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), incluso con lesiones y privación de la libertad a las personas, que están demostrando otro foco de odio tal vez genuino o tal vez interesado.

Decimos genuino porque debe quedar algún resabio de las consecuencias las guerras entre el huinca y el indio para poseer la tierra que les habría de dar su sustento de la manera más acorde con el estadio de evolución que tuviera cada parte en determinado corte de la Historia.

El desplazamiento y en parte extermino de lo naciones indígenas fue un hecho que generó dolor y muerte para el perdedor, opresión e injusticia para esos pueblos que quedaron fuera de todo sistema.

Pero la Historia no puede ser contrafáctica y lo que pasó no tiene vuelta. Sin embargo, en esta también intersección del camino es posible buscar, además del reconocimiento de la entidad, de sus tradiciones y cosmogonía, nunca se saldó la deuda de posibilitarles a esos pueblos un espacio para su desarrollo económico que garantice su sustento y progreso sin obligarlos a desculturizarse.

Cabe preguntarse por qué tanto empeño en tolerar la violencia de los supuestos mapuches, e incluso apañarlos en actitudes sediciosas que atacan a los argentinos jurídicamente organizados en un Estado soberano, y no procurar algo similar con los pueblos quom, pilagás, huichi, toba, entre otros, que sobreviven en estado de abandono y postración ante la indiferencia de un Gobierno que dice defender a todos los pueblos originarios.

Dejando de lado cualquier teoría conspirativa, es necesario que, además de cuidar los intereses y la seguridad de los argentinos de la Patagonia, se vaya aclarando por qué motivo y hasta cuándo se va a dejar en manos de un grupo de sediciosos la paz y los derechos de todos.