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La incógnita de saber si el 2020 se disfrazó de 2021

Todavía hay seres humanos que, en muchas partes del mundo, en particular por estas tierras, insisten con su postura de no darle toda la importancia que el COVID-19 debe tener

Hay sobrados motivos para que muchos pensemos que el año cronológico está, porque los 365 días ya fueron y se impone otro segmento de 365 días donde las agujas del tiempo se movieron a un nuevo casillero.

Pero el tiempo de la vida de la humanidad, en particular los que vivimos en esta parte del planeta, sigue paralizado y mirando cómo va carcomiendo su existencia ese bicho indomable llamado coronavirus desde que apareció por allá, en el mes de noviembre del 2019.

Con todo lo que ha sucedido y le sigue sucediendo al ser humano, cuya ciencia médica en sus más sofisticadas modalidades hacen esfuerzos denodados para doblegar el mal que nadie detiene en contagios y muertes, no muestra generalizada preocupación y, en consecuencia, una misma dirección para enfrentarlo.

Todavía hay seres humanos que, en muchas partes del mundo, en particular por estas tierras, insisten con su postura de no darle toda la importancia que el COVID-19 debe tener.

Los desenfrenos en todo sentido que poblaciones enteras asumen por estas horas solo han fortalecido al virus, que ya tiene una nueva cepa y avanza con una segunda ola que es mas letal que la primera.

Si bien es cierto que es una carrera vital por la vida lo que hoy ocurre ante el acrecentamiento de la embestida del bicho, donde nos aferramos a esa vacuna que es controversial y no totalmente segura, como Sputnik V, o esperamos por otras como Pfizer de BioNTech, de AstraZeneca, de Janssen, de Novavax y de Moderna, el tema sigue siendo que cambiemos definitivamente nuestros modos de convivir con nuestro entorno y desde nuestro entorno con el resto de la comunidad.

Donde nos demos cuenta de que todo cambió y que eso implica necesariamente que la prioridad de ese rotundo cambio es cuidar y preservar la vida, nada más y nada menos.

Es inaceptable que no terminamos de salir del grave momentos que nos puso el virus a los argentinos, donde por meses, día a día contábamos contagiados y muertos, y ahora, con ligereza explotan los contagios cuando el país se dispone a tratar de mezclarse con su naturaleza en un verano raro y difícil.

Donde está claro que deberá prepararse, sí o sí, a un eventual regreso de las restricciones duras.

La pregunta que cabe inmediatamente es qué pasará entonces, si vuelve a paralizarse todo. No debería ser así, pero no se sabe.

Tanto los gobiernos de las provincias como el nacional tienen latente delante de sí el dilema de contrarrestar la pandemia con un sistema de salud que mostró grietas por indecencia de la política en décadas que lo puso al borde del colapso.

Y por otro lado, que todo el sistema económico no reciba más golpes y no se derrumbe, como ya ha sucedido en muchos sectores que produjeron bajas en importantes inversiones y abultado número de fuentes de trabajo.

Se diría que nuestra tierra criolla vive su hora más difícil y es grave notar que hay un alto porcentaje de sus ciudadanos no se dan cuenta de ello.

La lucha cuerpo a cuerpo con el coronavirus será mas difícil, aún con vacunas.

Mantener de pie a la economía implicará también mucho esfuerzo, porque el nervio motor, de vida y de proyección del país depende de ella.

Es cierto que el COVID-19 requiere todo el campo de atención para que no se desplome todo un país ante sus garras. También es cierto que su sistema económico no resistiría una nueva parálisis, porque allí también se desplomaría la Nación.

Consciencia y sensatez conlleva a una responsable actitud de quienes aquí vivimos.

Un importante ejemplo que se dio por estos días habla de ello, cuando empresarios hoteleros y gastronómicos de los principales lugares turísticos del país, principalmente de la costa atlántica, se mostraron reticentes a tomar reservas de muchas personas que llamaban de distintas provincias.

El lapidario argumento es que no saben qué puede suceder ante la creciente presencia de la segunda ola de la pandemia que ya se nota en el país, ya que la mayoría de esos importantes polos turísticos adolecen de infraestructura de UTI COVID.

Como se puede ver, todo sigue igual. Aún cuando la gente arroja al universo visiones y aspiraciones optimistas que todo será diferente, que el maldito año ya se fue y que todo volverá a la normalidad en el año que se ha iniciado.

Cuando en realidad el 2021 es solo un número, que sirve de disfraz de un 2020 que se instaló definitivamente de la mano de una de las letales desgracias humanas que nadie previó ni intuyó que podría suceder.