|28/05/20 08:06 PM

La espada oxidada

La reestructuración de nuestras Fuerzas Armadas, como pretende el Ministerio de Defensa, no daría resultados positivos si antes no se define cuál es su misión específica, además de organizarlas, equiparlas e instruirlas

No hace falta ser un gran especialista en armas para saber que el óxido es uno de sus enemigos. Otros, más pícaros, agregan a los políticos entre estos últimos.

Veamos cuánto hay de cierto en los dichos.

Para empezar, hay que decir que nos enteramos por la prensa de que el ministro de Defensa, Agustín Rossi, firmó una resolución para crear una comisión especial de reforma a la ley de personal militar y de reestructuración de las Fuerzas Armadas (FF.AA.). 

Al efecto convocó a los exministros de Defensa de Cristina Kirchner, Nilda Garré, y de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa, Horacio Jaunarena.

También ordenó integrarla con un representante designado por el Estado Mayor Conjunto, uno por cada una de las FF.AA. y el secretario de Estrategia y Asuntos Militares.

Además, se informó que se invitará a las comisiones de Defensa de Diputados y del Senado para que dispongan de dos representantes por cada una, por el oficialismo y la oposición.

Sabemos que no es la primera vez que se intenta este tipo de reformas, aunque, ya se habla de una nueva estructura. Nos preguntamos si este sería la secuencia correcta, cuando todavía y, hasta donde sabemos, no se han definido sus misiones.

 

El problema de la misión

Cuando hablamos de la misión o de las misiones hacemos mención a lo que los Clásicos definían como la causa final. Vale decir aquella que nos habla del para qué una determinada organización existe.

Llegado a este punto, nos podemos preguntar respecto de cuál o cuáles deberían ser las misiones de nuestras Fuerzas Armadas.

Obviamente que ya existen algunas precisiones al respecto, contenidas en nuestra Constitución Nacional y en las leyes que reglamentan su ejercicio, en el caso específico que nos ocupa, en las leyes de Defensa y de Seguridad Interior, y también en su polémica reglamentación mediante los sucesivos decretos reglamentarios.

Las FF.AA. son, por definición propia, una organización equipada y educada para funcionar en el ambiente hostil de la guerra. Casi abolida ésta por diversas circunstancias históricas, muchos se preguntan qué hacer con este costoso instrumento.

En principio hay que reconocer que si la guerra convencional –vale decir el enfrentamiento armado de un Estado contra otro– hoy no tiene la exclusividad de la que gozó en el siglo pasado, no ha pasado lo mismo con todos los conflictos. Por el contrario, estos han proliferado.

Por lo tanto, tener hoy FF.AA. preparadas para algo que tiene una baja probabilidad de ocurrencia es, simplemente, condenarlas a la irrelevancia. Por el contrario, prepararlas para lo probable es darles la oportunidad de que sean parte de la solución y no del problema.

Ergo, la primera tarea de ese estudio debería ser la definición de la misión de esas FF.AA. En consecuencia, hay que encontrarles a ellas una misión o misiones acordes con los tiempos que corren y que, a la par, sean de utilidad para la sociedad en su conjunto, ya que esta es la mejor forma de recuperarlas y detener su deterioro.

Llegado a este punto cabe interrogarse sobre las tareas que esa misión o misiones deberían incluir.

En principio, hay que reconocer que el eje de los conflictos ha pasado de lo interestatal a lo intraestatal. Y también que los enemigos de los Estados han dejado de ser sólo otros Estados, para pasar a ser agentes no estatales, como el terrorismo y el crimen organizado en todas sus variantes, solo por nombrar a los dos principales.

Alguien podría argumentar que para estos casos están las fuerzas policiales y las de Seguridad. Pero sabemos que la creciente peligrosidad de los grupos señalados más arriba demandan hoy que estas fuerzas sean apoyadas por las capacidades que solo una fuerza militar puede aportar. 

Pongamos como ejemplo, entre muchos posibles, la custodia de nuestros espacios aéreo y marítimo. Su propia naturaleza exige que se lo haga mediante una fuerza aérea y una naval, respectivamente.

Otra misión trascendente para estas fuerzas son las misiones de paz, entendidas como un instrumento de nuestra política exterior y también de prestigio para nuestras fuerzas de paz, las que siempre se han destacado en el cumplimiento de estas misiones. Y secundariamente, como un forma de mejorar sus niveles de adiestramiento.

Tampoco podemos olvidarnos de la necesidad de prepararnos para enfrentar las consecuencias negativas del cambio climático –las que han llegado para quedarse–, como son los desastres naturales y las emergencias. 

Mucho menos el actual desarrollo de las tareas de apoyo a las autoridades civiles en ocasión de la pandemia del COVID-19, ante las cuales los medios de las FF.AA., especialmente los de uso dual, son particularmente útiles para mitigar los daños que estos fenómenos producen en las poblaciones y en la infraestructura del país.

 

Los parámetros de diseño

En definitiva, una vez definida la misión habrá que organizarlas, equiparlas e instruirlas para las tareas que ella implique.

Al respecto, es necesario enunciar parámetros de diseño, que ya los delineamos en nuestro libro El ABC de la defensa nacional en el siglo XXI: bases y puntos de partida para la conformación de una política de Estado.

Estos son los siguientes:

● Bajo un control civil adecuado.

Si bien este es un tema ya superado, pues las FF.AA. se han adaptado a la necesidad de estar bajo un control político y se educan en la total observancia de las leyes de la guerra y de respeto a los Derechos Humanos, en los últimos años se cayó en el error de pretender que los militares no eran más que funcionarios de uniforme y que se los podía manejar en ese sentido. 

Esta actitud, por un lado negó la esencia de la profesión militar y, por el otro, permitió la politización de los altos mandos. Al respecto, hay que retomar el sano concepto de que las FF.AA. están al servicio de la Nación y no de un partido en particular.

● Con capacidades de amplio espectro.

Una consecuencia obvia del desarrollo de las tendencias señaladas es la necesidad imperiosa de adaptar a nuestras FF.AA. para enfrentar esta nueva realidad si hasta el momento las mismas sólo se prepararon para librar una guerra convencional contra otra fuerza similar. 

En esta nueva visión deberán hacerlo para enfrentar un amplio espectro de posibilidades, las que van desde el apoyo a la comunidad ante un desastre natural, pasando por una misión de paz compleja, hasta la disposición de una capacidad de disuasión en lo relacionado con la guerra convencional.

Esto les permitirá, incluso, interactuar en un nivel de paridad con las fuerzas armadas de nuestros socios regionales.

● De carácter expedicionario, ligeras y potentes.

La actual conformación y despliegue de nuestras FF.AA. es el resultado de la yuxtaposición de sucesivas reformas militares incompletas orientadas a colocar una unidad militar donde se la necesitaba. 

A estas necesidades del pasado hay que armonizarlas con las exigencias del presente.

En principio, es necesario contar con una red de alerta estratégica que nos permita advertir cualquier intento de penetración ilegal de nuestras extensas líneas de frontera.

Esto se puede lograr muy bien con adecuados medios técnicos, acordes a las características de cada zona, tales como una adecuada cobertura de radar y de otros sistemas de vigilancia electrónica, complementados mediante patrullas terrestres, marítimas y aéreas.

Por otro lado, será necesario contar con un sistema de reservas regionales que puedan rápidamente desplazarse al lugar donde se haya producido una penetración ilegal. Éstas deberán estar equipadas con los medios técnicos que les otorguen una adecuada movilidad táctica de transporte terrestre.

A su vez, se deberá contar con una reserva central de nivel nacional, denominada fuerza de despliegue rápido, que con medios de movilidad estratégica –básicamente de transporte aéreo– pueda concurrir a los lugares donde el Presidente de la Nación desee materializar su centro de gravedad.

Cada una de estas fuerzas deberá estar en condiciones de cumplir con cualquiera de las tareas que le impone su misión, aún con efectivos reducidos.

Para ello deberá contar con un alto grado de agilidad y de potencia, aspectos que se conseguirán mediante un elevado pie de alistamiento y de adiestramiento de su componente humano y con medios militares aptos para operar en todo tiempo y en todos los ambientes geográficos que sean de nuestro interés.

En forma paralela, se deberá crear –pues no existe– un sistema logístico de apoyo descentralizado que pueda funcionar no sólo en tiempos de paz, sino especialmente en situaciones de conflicto o crisis, y que se encuentre en condiciones de colaborar en forma continua y estrecha con los elementos de combate que sean desplegados, independientemente de la distancia y el lugar donde se encuentren.

 

Conclusión

No caben dudas respecto de la pesada herencia que ha recibido el nuevo gobierno en áreas vitales del Estado.

Lo bueno es que en el caso de la Defensa, si se lograra rehabilitarla no sólo se saldaría con ello una vieja deuda de nuestro sistema político en democracia, sino también una que podría ser el catalizador para solucionar muchas otras, como el problema de la seguridad, las respuestas a situaciones de emergencias y la reactivación de la producción para la Defensa, entre tantas otras que podrían mencionarse.

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.