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La educación, inadmisible caballito de batalla electoral

El objetivo de volver a las aulas es que no se pierda el hilo conductor de la formación intelectual, pero como siempre pasa, es usado para cuestiones políticas

El que hizo punta con la enorme cinchada que implica reinstaurar la normalidad del sistema educativo en el medio de una pandemia sin precedentes en la historia de la humanidad, es Horacio Rodríguez Larreta, en la superpoblada Capital Federal.

Con una postura desafiante ante una administración nacional que solo atinó al encierro masivo y en eso se empeñó hasta que el mundo produjera medidas que contrarrestara la presencia contagiosa y letal del virus.

El criterio del jefe del Gobierno porteño se basó en los cuidados sanitarios para que tanto alumnos como docentes puedan llevar adelante el denominado sistema semipresencial.

El objetivo es que no se pierda el hilo conductor de la formación intelectual de miles de alumnos en todos los niveles de la educación.

Pero también demostrarle al gobierno de Alberto Fernández por dónde deberían pasar las prioridades del país, aún dentro de este delicado estado sanitario que atraviesa Argentina.

La llegada de las vacunas fortaleció la postura del funcionario del PRO capitalino y obligó al gobierno del Frente de Todos a cambiar la estrategia y habilitar el ciclo lectivo 2021 con presencia en las escuelas.

En el medio, dos fuertes manifestaciones en todo el país, donde la gente expresaba casi a los gritos que el encierro por encierro mismo no nos conducía a nada.

Todos los sectores políticos en pugna pusieron en la mira la vacunación masiva en todo el país, para comenzar a pelearle al coronavirus con un poco de igualdad de condiciones en un terreno que había sido desfavorable y mortal para todos.

Pero allí la política, como se sabe, mostró su rostro sinvergüenza con el que siempre se manejó, en beneficio propio y de los amigos, y que el resto que se quede defecando.

Entonces, con lógica, los que debían ser vacunados no lo son por dos motivos: la corrupción, que perdió en el camino muchas dosis, y la impericia del Gobierno que no supo y no sabe cómo adquirir las dosis necesarias para todo el país.

A lo que hay que agregar la soberbia de algunos funcionarios, como el jefe de Gabinete de ministros, Santiago Cafiero, que a principios de año señalaba que el único que compraba y distribuía vacunas era el Gobierno nacional y ahora dice todo lo contrario, dejando en el medio un tiempo precioso totalmente perdido por muchas administraciones provinciales que pretendieron comprar su propia dotación de dosis de vacunas.

Hoy, el sistema educativo, como en todo sitio donde hay mucha gente que va y viene, más allá de las denominadas burbujas y todas las medidas que dicen haber tomado para garantizar el ciclo lectivo 2021, está en problemas. Y problemas graves.

Porque al personal docente, administrativo y de celadores, que se contagian en su propia interrelación familiar y social, se agregan los alumnos que viajan en el transporte público de pasajeros donde, muchas veces, la gente no tiene precauciones, y ese alumno baja de la unidad que lo transportó a la escuela con el virus encima.

Ni hablar de los jóvenes y los no tan jóvenes que se zambullen en reuniones donde los cuidados están a fojas cero y después explotan en las escuelas.

No hay suficientes vacunas y la gente, increíblemente, todavía no tiene consciencia de lo que estamos hablando cuando se habla de coronavirus.

El sistema de medidas sanitarias no alcanza aún la potencialidad necesaria como escudo blindado contra el virus.

Sin embargo, se insiste con la presencialidad en las escuelas y el gran riesgo que ello implica, ya no solo para el sistema educativo, sino para la gente.

Es inconcebible notar que desde la educación no se esté irradiando perfeccionamiento intelectual, sino solo multiplicidad de contagios hacia todos los sectores que convergen en él.

Que los objetivos de la currícula se diluyan entre el combate contra la pandemia de toda la comunidad educativa y el resto de los ciudadanos.

Todos, sintiéndose rehenes de los metejones políticos, que de desafíos pedagógicos ante la nefasta pandemia del coronavirus.

Inaceptable e inadmisible cuestión la que envuelve un ciclo lectivo que es más históricamente atípico que lo que fue el inolvidable 2020 y no por lo que significará para cada grado y cada año que deben promocionar primarios y secundarios, sino porque es una herramienta política electoral.

Cruelmente manipulada por los que se quieren imponer en las elecciones de medio tiempo, los que quieren el fracaso educativo, sin medir siquiera lo que ello implicaría para el país y la provincia.

Para todos los que no les interesa el fin último de la educación: formar, capacitar, concientizar y despertar al máximo el intelecto del futuro de la Argentina en general y de Mendoza en particular.

Hoy, tan necesarios para los tiempos que vienen con la superación de uno de los momentos más difíciles que le ha tocado vivir a la humanidad.

Pero no debemos olvidar que vivimos en la Argentina y en una Mendoza donde la educación es un cuestionable caballito de batalla electoral. Donde solo importa ganar una elección; total, los que compitan en ella ya se inmunizaron con la dorada dosis que los salvó de la guadaña del coronavirus.

Mientras, el ciclo lectivo servirá para ganarle una cinchada al contrincante de la elección de medio tiempo, sobre las espaldas enfermas de docentes, celadores y alumnos.