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Iconoclastas y separatistas del Siglo XXI

Analizando lo que ha ocurrido en la historia del mundo en cuestiones reivindicatorias –ya sea de un lado o de otro–, nos debería quedar claro que nunca son gratis y siempre tienen consecuencias amargas para la misma sociedad

Etimológicamente, el término iconoclasta se refiere a quienes destruyen iconos sagrados, una postura que se inició en el Imperio Bizantino cuando en 726 su emperador, León III, prohibió la veneración de las imágenes que representaban a Cristo y a los santos.

Esto produjo serios enfrentamientos que concluyeron cuando Constantino V, hijo de León, usó toda su fuerza militar para combatir a los iconoclastas. Finalmente otro descendiente, León V, restauró los iconos destruidos en el 846. 

Como se ve, el tema de los íconos es complicado y puede producir serios enfrentamientos. Aunque se trate de viejos íconos, como es el caso actual de los EE.UU.

El ícono en cuestión es la bandera de batalla confederada que guiara al bando sureño durante la sangrienta Guerra de Secesión que sacudió a ese país a fines del Siglo XIX y que aún sigue siendo el conflicto más sangriento librado por los Estados Unidos.

La exhibición de la bandera confederada ha sido, siempre, un asunto polémico que ha desencadenado sentimientos encontrados.

Es que para muchos habitantes de los Estados del sur es simplemente un símbolo de sus tradiciones culturales y una muestra de respeto hacia sus ancestros, pero otros  la ven como un símbolo de la institución de la esclavitud.

Todo venía más o menos bien hasta la muerte del afronorteamericano George Floyd a manos de la policía en la ciudad de Minneapolis, casi dos meses atrás. Todo lo que vino después es bien conocido por todos. Protestas, marchas pacíficas y de las otras, debates sobre la igualdad y los derechos civiles y un largo etcétera. 

Una de las actividades que tuvieron lugar en el marco señalado fue la vandalización o simple destrucción de los monumentos históricos considerados “icónicos” del racismo.

Al principio, los blancos elegidos eran personalidades de nivel universal, como el caso de nuestro conocido Cristóbal Colón, o nacional estadounidense, como las mismísimas figuras de George Washington o Abraham Lincoln. 

Al parecer las comunidades blancas estaban dispuestas a pagar ese precio por su pasado llegando, incluso, al retiro preventivo de monumentos polémicos sin esperar que fueran atacados por los manifestantes. 

 

Un enfrentamiento demasiado peligroso

Pero todo tiene un límite. Hasta la tolerancia hacia la iconoclastia histórica. Y este parece haber sido alcanzado en los EE.UU.

No en las grandes capitales ni en las grandes ciudades sino en las pequeñas, especialmente en las del Sur, ya que allí grupos de blancos armados han decidido ponerle límites al revisionismo afronorteamericano.  

Son ellos, los despreciados ‘redneck’ (una persona blanca pobre sin educación que vive en el campo en el sur de los Estados Unidos y que tiene prejuicios, creencias injustas e irracionales), los ‘hillbilly’ (también usado como un término despectivo contra los blancos pobres) o, simplemente la ‘white trash’ (varones blancos, supremacistas, heterosexuales, anarquistas, antigobierno, amantes de las armas y de los autos veloces).

Sea como sea, ellos no están solos. Los apoya el propio Presidente de los EE.UU., quien simpatiza con su ideario y se ha negado sistemáticamente a condenarlos. 

Otros analistas creen que son el resultado del exceso de prerrogativas y deferencias hacia las minorías por parte del establishment a través de políticas como la “afirmative action”, que son medidas dirigidas a proteger a los grupos minoritarios para ayudarlos a superar o minimizar sus desventajas, pero que en la práctica se han  traducido en una discriminación contra los grupos mayoritarios.

Pero hay un hecho nuevo que bien podría cambiar el desenlace de los numerosos y frecuentes protestas en la historia norteamericana por lograr una verdadera igualdad civil.

Esta vez los sureños armados que defendían a sus monumentos, a sus banderas y a sus estatuas, no  se encontraron con la policía del condado ni con la guardia nacional estatal, sino con movimientos similares de negros armados como ellos. 

Esto es algo que pone el enfrentamiento en otros términos mucho más antagónicos y peligrosos que los del pasado, ya que es el Estado quien ha optado por hacerse a un  costado y permitir que facciones armadas diriman sus diferencias.

Y aunque la sangre aún no ha llegado al río, nadie parece querer garantizar que esto no llegue a suceder. 

Probablemente, una investigación psicológica nos diga que muchos de la despreciada “basura blanca” son buscadores de emociones fuertes, impulsivos, inflexibles, obsesivos, violentos que tienen problemas para manejar su ira. Sobre todo cuando dicen defender sus derechos individuales. 

Lo que nadie va a reconocer, o al menos interrogarse, es si las personas en cuestión pueden tener alguna razón para hacer lo que se dice que quieren hacer. Vale decir, defender los que consideran son los valores de su propia cultura. 

 

La postura radicalizada de Trump

Hasta donde hemos podido investigar, estas tendencias se pusieron en marcha en la década de 1960 y se aceleraron en los años 70.

En la década de 1980, hasta cierto punto, fueron controlados por Ronald Reagan. Desde entonces se han convertido en una tendencia importante, con episodios violentos como el atentado de Oklahoma (1995) y la toma de Waco (1996). 

Pero fue particularmente bajo la presidencia de Barak Obama que todo movimiento sospechado de estar vinculado con la “basura blanca” o que no respetara los derechos de las minorías fue condenado de antemano bajo la consigna de promover el  “discurso del odio”. 

Obviamente que la postura contraria y radical de Donald Trump ha catalizado una situación que él no ha creado, pero sí ha contribuido a radicalizar, ya que lejos de una postura prudente que buscara desescalar la crisis, la ha potenciado con claras miras electoralistas. 

De todos modos, a estas alturas ya poco importa quién la inició o quiénes tienen razón y sobre qué temas.

Lo que sí nos debería quedar claro a  nosotros los mendocinos, es que estas cuestiones reivindicatorias, ya sea de un lado o de otro, nunca son gratis pues la historia no da descuentos. 

Y mentar cuestiones históricas ya dirimidas y superadas, como si el Sur tiene o no el derecho a hacer flamear su vieja bandera o si el Norte debe imponer su discurso a cualquier costo, van a tener consecuencias amargas. 

De eso nadie tiene dudas.