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Golpe blando y la democracia en riesgo

Que una candidata del Gobierno considere que las críticas son un ataque a las instituciones, habla más que nada de la propia intolerancia a las reglas de la democracia

En un sistema democrático con tantas cicatrices y en una sociedad tan lastimada, es imprudente y hasta cruel jugar con algunos términos, con el solo propósito de ganar una partida electoral, por más fundamental que se diga que es para la historia y el futuro de los argentinos.

Que una candidata del Gobierno nacional considere que las críticas, el intento de los partidos no oficialistas, intenten captar votantes criticando duramente a las autoridades, considere que es un ataque a las instituciones, habla más que nada de la propia intolerancia a las reglas de la democracia.

Lo penoso es que esa no es solo la opinión de la aludida aspirante a una banca por la provincia de Buenos Aires. En el discurso de la plana mayor del peronismo-kirchenrismo se exuda la permanente advertencia de que los objetivos son irrenunciables y que la única forma de lograrlos no es el juego político sino la lucha hasta el final.

Seguramente los asesores recurrieron a la definición de golpe blando que entrega Wikipedia, donde como sabemos aportan textos de todo tipo y origen. Allí se define como golpe blando a las protestas populares, las críticas y la acción de la prensa y se atribuye esas acciones a la insidia de algún poder externo para desplazar a las autoridades constituidas. En consecuencia, la única democracia segura sería la del silencio cómplice y temeroso.

Como se sabe el peronismo nació y sigue mostrando un sesgo movimientista, en el que, si no se pertenece a esa totalidad, se está afuera. El programa del movimiento es el único posible para sus dirigentes, no admite planteos ni discusiones. Además, al ser masivo y no tener un sistema genuino de elección de autoridades, quien lo lidera se autopercibe como la voz del pueblo, el elegido para representarlo sin intermediarios. Entonces ha nacido la autocracia, eufemismo suavizante del término dictadura.

Hablar de golpe en la Argentina es liberar los peores fantasmas, en un país signado por las asonadas y los golpes con tropas en la calle, el manoseo de la república durante décadas y el trágico colofón de la locura genocida de Videla y los suyos, prácticamente es menospreciar las vidas que se perdieron y mofarse del oprobioso baldón del término desaparecidos.

El recurso de endilgarle a la oposición y a muchísimos ciudadanos de a pie aviesas intenciones antidemocráticas, expresa por un lado casi una resignación a un previsible resultado electoral negativo, y por el otro anticipa la no aceptación genuina del resultado. En consecuencia, el oficialismo se posicionaría para los próximos dos años muy lejos de reflexionar y formular una autocrítica.

Ahora bien, suponiendo que haya una gran cantidad de personas que no les gusta este Gobierno o que se arrepienten de haberlo votado, y que consideran que sería saludable que renunciara el Presidente, y si quiere también la vicepresidente, algo que ya ha pasado en la Argentina, están previstos los mecanismos para preservar las instituciones que prescribe la Constitución.

Hay una Ley de Acefalía que prevé la sucesión en caso de renuncia, muerte o invalidez sobreviniente, esa ley prevé que el vicepresidente complete el período y si a este le pasa lo mismo, el cargo presidencial será ocupado por un funcionario elegido o sea alguien que sea miembro del Congreso nacional o gobernador de provincia. Pasó cuando murió Perón y cuando renunciaron Alfonsín, De la Rúa, Rodríguez Saá y Duhalde, en ningún caso se habló de golpe blando ni se usó el término destituyente y a lo mejor hubo más motivos para decirlo que ahora.