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Giro a la derecha

Con su enfrentamiento, los dos partidos mayoritarios de la Argentina no estarían haciendo otra cosa más que serruchar la rama en la que están sentados, el bipartidismo imperante, posibilitando el surgimiento de una tercera fuerza rupturista que podría aprovechar los errores de ambos

En un análisis sencillo y superficial de la derrota electoral del oficialismo, especialmente en la provincia de Buenos Aires, podríamos decir que se castigó a una mala administración y que, a la vez, se despejó el camino hacia una eventual presidencia a cargo de un candidato de Juntos por el Cambio para el 2023. Pero, ¿esto es tan así?

Para empezar, habría que admitir que si al macrismo se lo estigmatizó como un “kichnerismo de buenos modales”, a este Gobierno se lo podría caracterizar como un “macrismo de prepotentes”, ya que ambas administraciones han mantenido varias constantes comunes. A saber:

  • La mutua elección como enemigos.
  • Las políticas de ajuste económico y el cumplimiento irrestricto de las políticas monetarias del FMI.
  • El impulso de las agendas globales relacionadas con el cambio climático y la ideología de género.

Pero para seguir podríamos hacer algunas comparaciones. Por ejemplo, la mencionada victoria de Juntos por el Cambio en la provincia de Buenos Aires, donde obtuvo el mismo porcentaje de votos que en las últimas PASO presidenciales, por lo que por allí no hubo ganancia.
Entonces, ¿a dónde se fueron los votos que marcaron las diferencias?

En principio, sabemos de dónde se fueron, ya que hubo pérdidas –y muy grandes– en los porcentajes del Frente de Todos, que obtuvo menos que en la recordada elección de 1983, tras la famosa quema del féretro por parte de Herminio Iglesias.

Aquí lo que hubo fueron escándalos mayúsculos que pudieron ser explotados mediáticamente, como los casos del vacunatorio VIP y la fiesta de cumpleaños de la primera dama en medio de las restricciones más duras del aislamiento pandémico.

También sabemos que muchos votos migraron hacia los cuadros del naciente “anarcocapitalismo” de Javier Milei, reforzado por el buen resultado de Ricardo López Murphy en la interna de Juntos por el Cambio, quien tiene ideas similares. 

Esto, sumado a los halagos indirectos que recibió el primero de ellos por parte de las primeras figuras de la oposición, no hace más que reforzar la percepción de que el electorado ha iniciado un pendular giro hacia la derecha. Lo que también hace previsible que muchos votos de los sectores más duros de Juntos por el Cambio migren hacia propuestas más claras en esa dirección. 

Asimismo hubo ganancias, aunque éstas no puedan ser contabilizadas por el momento por nadie, cual fue la baja participación electoral (la más baja para unas PASO) y en los altos porcentajes de votos en blanco y nulos, los que bien contados llegan a un 40% del electorado. 

Sin embargo es este dato el que más debería llamarnos la atención. Precisamente porque es un llamado de atención para todos los partidos políticos, ya que expresa un hartazgo del electorado en general. 

Hartazgo que puede ir creciendo y que no deja de ser un aviso, tal como sucedió con las elecciones legislativas de octubre del 2001 que presagiaron la crisis de diciembre de ese año.

Frente a las próximas elecciones, las que muy bien pueden reforzar todos los aspectos analizados, se abren dos grandes posibilidades.

Una posibilidad deseable, pero muy poco probable, sería que ambos partidos mayoritarios cerraran filas en torno a sus coincidencias y que asumieran una suerte de pacto de gobernabilidad que le permitiera a esta Administración terminar su mandato sin mayores sobresaltos, especialmente, en lo económico.

O por el contrario, como parece ser lo más probable, es que ambos espacios se enfrenten en una lucha “a muerte” de recriminaciones, más destinadas a su público interno y a evitar las migraciones de sus sectores más duros que a ampliar su base de consenso.

Llegado a este punto, las reflexiones nos llevan a un recuerdo histórico, que es la segunda mitad de la presidencia de Raúl Alfonsín. No son pocas las coincidencias, tales como una galopante inflación y una moratoria en los pagos de nuestra deuda externa, a la par de una figura presidencial desgastada. En el caso del histórico por la ocurrencia de las sublevaciones militares y en el actual por claras muestras de inconducta personal. 

Pero lo que no es igual a aquella oportunidad es la ausencia de un conciliador como lo fue Antonio Cafiero, que le tendió una mano salvadora al Alfonsín de aquel entonces. Hoy por hoy, no sólo falta ese personaje que pueda tender los puentes para un acuerdo, más bien todo lo contrario, si se piensa en la figura de la vicepresidenta, la que ve mermado su poder real frente a la segura pérdida de senadores propios y el fracaso de su proyecto político. 

Pero de proceder así, ambos partidos no estarían haciendo otra cosa que serruchar la rama en la que ambos están sentados, la del bipartidismo imperante, dando lugar al surgimiento de una tercera fuerza rupturista. 

Una que muy bien tuviera como consigna principal la sustitución de ambos, ya que se están dando todas las condiciones para que aparezca un emergente, tal como ya sucedió en los EE.UU. con Donald Trump o con Jair Bolsonaro en Brasil. 

Pero como dice el líder de los Beatles, Paul McCarthy, todo termina si está bien y si no está bien es porque no ha terminado aún.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.