|22/08/21 09:36 AM

El silencio de las piedras y los pasos

En los últimos días hemos viso en las calles del país dos enormes movilizaciones de argentinos dolientes que buscaron respuestas a sus genuinos padecimientos

En ningún punto los argentinos podemos compararnos con lo que están pasando los aterrorizados afganos, los desplazados de Siria en medio de la guerra o los haitianos que viven a merced de las bandas, de la corrupción y la miseria o de los terremotos y huracanes.

La historia está repleta de pueblos que sufren indecibles calamidades mientras el resto de la humanidad mira para otro lado.

Sin embargo, en muchos puntos nos vamos pareciendo paulatinamente a esos casos donde una sociedad entera pierde el rumbo, se deteriora cada vez más y al romperse los tejidos sociales cunde el sentido de salvarse por la vía individual y sin tener en cuenta el daño causado a los demás ni el costo social.

En los últimos días hemos viso en las calles del país dos enormes movilizaciones de argentinos dolientes que buscaron respuestas a sus genuinos padecimientos.

Dos versiones de un mismo país, expresadas en miles de caminantes que no encontraron comprensión ni consuelo ni una ayuda para salir del marasmo social y económico en el que han ido cayendo desde hace ya un tiempo.

 La idea de depositar una piedra con el nombre de una persona que murió de COVID-19 durante la pandemia en la Argentina, se concretó demostrando otra vez la enorme fuerza del silencio, el mismo que se expresó cuando se reclamaba justicia por el asesinato del juez Alberto Nisman, o cuando las madres de los detenidos desaparecidos marchaban enmudecidas por la dictadura alrededor de la Pirámide de Mayo.

Siempre esa clase de silencio golpeó más duro que el grito y la violencia. Colocar una piedra en algún lugar simbólico significó el amargo remedo de un rito fúnebre frustrado por las prohibiciones.

Quienes quisieron hacer un show con el dolor y las lágrimas fueron tapados por el peso insoportable de una realidad que ya no tiene remedio. Incluso los que vandalizaron los pañuelos blancos pintados en el piso de la plaza a quienes escenificaron el castigo a una Cristina Kirchner con traje a rayas, no pudieron, con su ridículo, sobresalir sobre el verdadero dolor.

Tampoco faltó la canallada de relacionar esa expresión tan masiva con el odio: llegaron a decir que los miles de dolientes no pensaron en sus muertos queridos si no en atacar al Gobierno nacional.

La síntesis no pudo ser peor. Las autoridades nacionales se llevaron de madrugada todas las piedras para alejarlas de quien quisiera rendir un homenaje, decir una oración, o llorar en silencio.

Una profanación más; ciertos altares ante los que se pide por un trato mejor o para que se reconozca el sufrimiento, son peligrosos para el poder.

Ahora las piedras están cautivas en un lugar al que no se puede llegar.

El otro rostro de esta Argentina partida fueron las movilizaciones que el Polo Obrero organizó para reclamar, entre otras cosas, mejoras en los planes de asistencia y la posibilidad de acceder a un empleo.

La marcha tuvo muchas aristas que poco contribuyen a que el resto de la sociedad entienda que, más allá del negocio que desde el poder se hace con la pobreza, esas miles de personas igual son pobres y sufren lo indecible para todos los días poder comer, para no tener frío, para poder bañarse o tomar agua.

La humillación colectiva y el pisoteo a la dignidad humana que se vio en las calles porteñas debe ser contabilizada a los que crearon esa estructura de poder basada en la dádiva que no asegura el progreso individual o familiar, sino que convierte a cada vez más seres humanos en sujetos extorsionados por las necesidades extremas sin posibilidad de salir de esa situación.

Se escuchó a muchos que necesitan más ayuda, que con los planes no alcanza, que quieren tener un trabajo.

Había un grito ahogado de que esa dependencia permanente los hunde cada vez más. No se vieron ómnibus ni reparto de choripanes, debieron caminar cientos de cuadras desde los barrios más postergados de la periferia de Buenos Aires.

La marcha reveló el manejo obsceno de organizaciones que dicen adscribir al pensamiento revolucionario que promete una nueva sociedad, pero que han establecido una enorme red que brinda ayuda solidaria, pero a camio de entregar parte de la libertad.

Porque la familia que no garantizaba su asistencia, no cobraba las asignaciones del Estado, que en lugar de ser entregadas directamente al necesitado son manejadas por intermediarios inescrupulosos.

Por eso es que también había angustia, bronca y dolor en esa silente procesión ente banderas rojas.