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El día en que el velocípedo hizo furor en Mendoza

La novedad, que se transformó después en la tradicional bicicleta, llegó a nuestra provincia en 1886 por iniciativa del francés Luis Laffont

Fue a fines del siglo XIX cuando la bicicleta llegó a Mendoza de la mano de un señor de origen francés llamado Luis Laffont, quien la introdujo aprovechando un evento.

Poco tiempo después, la afición por el ciclismo se hizo cada vez más popular entre los mendocinos, que invadieron las calles de la ciudad trayendo algunos problemas a los transeúntes y causándoles dolores de cabeza a las autoridades municipales y provinciales.

 

Un nuevo medio de transporte

En 1885 habían llegado a la provincia de Mendoza el ferrocarril y el tranvía a caballo, que iban marcando un gran cambio en la forma de trasladarse. Pero faltaba algo que revolucionaría a la pequeña ciudad: el velocípedo –o bicicleta– que por aquel tiempo hacía furor en todo el mundo.

La bicicleta llegó a la provincia traída por el destacado velocipedista de origen francés Luis Laffont, quien el 24 de octubre de 1886 ofreció una demostración en este novedoso aparato en la entonces plaza Lima –hoy Italia– y además desafiaba a los intrépidos mendocinos a que se animaran a competir contra él.

Aquel domingo se improvisó una especie de velódromo para realizar el espectáculo, donde una gran parte de la población se hizo presente en la plaza, inclusive con la presencia de algunos funcionarios del gobierno y personalidades de la alta sociedad local.

Desde atildados señores hasta jóvenes deportistas adoptaron el novedoso “aparato”.

A las 14 se inició el programa de actividades con una carrera pedestre de dos vueltas, en la que participaron algunos pioneros del atletismo mendocino.

Cuando finalizó el evento deportivo, se hizo presente la banda de música municipal, que interpretó varias piezas musicales que incluyeron algunas polcas y otras melodías de moda.

Finalizada la presentación, le llegó el turno a la novedad: “el velocípedo”, por la que el público había pagado 50 centavos, una cifra que no era insignificante para esa época, para poder ver este acontecimiento; esta primera carrera duró cuatro vueltas.

Después fue el turno de otros velocípedos, pero esta prueba fue más compleja y los participantes debían competir contra un carro pequeño llamado “tílburi” tirado por un caballo al trote y dar ocho vueltas alrededor de la plaza.

Por último se realizó otra carrera en velocípedo compitiendo con un caballo de silla al trote. Los participantes que lograran vencer estas pruebas serían compensados con una importante suma de dinero. Pero la mayoría de los intrépidos competidores perdieron o abandonaron aquella prueba.

La gente que asistió a ese particular evento quedó impactada y muchos no dudaron en adquirir este “sensacional” aparato.

 

Las calles del infierno

La pequeña aldea comenzaba a tomar forma de una ciudad progresista debido a sus calles, edificios, comercios y su transporte. Por supuesto, el velocípedo aparecía como una nueva alternativa de transporte para la población, sin humo y fácil de circular, que se impuso a partir de 1896, unos diez años después de la demostración ofrecida por Laffont.

Fue tanto el furor que causó aquel aparato metálico de rueda delantera gigante, que cientos de mendocinos circulaban en él por toda la ciudad.

Por aquel tiempo, fueron noticia en todos los diarios las aventuras de un jovencito de 14 años, quien pretendía ser un buen velocipedista y utilizaba todas las mañanas las veredas de las principales calles de la ciudad para practicar.

El inconsciente adolescente a veces perdía el equilibrio en su aparato y en varias oportunidades estuvo a punto de romper vidrieras y atropellar a las personas que circulaban por las veredas como correspondía.

Fue tal la impotencia de los vecinos que finalmente fue denunciado a la Policía, que lo detuvo y lo llevó a la comisaría para aleccionarlo por el daño que estaba causando a los transeúntes. Después de esto, el pibe no tuvo otra alternativa que circular por las calles.

La popularidad del velocípedo se hizo sentir. Cientos de estas máquinas a pedal circulaban por todos lados mientras las autoridades no estaban preparadas para reglamentar esos aparatos. Muchos velocipedistas sin escrúpulos andaban por las veredas más que por las calles, como debían hacerlo, lo que hizo que los peatones tuvieran miedo de salir de sus casas por temor a ser atropellados.

 

Bicipolicías, un invento de antaño

Si uno piensa que los bicipolicías fueron un invento de hace dos décadas en Mendoza impulsado por las autoridades provinciales está equivocado.

La existencia de los bicipolicías se remonta a fines del Siglo XIX, cuando el gobierno provincial realizó la compra de unas cien unidades para incorporarlas a una sección de uniformados con el fin de patrullar las calles en estos rodados.

Estos agentes estaban facultados para atrapar ladrones o acudir súbitamente a controlar cualquier urgencia.

Al poco tiempo de implementar este servicio, se detectó que muchos de estos cometían peligrosas imprudencias al pasar a altas velocidades por las veredas llenas de peatones y, en algunos casos, atropellando a todos los que se le ponían en el medio con la consecuencia de ser agredidos verbalmente por los transeúntes.

Fue entonces que las autoridades provinciales, tuvieron que interceder con penas a estos policías para restablecer el orden en la ciudad.

Posteriormente, este servicio fue disuelto al cambiar el gobierno de turno y por no cumplir con las expectativas que se tenían.

 

La alameda, encuentro del pedal

La bicicleta comenzó a tener una gran incidencia a nivel social y los más pudientes empezaron realizar sus travesías en bellos pasajes como el de La Alameda, donde cientos de personas se lanzaban a pedalear por el histórico paseo los días sábados y domingos. Tampoco faltaron quienes en ese lugar organizaban competencias ciclísticas en esos grandes armatostes con la presencia del público que alentaba a sus competidores preferidos.

El velocípedo primero y luego la bicicleta fueron por muchos años un dolor de cabeza para las autoridades locales, quienes tardaron años en normalizar todo ese furor y prevenir graves accidentes que se producían por la circulación imprudente de sus conductores.

Recién en 1910 el municipio de Capital implementó varias ordenanzas para evitar estos atropellos, pero, como es de costumbre, en su mayoría nunca fueron cumplidas estrictamente por los “pedalistas”.

Inclusive, se propuso que para evitar desgracias personales las bicicletas llevaran una especie de cascabel que avisara o advirtiera a los transeúntes de la circulación del rodado.

Con el correr de los años, el viejo velocípedo se convirtió en la actual bicicleta que miles de personas utilizan hoy como medio de transporte práctico, económico y saludable.