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Después de la peste... ¿la guerra?

Más allá de que estemos de acuerdo o no respecto de que a la pandemia le queda poca vida y que pronto todo volverá a la normalidad, al parecer ahora –como en el Apocalipsis– son el caballo negro del hambre y el rojo de la guerra los que parecen perfilarse en el horizonte

En el último de los 46 libros de la Biblia, el Apocalipsis, se describen las instancias finales de la creación. El relato comienza con Dios sentado en su trono celestial, con un pergamino en sus manos que está cerrado con siete sellos. Luego abre los primeros cuatro de los sellos, liberando a cuatro jinetes que montan en sendos caballos. Uno pálido, que representa a la peste; uno negro, al hambre; uno rojo, a la guerra, y uno blanco, a su Hijo triunfante en su segunda venida.

Que las cosas no siempre terminan bien no es sólo cuestión de los cristianos, ya que –por ejemplo– otras religiones como la hindú comparten la visión de una última edad oscura, denominada Kali Yuga, en la que predominarán los hombres y las acciones malvadas antes de que la humanidad vuelva a renacer en una nueva era de paz y de prosperidad.

Tampoco, algo nuevo para la Grecia clásica, ya que uno de sus primeros pensadores, Hesíodo (Siglo VIII a. C.), argumentó que la humanidad discurriría por cuatro edades: la del oro, la de la plata, la del bronce y la del hierro, y que cada una de ellas sería un escalón de descenso espiritual y material respecto de la anterior.

Mucho más modernamente, pensadores contemporáneos como Federico Nietzsche nos hablan de un necesario “pesimismo heroico” para enfrentar el inevitable declive de la humanidad. Oswal Splenger fue más específico y, más concretamente, escribió La Decadencia de Occidente.

Cuentos de viejas, dirían algunos amigos de la adolescencia. Pero sucede que hoy por hoy hay autores famosos que parecen haber desempolvado tales ideas. Por citar solo a uno de ellos, hace unos días el premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, en un artículo publicado en La Nación, nos daba cuenta de un libro que le había encantado. Su título lo dice todo: El jinete apocalíptico, de la escritora María del Carmen Iglesias Cano, condesa de Gisbert. Una historiadora, profesora y académica española que ha dedicado su último trabajo a historiar las epidemias y las pandemias que asolaron a la humanidad, como la Peste Negra o la Gripe Española.

 

Los caballos del apocalipsis

En contra de esta tendencia pesimista, no son pocos los que afirman que con la expansión global de la vacunación, el tema de la pandemia estará pronto conjurado. O en términos apocalípticos, que el caballo pálido ya habría sido derrotado por la poderosa ciencia moderna.

Más allá de que estemos o no de acuerdo respecto de que a la pandemia le queda poca vida y que pronto todo volverá a la normalidad, al parecer ahora son el caballo negro del hambre y el rojo de la guerra los que parecen perfilarse sobre el horizonte.

Y ya no son literatos de nota los que se preocupan por un posible Apocalipsis. Son hombres duros de acción, como el general de división Angus Campbell, jefe de las Fuerzas Armadas Australianas, quien advierte que un conflicto entre los EE.UU. y China por la isla de Taiwán tendría consecuencias catastróficas para su región y para el mundo.

Como sabemos, las excelentes relaciones entre China y Australia se desplomaron el año pasado cuando el gobierno de Sidney exigió efectuar una investigación independiente sobre los orígenes de la pandemia del COVID-19 en Wuhan, China. Pero Beijing lo tomó a mal y como represalia procedió a cancelar una serie de exportaciones comerciales australianas, incluidas la cebada, el vino, el carbón y la langosta.

Como si esto fuera poco, en la otra punta del mundo, los presidentes de Rusia y de los EE.UU. no dejan de cruzar advertencias y ultimátums respecto de varios temas, siendo la principal la acusación de Washington respecto de que Moscú está concentrando excesiva cantidad de tropas en su frontera con Ucrania. Por su parte, el Kremlin ha afirmado que es libre de hacerlo y que responderá con la fuerza cualquier intromisión de la OTAN en lo que considera su patio trasero.

 

La otra profesía

Por todo ello no se le escapa a ningún experto militar que cualquiera de las confrontaciones señaladas bien podría, rápidamente, escalar del uso de armas convencionales al disparo de misiles nucleares balísticos entre los EE.UU. y sus aliados de la OTAN, por un lado, y de China y Rusia por el otro.

Para los que tenemos cierta edad, los análisis sobre las posibles consecuencias de una guerra termonuclear no son nada nuevos. Los escuchamos en el pasado, a caballo de la crisis de los misiles de Cuba o en la Guerra de Corea, durante la denominada Guerra Fría.

Aprendimos, por ejemplo, que un solo submarino nuclear norteamericano del tipo Trident II, con una tripulación de menos de cien hombres, podría tomar posición en algún lugar debajo de la superficie del mar, digamos a una distancia de hasta 7.000 kilómetros del blanco, y en quince minutos hacer llover sobre el país atacado una devastación de tal escala que, ciertamente, jamás se recobraría del daño infligido.

Ese submarino tiene suficientes cabezas de guerra como para que cada ciudad de mediana a grande de ese país reciba la suya con una potencia de destrucción centenares de veces superior a la de la bomba de Hiroshima.

Al margen de los millones que morirían casi de inmediato por los impactos, habría que sumarle los que lo harían a los pocos meses envenenados por los altos niveles de radiación.

Tampoco se tendría que soslayar la posibilidad de un probable invierno global que se produciría por un prolongado oscurecimiento de la luz solar, bloqueada por la gran cantidad de residuos lanzados a la atmósfera por las explosiones nucleares. Si así fuera, no cabría más que recordar la profecía.

Pero no las del Apocalipsis, sino la de Albert Einstein respecto de que un conflicto nuclear enviaría a la humanidad o a lo que quede de ella a la Edad de Piedra.

 

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.