Argentina
Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

|27/09/20 01:15 PM

Desequilibrio

En esta semana fueron casi todas malas para el equipo que comandan Alberto y Cristina Fernández, con golpes muy duros en cuanto a la percepción popular

El Gobierno atravesó la que, tal vez, fue su peor semana en este breve lapso que aún no completa el año.

Fueron casi todas malas para el equipo que comandan Alberto y Cristina Fernández, con golpes muy duros en cuanto a la percepción popular, pero con otros aún más duros para su declamada aspiración de “reconstruir” el país y de la “unidad” de los argentinos, comenzando por su propia fuerza política, o coalición de fuerzas, que tal vez sea un término más realista.

Por el lado social el Gobierno fue meme. Toda la semana, en ese medidor más o menos sensible del humor social que son las redes, donde además las batallas de la grieta se potencian, sus acciones dieron pie a una seguidilla de temas que van erosionando imagen y consenso.

Si a comienzo de semana, el lunes, el ataque al mérito –una variable sensible a las clases medias, donde el esfuerzo de superación es un valor de fuerte arraigo- dio pie a innumerables burlas, críticas y descalificaciones, solo hubo que esperar un día para que el fallido de Santiago Cafiero sobre ahorrar en dólares diera nuevamente pasto a las fieras.

Atrás vino la sarasa y el saraseo a micrófono abierto de Martín Guzmán, presentando un presupuesto que, como mínimo, parte de números inverosímiles, como el dólar a 102 pesos el año que viene, cuando cualquier argentino lo paga 135 en estos momentos.

No solo ahí flaquean los números de esa ley: la expectativa de inflación, de déficit fiscal y de estimación de PBI también parecen demasiado lejanas, teniendo en cuenta los números reales.

Pero pasó un día, y uno de los papelones que quedarán en los anales de la historia política argentina, recorrió el mundo y estalló en la cara del gobierno: un diputado besando la teta de su novia en una sesión virtual televisada en directo puso todo patas arriba.

Si la antipolítica buscaba argumentos, el Frente de Todos se los sirvió en bandeja sentando en una banca a un impresentable personaje que, por suerte, quedó expuesto sin miramientos.

Para cerrar, el viernes se conoció que los conteos de víctimas de COVID-19 en la provincia de Buenos Aires habían traspapelado más de 3.500 muertes.

No se pueden hacer memes con eso, porque es demasiado doloroso, pero da pie para pasar al otro punto del análisis, que es el daño político que sufre el Gobierno en su conformación y propósito de unidad.

Desde hace tiempo gran parte de los esfuerzos del gobierno nacional están empeñados en sacarle las papas del fuego a Axel Kicillof. Su provincia es el gran bastión de poder de la dupla gobernante, el fuerte de los votos duros de Cristina, que garantizaron ganar la elección, pero el ex ministro de Economía hace agua por todos lados.

Lejos de construir consensos y sostener el aparato que lo sentó en el sillón de Dardo Rocha, ha dañado todo el entramado de sostén interno del PJ bonaerense, y no es tolerado ni por los intendentes, ni por los referentes políticos, aislado como se situó en su burbuja de amigos.

Se dice que hasta la rebelión policial que lo jaqueó fue alentada por algunos barones del conurbano que no quieren saber nada con él.

Sacarle fondos a la CABA y entregárselos a Kicillof apagó un foco, pero estos proliferan, la violencia del delito asola el conurbano, las tomas de tierras amenazan la paz social y muchos vasos comunicantes del sostenimiento de esa paz se han roto, como la relación entre movimientos sociales y el Gobernador.

En ese contexto, los aliados que deberían salir a defender al Gobierno nacional están callados la boca. Molesta en Olivos que ningún gobernador se ponga la camiseta, por lo menos los de mejor imagen, y respalden más al Gobierno, al que lo aturden algunos silencios.

Y más parece que enoja aún que, de un Gabinete plagado de ministros, con nada menos que 22 carteras, a muchos no se les conozca la cara, y menos gestión.

La ausencia de Cabandié frente a la quemazón de miles de hectáreas; el borrón de Tristán Bauer cuando debería estar sosteniendo el “relato”; las dudas de María Eugenia Bielsa cuando el hábitat se desvanece en tomas de terrenos sin servicios ni infraestructura, son apenas algunos ejemplos.

Pero si al Gobierno se le debilita su imagen pública y también le escamotean apoyo sus propios aliados, las cifras duras de la realidad son el aspecto más preocupante.

Se conocieron las cifras del desempleo, que indican que creció al 13,1 por ciento, y eso que en la suma no se incluye a los despidos que hubo en julio, agosto y septiembre.

Además, en el segundo trimestre del año, la economía registró una caída del 19,1%, sobre la que solo se puede decir que es la más fuerte de la historia, en un país que atravesó derrumbes catastróficos.

Alberto llegó al poder dentro de un esquema donde representaba el equilibrio. Los últimos tiempos, entre ataques a la oposición, descalificación de los periodistas y una serie de conflictos internos, lo que más lo define es su acercamiento al desequilibrio.

Se propone relanzar su gobierno, esperemos que eso incluya el regreso a ese equilibrio.