|07/05/21 08:05 AM

Derrotas glorificadas

La retirada de las tropas norteamericanas de Afganistán pone fin a un largo enfrentamiento armado, pero abre interrogantes por ahora sin respuesta acerca de quién o quiénes tomarán el poder en un país habitado por decenas de tribus embanderadas que vienen disputándoselo desde hace cientos de años

Si por una serie de fenómenos extraños solo nos hubiéramos informado de las guerras libradas por los Estados Unidos por la industria cinematográfica de Hollywood, probablemente creeríamos que este país salió victorioso de todos sus enfrentamientos bélicos.

¿Quién no ha visto la larga saga de Rambo, esa exitosa mezcla de soldado, fisicoculturista y superhéroe de historieta que sólo necesita de un cuchillo bien afilado y de algunas flechas explosivas para derrotar a sus cientos de enemigos?

Más serías, pero igualmente triunfalistas, fueron las producciones de buenos directores, como Los boinas verdes (con John Wayne como protagonista), Apocalipsis Now (la costosa superproducción dirigida por Francis Coppola) o El francotirador (con la actuación estelar de Robert de Niro y Meryl Streep).

Sea como sea, en todos estos films los vietnamitas, los enemigos de los norteamericanos, solo se ven cuando explotan por los aires o son despachados a la eternidad por el protagonista. Con la honorable excepción de Éramos soldados (del genial actor y director Mel Gibson), nunca aparecen en cámara y muchos menos tienen un parlamento en el que explican por qué luchaban.

En esta última película, se los puede ver a ellos planificando el ataque a un punto fuerte norteamericano desde una compleja red de túneles cavados en la jungla y vestidos en pijama, calzando sandalias hechas con cubiertas recicladas, mientras que sobre sus cabezas cazas supersónicos norteamericanos revolotean y les arrojan toneladas de bombas y de napalm.

Con estas breves imágenes el director nos da un insight de la naturaleza de ese conflicto. Básicamente, uno asimétrico en el que se enfrentaron hombres poco motivados para pelear –pero armados con lo mejor de la tecnología bélica– contra otros decididos a todo y sólo equipados con lo que conseguían.

La historia nos cuenta que luego de la retirada de los EE.UU. de la República de Vietnam del Sur en 1967, el Norte –vale decir los norvietnamitas– ocuparon Saigón, la rebautizaron como Ciudad Ho Chi Minh en honor al líder que los había conducido durante la guerra, y procedieron a la unificación del país. Es decir, salieron victoriosos.

Lo escrito hasta el momento no pretende sólo recordar un aniversario del que se cumplen 50 años por estos días, sino también llamar la atención respecto de que en su discurso del 1º de mayo, el actual presidente de los EE.UU., Joe Biden, anunció el total retiro de las tropas norteamericanas de Afganistán.

Como veremos, las similitudes y las coincidencias son grandes con aquella oportunidad en que los EE.UU. abandonan un país luego de una larga lucha, en el caso de Afganistán, la más larga de todas, y, probablemente, una de las más amargas. No por su gran cantidad de vidas perdidas en el conflicto – que fueron numerosas pero mucho menos que las del anterior–, sino porque casi todos intuyen que el final de ambos países será en gran medida similar, vale decir la instalación en el poder de sus enemigos. Lo que, justamente, se había querido evitar con sendas intervenciones militares.

Pero en el caso de Afganistán hay una indeseable vuelta de tuerca, ya que si como dijimos Vietnam terminó unificado por las comunistas del Norte, mutatis mutandi, el país evolucionó hacia un Estado estable bajo un mando político autoritario, pero efectivo y predecible.

Por el contrario, casi todos descontamos que cuando parta el último avión con los “asesores” norteamericanos del aeropuerto de Kabul no sucederá algo parecido. Por el contrario, decenas de tribus con banderas seguirán disputándose el poder como lo vienen haciendo desde hace cientos de años.

El problema es que hoy, a diferencia del pasado, ellos son conscientes de su poder y de las debilidades intrínsecas del mundo que los rodea. Tienen a su favor dos elementos muy importantes: los grandes ingresos que les proporciona el cultivo de la amapola y sus derivados y su voluntad de lucha que no conoce claudicaciones. Por lo que la exportación de su síntesis, el terrorismo islámico, queda garantizada en los años por venir.

Su código ético es muy sencillo, ya que solo contiene dos reglas: la de la hospitalidad para con sus amigos y la de la venganza para con sus enemigos.

Este oscuro cuadro nos recuerda a otro, el de los Asesinos del Viejo de la Montaña, una organización que supo pulular y sembrar el terror en la Edad Media, cerca del siglo X, merced al uso de la droga de la época –el hachís– y de asesinos a sueldo, administrados por un personaje legendario que vivía en una red de castillos ubicados en las montañas de Siria.

Tan grande era su poder que los monarcas vecinos –incluida la mítica orden religiosa-militar de los Templarios– negociaban con ellos treguas y le solicitaban sus servicios. Hasta que fueron extirpados de raíz por Hulagu Kan, un gobernante mongol que conquistó gran parte del suroccidente asiático y que fuera conocido como “El terror del islam”, quien con su ejército destruyó todas las bases operadas por la secta de los asesinos en Siria y en Persia.

Antes que los norteamericanos, los rusos también mordieron el polvo en las montañas y en los valles de Afganistán, ya que lo invadieron y lo ocuparon entre 1979 y 1987, cuando debieron retirarse.

A partir de ahora, sólo resta interrogarse si en lo inmediato las belicosas tribus afganas continuarán derrotando, sistemáticamente, a sus invasores o si la llegada de un nuevo príncipe mongol proveniente del extremo asiático les pondrá fin a su salvaje independencia.

No lo sabemos, pero ya hay ojos mirando hacia China.

Recientemente, Rusia, los Estados Unidos, Pakistán y, especialmente, China –que es nueva en este juego– han integrado la llamada “troika ampliada", una asociación que aboga por acelerar los diálogos de paz. El objetivo: poner fin a más cuatro décadas de guerra en Afganistán. Veremos.

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.