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Del Consenso de Washington al de Davos

Las nuevas ideas para un consenso global no provendrían de ninguno de los jugadores estatales, sino del foro económico sin fines de lucro con sede en Ginebra. Allí se ha coincidido en que un nuevo orden mundial puede ser posible rompiendo las barreras impuestas por el aislacionismo de algunos gobiernos autócratas y demagógicos

El término Consenso de Washington fue acuñado en 1989 por el economista norteamericano John Williamson. Mediante éste se especificaba diez recetas, supuestamente eficaces, por la cuales un país en “vías de desarrollo” podía acceder a la ansiada categoría de “desarrollado”.

Las mismas se popularizaron entre los expertos económicos liberales y pronto pasaron a ser la norma en diversas instituciones supranacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos.

Ellas se concentraban en la estabilización macroeconómica, la liberalización total de los intercambios económicos, la reducción del Estado y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de la economía interna.

Posteriormente, el alcance de la frase se amplió para referirse a una orientación más genérica, hacia un enfoque descripto, normalmente, como un fundamentalismo de mercado o neoliberalismo.

Mucho hizo para su consolidación ideológica el famoso discurso de George Bush padre, tras la primera invasión a Irak, y en el cual se proclamara el nacimiento de un Nuevo Orden Mundial. La revista Time, en su edición del 28 de enero de 1991, profetizó: “Mientras caían las bombas y se disparaban los misiles, las esperanzas de un Nuevo Orden Mundial surgieron”.

Algunos, más audaces, como el politólogo norteamericano Francis Fukuyama, llegaron a especular con “el fin de la historia”. O en otras palabras, creían que la humanidad había alcanzado la posibilidad de una paz perpetua, ya soñada por el filósofo alemán Emanuel Kant a finales del siglo XVIII.

Lamentablemente, la ilusión duró poco. Concretamente, hasta los avionazos del 11S que evidenciaron cuán poco hacía falta para desafiar y poner en peligro esa postura hegemónica a cargo de una sola hiperpotencia.

Para colmo de males, la Cruzada contra el Terrorismo, que duró casi dos décadas, terminó empantanada en sendos fracasos militares en Afganistán y en Irak.

A la sombra de los EE.UU., por esos años hubo quienes no perdieron el tiempo y se dedicaron a nivelar la ecuación del poder mundial. Pronto comenzó a hablarse de un orden multipolar, integrado primero por los BRICS, pero luego sólo quedaron sobre el ring de la multipolaridad el dragón chino respaldado por el oso ruso.

En eso estábamos cuando apareció lo impensable: una pandemia que pondría al mundo de rodillas. El problema fue que los retadores a la supremacía mundial (China especialmente y Rusia en segundo lugar) se pusieron de pie antes que el campeón.

Este último, tras un intento fallido por enfrentar al gigante asiático mediante una guerra comercial por parte de su 45º presidente –Donald Trump–, quedó en la historia como el peor gerenciador de la pandemia.

Así estaban las cosas. Los EE.UU. como el principal impulsor de un Nuevo Orden Mundial que lo tenía como protagonista y que catequizaba al resto con el san benito de la Democracia liberal y el Libre Mercado, se habían quedado sin liderazgo y, lo que es peor, sin un libreto para recuperarlo.

Probablemente por ello las nuevas ideas para un nuevo consenso global no provendrían de ninguno de los jugadores estatales, sino de un foro económico sin fines de lucro y con sede en Ginebra. El Foro de Davos, como se lo conoce popularmente, fue fundado en 1971 por el profesor de Economía suizo Klaus Schwab.

Anualmente, reúne en la villa montañesa de Davos a los principales líderes empresariales y políticos del mundo, así como a periodistas e intelectuales selectos, a efectos de analizar los problemas más apremiantes que afronta el planeta.

Sucede que por la calidad de sus expositores, muchas veces estas tenidas marcan tendencia y le van dando forma a resoluciones de organismos multilaterales, tales como la ONU, la Unión Europea y grandes Estados, como el chino y el norteamericano.

Por ejemplo, en la última reunión, Xi Jinping, el presidente del Partido Comunista Chino dijo claramente que “el mundo no volverá a ser como antes”.

En un contexto favorable, el líder chino dejó en claro que ellos han salido vencedores de la pandemia e instó a los países a seguir su ejemplo. “En China estamos siguiendo el camino hacia un país socialista moderno. Ahora desempeñaremos un papel más activo para fomentar una globalización económica mundial que sea más abierta, inclusiva, equilibrada y beneficiosa para todos”, anunció Xi.

El líder chino no evitó lanzar una advertencia. El objetivo marcado en la Agenda 2030 del Foro Económico Mundial es instaurar un socialismo global, tal y como apuntan las campañas propagandísticas del Foro –cuyo lema es el subjetivo “No poseerás nada y serás feliz”– bajo el título de ‘El Gran Reinicio’.

Por último, Xi enfatizó: “La confrontación nos lleva por mal camino. No debemos volver al pasado. Debemos construir una economía mundial a través de acuerdos y debemos eliminar las barreras. Debemos reforzar el G-20 como un foro de Gobierno Mundial”.

Nada nuevo si se lo compara, por ejemplo, con algún discurso propagandístico de Nikita Krushev en algún punto álgido de la pasada Guerra Fría. El problema es que esta vez no se ha alzado la voz disonante de un Donald Trump, por ejemplo. En su lugar, el nuevo presidente de los EE.UU., Joe Biden, parece estar en un todo de acuerdo, ya que ha afirmado que “el comercio internacional y la mayor integración económica ha sacado a millones de personas de la pobreza extrema en países en desarrollo, mejorando la educación, extendiendo las expectativas de vida y abriendo nuevas oportunidades”.

En pocas palabras, tanto para Xi Jinping como para Joe Biden los problemas del globalismo se curan con más globalismo.

Es más, Biden ha dicho: “Como hemos visto una y otra vez en la historia, han surgido demagogos y autócratas que buscan capitalizar las inseguridades de la gente. En este caso, con una retórica islamófoba, antisemita o xenófoba para provocar miedo, sembrar división y avanzar en sus propias agendas estrechas. Se ofrece un falso sentido de seguridad”. Esto tiene todo el aspecto de ser una advertencia para el líder de Rusia, Vladimir Putin.

“El impulso de aislarse, cerrar las puertas, construir muros y escapar en este momento es precisamente la respuesta incorrecta. No resolverá las causas del origen de estos miedos, y arriesga a erosionar desde adentro hacia afuera los cimientos del mismo sistema que generó el éxito occidental histórico sin precedentes”, ha concluido Biden.

En otras pocas palabras: hay que poner al mundo de un color y nada de decisiones nacionales. Porque aquí de lo que se trata es de construir una síntesis entre el viejo socialismo, que sabe cómo disciplinar una sociedad, y el nuevo capitalismo, que sabe cómo generar riquezas

 

El Doctor Emilio Magnaghi es Director del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa Nacional Santa Romana. Autor de El momento es ahora y El ABC de la Defensa Nacional.