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Cómo vivían los mendocinos las vacaciones de antaño

En sus estancias y fincas en la provincia o en las playas del Pacífico desde la llegada del ferrocarril a estas tierras, las familias pudientes no dejaban de disfrutar un prolongado tiempo de descanso

Desde más de doscientos años atrás, los habitantes poderosos o de mayor poder adquisitivo se tomaban vacaciones de verano en sus fincas, tanto en el norte como en el sur de nuestra provincia, mientras que el descanso estival estaba totalmente vedado a los sectores más humildes.

 

La estancia de los abuelos

Al llegar el mes de diciembre, los mendocinos se trasladaban a sus estancias ubicadas en distintos lugares, como El Challao, El Plumerillo, La Lagunita, El Borbollón o alguna de las estancias en el Sur.

Esas vacaciones duraban varios meses en los que familias enteras, con sus sirvientes, se trasladaban desde la ciudad y se instalaban en sus fincas, gozando de la frescura de sus árboles y lejos del “ajetreo” urbano.

Las fincas o estancias contaban con grandes extensiones de campo en las que se encontraba el edificio principal, que poseía muchas habitaciones. Muy cerca de la amplia casa, se ubicaba una habitación perfectamente ornamentada con imágenes religiosas que servía de oratorio. Estas pequeñas capillas religiosas servían para rezar y ofrecer misas, lo que generalmente ocurría en las familias más tradicionales, entre las que también había algún familiar que era sacerdote. También existían, un poco más aislados de la construcción principal, una caballeriza, galpones y bodeguita.

Además, la mayoría de estas estancias tenían sectores en los que se realizaba la crianza de ganado vacuno. Las mismas estaban forestadas con grandes álamos, algunos frutales y, por supuesto, las viñas que eran, también en aquellos años, el cultivo por excelencia.

Los días pasaban en la mayor pasividad entre las familias que aprovechaban algunos arroyos para refrescarse ante el calor que a veces superaba los 40 grados.

La jornada se iniciaba muy temprano, cuando el dueño de casa se sentaba a desayunar junto a su esposa y sus hijos. También algunos familiares más cercanos rodeaban aquella mesa asistida por varias sirvientas que en su mayoría eran de origen africano, quienes tenían sus habitaciones de servicio en otro sector de la casa.

Finalizada esta actividad, los niños jugaban con sus criadas y hacían caminatas por algunos lugares de la finca.

Luego, a eso de las 14 llegaba el almuerzo, que consistía generalmente en un plato a base de carne vacuna acompañada de verduras y papas. Terminados los platos principales, pasaban a los postres, que generalmente eran duraznos, melones, uvas y otras frutas de estación.

La siesta era infaltable en aquellas vacaciones, que se iniciaba a eso de las 16 horas y que duraba unas dos o tres horas. Luego llegaba la merienda, tradicionalmente llamada “media tarde”, para después salir a cabalgar por la estancia.

Llegada la noche se preparaba la cena que se servía a eso de las 22.

La lectura era otro de los pasatiempos veraniegos en aquellos tiempos y había dos lugares en donde la familia podía sentarse a leer: en las amplias galerías en donde se ubicaban cómodos sillones o en las habitaciones que estaban adaptadas para la biblioteca.

Al llegar el mes de marzo, las familias regresaban a la ciudad para emprender las actividades de costumbre.

 

La culpa fue del tren

A fines del siglo XIX, con la llegada de uno de los más maravillosos inventos de transporte, que fue el ferrocarril, los hábitos de los mendocinos para vacacionar cambiaron drásticamente. Así se inició una nueva tendencia que consistió en disfrutar de las playas del Pacífico.

Hotel de Cacheuta

Fue así que los mendocinos cambiaron las estancias para viajar hacia las costas trasandinas y uno de los sitios más importantes eran las playas de Viña del Mar.

Entonces, los más adinerados se preparaban para alquilar u hospedarse en hoteles. Por supuesto, las vacaciones eran realmente muy largas y duraban desde el mes de enero hasta fines de marzo. Algunos, inclusive, se atrevían a festejar Navidad y Año Nuevo en aquel lugar.

 

Viajar era todo un protocolo

Previo a iniciar las vacaciones, las damas y caballeros hacían las compras en las tiendas más prestigiosas de la ciudad, donde adquirían trajes de baño de origen francés y gran cantidad de ropa de verano, entre las que no podían faltar para los niños los trajecitos de marinero. Luego estas compras se ubicaban en grandes baúles.

Cabe destacar que las familias mendocinas eran generalmente numerosas y además llevaban a su personal de servidumbre.

Cuando llegaba el momento de la partida, los viajeros se acomodaban en los vagones del tren Trasandino y todo el equipaje era depositado en los furgones de carga.

Así, todo estaba listo para partir desde la estación de Belgrano y Sargento Cabral–donde actualmente se encuentra el Archivo General de la Provincia– dado que el antiguo edificio todavía sigue en pie.

Reunidos en la terminal ferroviaria, las familias partían hacia Viña del Mar.

 

Una gran aventura

El viaje era una verdadera aventura llena de paisajes pintorescos. La primera parada del tren era la desolada estación de Blanco Encalada, para luego pasar a la de Cacheuta y posteriormente Uspallata. Allí, el convoy continuaba su trayecto hasta la estación de Zanjón Amarillo, en donde se ejecutaba el cambio de locomotora para marchar hacia las estaciones de alta montaña.

Después de cruzar la cordillera y de hacer trasbordo, los turistas llegaban a Viña del Mar e inmediatamente se establecían en sus casas de campo o en bellos y caros hoteles.

Grandes y niños no dudaban en concurrir de inmediato a las playas del Pacífico. Allí se podía ver a los bañistas, las damas con largos trajes oscuros y los hombres vistiendo mallas a rayas de color blanco y negro que les llegaban a los tobillos.

Después del baño en el mar, muchos se refugiaban en las carpas que estaban muy cerca de la playa. Allí se divertían con juegos de naipes, dados, damas o ajedrez. También era el lugar en donde se reponían de una caminata por la playa o después de nadar, por supuesto, con emparedados, aperitivos y otras bebidas.

Cuando, el sol caía, los turistas regresaban en sus carruajes a sus estancias u hoteles, en donde pasadas unas horas se servía la cena. Los niños se iban después de comer a dormir y los adultos podían gozar de unas horas más de esparcimiento.

Además de ir a la playa, en las estancias se desarrollaban cabalgatas, grandes bailes y los mayores descansaban a veces leyendo un buen libro. Así los días pasaban relajados, hasta que llegaba el mes de marzo, y el momento de regresar a sus casas.