|26/09/21 10:37 AM

Cómo será ser argentinos

Es necesario acercar algún intento de diagnóstico para saber por qué no damos pie con bola y nos va como nos va desde que tuvieron memoria nuestros abuelos

Casi convencidos que la mayoría de los habitantes de este país no tenemos estirpe indiana sino que descendemos de los barcos, hace ya más de dos siglos que no damos con un arquetipo de identidad que por lo menos nos reúna en un objetivo, un valor o una expectativa que nos sea común, inclaudicable, y a la vez unificadora.

Puede ser que algunos digan que esta es nuestra mejor cualidad, una suerte de cosmopolitismo urbano que nos hace diferentes y abiertos al mundo.

Sin embargo, esa fórmula no le ha traído a esta atribulada patria ninguna satisfacción. Por el contrario, persisten los enfrentamientos irreconciliables y el espíritu faccioso que traemos desde los forjadores de nuestra esencia nacional, si es que la hay.

Lejos del ánimo de promover cualquier idea anacrónica de nacionalismo, y mucho menos aquel de la variante religiosa, aislacionista y con tendencia totalitaria, es necesario acercar algún intento de diagnóstico para saber por qué no damos pie con bola y nos va como nos va desde que tuvieron memoria nuestros abuelos.

Apelando a las odiosas pero necesarias comparaciones, desde el comienzo las cosas no prometían nada bueno.

El propósito del Imperio Español era la conquista de tierras para la corona, difundir la fe en los habitantes originarios de estos territorios, crear riqueza con el trabajo ajeno y sacar hasta la última onza posible de los metales preciosos del Nuevo Mundo.

Y después, tal vez volverse a casa con títulos y comprobada nobleza e hidalguía.

En cambio, en el Norte del continente la historia comenzó con un grupo de peregrinos que huía de las persecuciones religiosas de una Europa protestante y muy intolerante.

Detrás de la epopeya del Mayflower no solamente vinieron los ejércitos reales sino las compañías comerciales, también con la intención de extraer las riquezas, pero por medio de la colonización de tierras, la expansión a través de la industria y trabajo.

Aquellos colonizadores de América del Norte no pensaban volver a casa. Se quedaron y a los indios no los quisieron convertir a alguna fe cristiana. No, los exterminaron.

En ese aspecto la tragedia humanitaria del genocidio de los pueblos originarios terminó siendo común a la invasión de los imperios europeos cualquiera sea el proyecto expansionista de cinco siglos atrás.

Pero traspolando en el espacio y en el tiempo las diferentes situaciones y otra vez aplicadas a la Argentina, las sucesivas corrientes inmigratorias que llegaron a nuestras playas lo hicieron con el sino fatal de la guerra, el hambre, las persecuciones o la pobreza extrema.

Tal vez la esperanza de los recién llegados era alguna vez poder retornar a su terruño, la esperanza común a todo migrante de la Tierra.

En principio aquel viejo concepto de “hacer la América” ocultaba ese querer volver a la aldea con las riquezas obtenidas con el esfuerzo y el trabajo.

Pero no pudo ser porque esta tierra promisoria y feraz permitió sí que se sobreviviera y progresara, pero a la vez no tanto como para que los que vinieron regresaran triunfantes.

El resultado fue una frustración casi indefinible que se fue trasmitiendo a las generaciones.

El mito de “mi hijo el doctor” representó el breve período de progreso y movilidad social ascendente que caracterizó a la Argentina ya lejana de la primera mitad del siglo XX.

Aquel país próspero, pero injusto y desigual, para solucionar esas características, se aventuró por caminos que al final han dejado las cosas peor.

Hoy no nos reconocemos en nuestros compatriotas. Antes que nada estamos de un lado u otro de la división. 

Jorge Luis Borges recita en uno de sus poemas  "…Nada es la Patria, todos lo somos…", pero parece que ya no puede ser así. 

Si la patria soy yo no podés serlo vos y le ponemos un rótulo para identificarlo: porteño, cabecita, peronista, gorila, populista, liberal y muchos más.

Hasta ahora esto es lo que parece que somos los argentinos. Artífices de un país que no puede salir de los fracasos, en el que futuro da miedo y no esperanza.

La peor de las expectativas es la de querer irse de acá, ya no solo los jóvenes sino también los que han dejado una buena parte de la vida en aspiraciones nunca satisfechas.

¿Qué nos pasó?, ¿dónde estará el secreto? El remedio está en nosotros mismos, los de abajo, los que alguna vez tendremos que estar arriba.