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Clima: la rebelión de los niños

Un importante sector de la juventud está tomando conciencia de que, si queremos un mundo mejor y más equitativo, no debemos destruirlo en el intento

El mundo no termina de despertar a una acuciante realidad como son los efectos catastróficos del cambio climático, algo que no es lejano ni, que, como el COVID-19, pasa muy lejos y “no va a llegar a la Argentina”.

Nuestro territorio ya está sufriendo las consecuencias y el perjuicio es mucho más notorio en zonas áridas como Mendoza.

Y mientras apenas se ha llegado a la etapa de moderadas advertencias, sobre todo vinculadas a la creciente crisis hídrica –un elegante eufemismo de sequía persistente-, ninguna solución aparece en el horizonte. Pues si no se buscan soluciones esto terminará con los feraces oasis productivos de los que nos enorgullecemos los mendocinos.

Por eso es que no debemos mirar como algo curioso y pintoresco lo que está ocurriendo con un importante sector de la juventud del mundo, la cual año a año está tomando conciencia de que, si se continúa en este camino, la especie humana va a tener que readaptarse a condiciones durísimas, con altos costos de supervivencia con un saldo impensable de pérdida de vidas, bienes, además de un regreso a condiciones de vida que se creían completamente superadas.

El cine con sus producciones de relatos apocalípticos, tal vez con exageraciones, va mostrando el futuro posible de un planeta inhóspito dominado por gigantescas corporaciones supraestatales que se valen del caos extendido en el mundo, en el cual se regresaría a una etapa pre-contrato social, seguramente como lo muestra Thomas Hobbes en El Leviatán, en el que “el hombre es lobo del hombre”.

Ante tanta indiferencia y desinterés por el tema, o por la desmedida ambición de utilidades, los únicos que parecen percibir el drama son los chicos, por ahora minorías en algunos países, pero creciente en los sectores con mejores oportunidades de educación.

En este noviembre de 2021 está en pleno desarrollo la cumbre que debate las urgentes medidas necesarias para frenar el calentamiento global que organizó la ONU en la ciudad escocesa de Glasgow.

Después del paseo rutilante de jefes de Estado y de gobiernos en el que hubo más ausencias que presencias y abundancia de promesas y discursos desatinados, quedaron los responsables técnicos y científicos que proponen soluciones a los representantes del mundo económico y financiero que sacan sus cuentas.

Mientras tanto, en las calles de la ciudad sede la presencia emblemática de Greta Thumberg y decenas de miles de seguidores chicos y no tan chicos, le están pidiendo a esos que tienen alguna capacidad de decisión que tomen urgentemente las medidas para frenar o impedir las emisiones de gases de efecto invernadero, que son los que causan el aumento de la temperatura global de la Tierra.

Esos chicos van a tener que hacerse cargo de un mundo muy parecido al que muestran las películas que señalábamos. Van a tener que administrar la escasez de alimentos, el aumento del nivel de los mares por el derretimiento de los polos y la consiguiente pérdida de ciudades costeras. En todo el mundo, no en la lejana Europa o en África.

La pérdida de terrenos de cultivo, la dificultad para obtener agua potable y de regadío aumentará la pobreza y generará migraciones forzadas aún más graves que las que provocan hoy la miseria y las guerras.

En estos grandes eventos internacionales se está recién discutiendo cómo y qué hacer para que la temperatura global no aumente 2° Centígrados, mejor dicho, que ese incremento no pase de 1,5°, pero no hay acuerdos ni intenciones confiables de que esto vaya a ser así.

Estas advertencias de los jóvenes de Glasgow no son algo nuevo. Desde 1987 el informe de la Comisión Brundlandt convocada por Naciones Unidas viene despertando conciencias de lo que significa el desarrollo sustentable, el futuro común de la humanidad.

Algo así como que, si queremos un mundo mejor y más equitativo, no debemos destruirlo en el intento.

Y aquí es donde aparecen las grandes contradicciones.

El desarrollo a gran escala fue posible por la expansión de las industrias que emiten miles de toneladas de gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono y el metano. A esta altura los países de alta rentabilidad y desarrollo tecnológico pueden remediar los efectos nocivos y son los responsables obligados de hacerlo.

Mientras, el resto del mundo emergente reclama que no se lo obligue a tomar medidas que frenen la posibilidad de mejorar sus economías, por lo que en la cumbre de Glasgow también se pide destinar fondos tanto para el progreso social y económico como con las medidas necesarias para evitar más contaminación.

La energía que permite funcionar a esta notebook o la que ilumina un quirófano de alta complejidad proviene de una turbina que produce electricidad al girar a gran velocidad. Ese giro se logra con la fuerza del vapor generado por agua calentada por una suerte de caldera alimentada por la combustión de carbón, petróleo o gas.

Esa actividad, sumada a las emisiones de los millones de motores de explosión que circulan en el mundo y la quema de bosques para ampliar áreas cultivadas o urbanizadas, siguen lanzando a la atmósfera gases que ponen en peligro ya no solo nuestro futuro, sino el de esos chicos que nos están gritando que no tenemos derecho a arruinarles la vida.

Como ha funcionado el mundo hasta ahora no es posible continuar, el cambio se lo debemos a nuestros hijos y nietos.